Viernes, 26 de febrero de 2021

Religión en Libertad

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La vocación cristiana y la contracultura

Es obvio que la palabra trae connotaciones de los movimientos radicales. Es difícil desvincularla de nombres como Goodman, Maslow, Leary, Marcuse, etc., y de todos los fenómenos más o menos “antisociales” que cruzan (teóricamente contracorriente) las últimas cinco décadas. Beatniks, hippies, punkies, grunges, alternativos, antisistemas o “indignados”, son solo algunos de los nombres que adoptan personas muy diferentes entre sí, pero que comparten un rechazo visceral por los valores comúnmente admitidos por la mayoría. Raramente pasan de constituir grupúsculos más o menos desorganizados, y casi siempre acaban siendo fagocitados por un sistema que los recicla en poco más que tribus urbanas. Pero, de alguna forma, permanecen ahí, como la punta del iceberg de una sociedad que maquilla a base de consumo, pobreza intelectual y glamour la tremenda crisis de valores y perspectivas que atraviesa.

Obviamente se trata de un fenómeno complejo y apasionante, pero no podemos detenernos en él aquí. Más bien hoy querríamos unir esta perspectiva a la de la visión y misión de la Iglesia en los tiempos que corren. ¿Iglesia y contracultura? (ya me imagino a algunos) “!Lo que nos faltaba! ¡Hasta ahí podíamos llegar!”

Pero lo cierto es que muchos sectores católicos han asimilado (con demasiada facilidad, desde mi punto de vista), los valores culturales y económicos, primero de la burguesía dominante y después  de la sociedad de consumo neoliberal. Y lo han hecho con muy poca justificación teológica, realmente. También existe una fuerte tendencia, tras los desatinos de la época inmediatamente anterior, de volver a la seguridad de unos supuestos “principios eternos”, que no son dogmáticos, ni siquiera pastorales, sino más tipos de praxis  centrados en una determinada forma tradicional de hacer las cosas, con la que se espera encontrar de nuevo el orden y el crecimiento.

Desde este blog hemos criticado muchas veces dicha postura. El hecho es que la Historia no da marcha atrás, y si nos empeñamos en “cerrar filas” anclándonos en unas actitudes, unos contenidos ideológicos y un lenguaje de otros tiempos, nuestro destino es el ghetto y la irrelevancia (no sé si hará falta aclarar, para los que no acaban de entenderlo, que no nos referimos al tesoro auténtico de la Tradición cristiana, sino a todas esas “tradiciones” con minúscula y costumbres, que, a día de hoy, carecen ya de sentido).

Muy al contrario, la Iglesia debe entender lo que está pasando en el mundo actual, sin simplificaciones ridículas, y debe hacer propuestas distintas. Pero propuestas que sean comprensibles. Es preciso realizar primero una profunda reflexión  autocrítica y atreverse luego a volver a lo esencial. En el encuentro mantenido estos días por el papa Francisco con representantes de movimientos laicales en Roma: hablaba de ese centrarse en el núcleo fundamental del Evangelio: Jesús, oración, testimonio.  Puedo asegurar que cualquiera era capaz de entender sus palabras, y éstas encendían el corazón. ¡Pues bien, de eso se trata!

Los cristianos tenemos el deber de crear una cultura contracorriente, pero partiendo siempre de los parámetros de la realidad actual. Es fundamental encontrar formas y lenguajes nuevos para promover los valores fundamentales del Reino, y que estos valores puedan encarnarse en realidades humanas visibles. No se evangeliza con discursos, declaraciones o documentos. Ni siquiera con manifestaciones grandiosas de un día, o unos pocos. La clave se encuentra más bien en la existencia de grupos humanos concienciados y coherentes (con un verdadero discurso detrás) que, a través de su vida cotidiana, muestren dichos valores de manera comprensible, práctica y testimonial.

Si hablamos de caridad, por ejemplo: ¿quién acogerá, en la práctica, a los pobres? ¡No es sólo una tarea de Cáritas, evidentemente! Si nos referimos al anuncio de la Palabra, ¿quién proclamará ésta? ¿Los sacerdotes en misas dominicales a las que la gente ya no acude? Si valoramos la pureza, ¿dónde encontrará un joven otros jóvenes como él que se muestren orgullosos (y no acomplejados) de su virginidad? Si deseamos una música que no destruya el alma, un arte que exalte la dignidad humana y la belleza que es don de Dios, ¿dónde podremos verlas? ¿Quienes las producirán? Y ¿dónde se capacitarán para hacerlo? ¿Acaso en nuestras Universidades Católicas, o en nuestros Seminarios diocesanos? ¿Dónde encontrarán consuelo las personas solas o abrumadas por la vida? ¡No ciertamente en las grandes declaraciones de principios, ni en las conclusiones escritas de un simposio!

Está claro también que, en España, la inmensa mayoría de las parroquias ya no tienen esa capacidad y tampoco es una tarea que pueda encomendarse, como se hizo en otros tiempos, al vigor de las órdenes religiosas. Parece tratarse, más bien, de una tarea propia de las comunidades cristianas y de los movimientos (si es que, de una vez, saben huir de la tentación de la torre de marfil y asimilar las formas, el lenguaje y los contenidos de la sociedad actual). Pero también hace falta discurso teórico, no solo santidad. Es necesario tener visión: la buena voluntad ya no basta. Sobre todo hay que arriesgarse a salir de la rutina secular y comenzar a experimentar: no se puede seguir siempre con lo mismo  por la triste razón de que “algo tenemos que hacer”.

Es el tiempo de crear un nuevo concepto, una manera distinta de ser cristiano en este mundo, que abarque,  como un todo, la espiritualidad, la moral, el pensamiento, el arte y las relaciones humanas. Que no ceda durante décadas la primacía de todo adelanto socio-cultural al mundo secular.

Así las cosas, no parecería absurdo (poniendo un ejemplo que puede parecer rimbombante) enviar a alguien a participar en un seminario sobre “Estudios de género”, en una de sus cunas: la Universidad John Hopkins, de Baltimore.  Por otro lado, estoy seguro de que puede ser más útil pasar algunas horas en los locales underground de Berlín, o acudir a un concierto de masas en Wembley, que inscribirse en ciertos previsibles eventos “de casa”… Resulta imprescindible entender por donde van las tendencias, reflexionar y proponer alternativas consecuentes, aunque temo, de hecho, que el papel de los católicos en los grandes foros, o think tanks del mundo, sea cada vez más irrelevante o nulo. Obviamente, no es ésta una tarea para todos, pero casi todos podemos consultar Internet, o participar en realidades a nivel nacional. O sea, salir, cada uno a su manera, del pequeño refugio a la aldea global.

Únicamente conociendo lo que nos rodea, entendiendo su idioma, podremos darle una réplica adecuada. Para quienes piensen que lo que digo es novedoso o arriesgado, debo señalar que se trata de un reto que el cristianismo ya afrontado en muchas ocasiones. Sólo que ahora el tiempo apremia porque la Historia está experimentando un período de aceleración progresiva, y los cambios se producen a una velocidad que hubiera parecido impensable hace solo pocas décadas.

Los cristianos nos enfrentamos al reto de un cambio profundo de mentalidad. Dicho reto pasa por salir de entornos reducidos y primarios y por abrirse a formas de organización y encuentro más amplias. Es necesario, igualmente, un ensanchamiento de las categorías mentales. Algunos de los comentarios que respetuosamente recibo y permito en este blog me parecen, no obstante, un triste ejemplo de lo que digo.

¡El futuro está lleno de posibilidades, pero hay que hacer un esfuerzo por aparcar los pequeños intereses, los pequeños prejuicios y temores, las pequeñas envidias y desconfianzas!

Una vez más, nuestra meta es el Reino de Dios. Que el Espíritu Santo nos conceda su Gracia en este día santo de Pentecostés.

Un abrazo a todos.

josue.fonseca@feyvida.com

 

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