Jueves, 01 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Del arcángel Gabriel en el Nuevo Testamento

por En cuerpo y alma

 
            Si hace unos meses hablábamos de las intervenciones del Arcángel San Gabriel en el Antiguo Testamento, concretamente en el Libro de Daniel (véalo pinchando aquí si lo desea), corresponde hacerlo hoy de las que registra en el Nuevo Testamento.
 
            En el Nuevo Testamento, el Arcángel Gabriel registra dos intervenciones, las dos en el Evangelio de Lucas y las dos para anunciar nacimientos. El primero, el de Juan Bautista:

Anuncio de Gabriel a Zacarías. Domenico Ghirlandaio (1490). Capella Tornabuoni (Florencia)
 
            “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad.
            Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el grupo de su turno, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso.
            Se le apareció el ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se sobresaltó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y convertirá al Señor su Dios a muchos de los hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.» Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad.» El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Mira, por no haber creído mis palabras, que se cumplirán a su tiempo, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas.» El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de que se demorara tanto en el Santuario. Cuando salió no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas y permaneció mudo.
            Una vez cumplidos los días de su servicio se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel y estuvo durante cinco meses recluida diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre la gente.»” (Lc. 1, 5-25).
 
            El segundo, el de Jesús:

La Anunciación. Domenico Ghirlandaio (1482). Capella San Gimignano.
 
            “Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue” (Lc. 1, 26-38).
 
            Cuando Mateo relata el mismo evento, no presenta en él a ningún ángel, sino sólo la acción directa del Espíritu Santo:
 
            “El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 18).
 
            Es curioso, sin embargo, que a partir de ese momento, el llamado en Mateo “Angel del Señor” empiece a actuar inmediatamente a través de una fluida relación onírica con el padre de Jesús, José, (conozca en qué consistió pinchando aquí si lo desea) al que informa sucesivamente de que el niño engendrado en María “es obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 20) -digamos que en Mateo la Anunciación es más bien a José que a María-; de que debe partir para Egipto (Mt. 2, 13) porque Herodes quiere matar al niño; de que por haber muerto Herodes, puede ya volver a Israel (Mt. 2, 20), y otras todavía...
 
            Esta afición de Gabriel a anunciar nacimientos le haría un buen candidato para ser también el ángel anónimo que anuncia dos de los importantes nacimientos prodigiosos que se registran en el Antiguo Testamento. El de Ismael en el Génesis, y el de Sansón en los Jueces, bien que el ángel protagonista de ambas acciones no reciba en ninguno de los libros nombre alguno. Pero eso es harina de otro costal, que quizás molamos en otra ocasión diferente.
 
 
            ©L.A.
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