Martes, 29 de septiembre de 2020

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Cuando no sentimos a Dios (III)

Cuando no sentimos a Dios (III)

por Duc in altum!

Hasta ahora, hemos estado comentando acerca de la experiencia de no sentir a Dios en determinados momentos o temporadas de nuestra vida, con el pesar natural que eso conlleva; sin embargo, esto tampoco significa que en esas circunstancias no exista de parte de Dios algún paréntesis, descanso o consuelo hacia nosotros. De hecho, por muy difícil que sea la prueba o inclusive su silencio, siempre habrá; sobre todo, cuando sentimos que estamos al borde de desesperarnos o de perder el rumbo de manera definitiva, una intervención suya, palpable, que, aunque no dure gran cosa, bastará para que podamos recuperar la paz. Es decir, no nos deja solos, a pesar de que una primera impresión pudiera hacernos creer lo contrario.

El silencio de Dios, aunque real y doloroso, no es absoluto, porque sabe que no podríamos seguir sin su ayuda y lo que busca, al compartirnos esas experiencias, no es hacernos sufrir por sufrir, sino ayudar a que nuestra fe, sometida a la prueba, se vuelva definitiva y no de uno o dos días, mientras nos va enseñando a liberarnos de tantas ideas y actitudes que nos impiden disfrutar de las cosas sanas de la vida; aquellas que Dios quiere que aprovechemos al máximo y, frente a las cuales, nos capacita desde la Espiritualidad de la Cruz. Es decir, permite el dolor, pero nunca como fin, sino como medio de aprendizaje, porque en la vulnerabilidad, distinguimos entre lo esencial y lo accesorio, haciendo un lado ciertos apegos que, de no ser atendidos por la sequedad, nos privan de cosas mejores.

Además de lo anterior, el silencio de Dios amplia nuestros horizontes, porque al resultarnos irracional, en realidad nos libera de un abuso de la razón, de los cálculos, de nuestra mente. Con esto, no decimos que haya que optar por la ignorancia, o que la fe niegue el valor de la vida intelectual. Al contrario, ya sabemos que se complementan; sin embargo, en la parte más humana del trabajo interior, a veces es necesario dar un salto y dejar en segundo plano nuestros planteamientos para poder vivir la experiencia que Dios nos ofrece. Es decir, confiar y lanzarse. No se trata de renunciar al pensamiento, sino de abrirse a otra voz distinta de la nuestra. Y, entonces, terminamos por comprender que el silencio de Dios, en realidad, constituye una hoja de ruta en la que descubrimos nuevas cosas sobre él y nosotros mismos. Es decir, el fruto o el resultado de la perseverancia aún en la duda. Cuando uno va más allá de ella, entonces, vive la fe y empieza a disfrutar, desde esta vida, un porcentaje de la plenitud que tendrá en la otra.

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