Viernes, 29 de mayo de 2020

Religión en Libertad

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La epopeya misionera del padre Christopher Hartley en República Dominicana

por La honda

Aún no ha dado el reloj las cinco de la mañana en San José de los Llanos, al sur de República Dominicana, y ya se oye un rumor de pasos arrastrados por los caminos de los cañaverales que hay entre los bateyes, los pequeños poblados agrícolas en los que malviven los trabajadores de la industria azucarera encargados de cosechar la caña azucarera. Una multitud de hombres camina machete en mano siguiendo a su guardacampestre, el jefecillo que, a caballo y escopeta en mano, les indica que parte del campo hay que cortar ese día. Muchos de esos hombres no tienen papeles. Han sido traídos desde Haití. Es la Ruta de la Pobreza, que sin tener ubicación geográfica, se repite en cualquier parte de la Tierra. Unos aquí, cruzando una pequeña línea imaginaria, otros por ejemplo en el Canal de la Mancha. Todos siempre en busca de un destino que tiene más de sueño que de destino.

Los braceros no tienen documentación. Ni pasado, ni presente, ni futuro. Para el Estado dominicano no son nadie. Ni siquiera fantasmas. Para la empresa azucarera, solo son picadores de caña.

Aguantan la levantada rumiando un tallo de caña, sin haber desayunado. Así se pasan el alba hasta que amanece, y toda la mañana, y buena parte de la tarde: descansando poco y comiendo nada. Segando azúcar como máquinas hasta el punto de no sentir las manos. Esta es su vida. Así ha sido siempre y así es cada día, hasta que regresan a sus casas reventados de trabajar con algo menos de veinte céntimos de euros por tonelada de caña cortada. Ha empezado la zafra –la cosecha- de 1997, y todo sigue igual que en los últimos doscientos años.

No es un relato inventado. Nos lo cuenta Francisco sentado a la puerta de su casa, por llamar de algún modo a ese chamizo sin luz ni agua en el que se cobija. Ahí guarda todas las posesiones que tiene tras toda una vida trabajando: media docena de machetes, un par de botas de agua y unos guantes, dos trapos con mangas a los que llama camisas, una cacerola oxidada y tres velas medio quemadas. Hay también una vieja maleta que hace de armario y que nunca hará de maleta. Francisco ya nunca se irá a ningún lado. Lleva aquí los últimos 69 años de su vida, desde que llegó con 11 huyendo del hambre que pasaba su familia en Haití y soñando con enviar dinero a casa. Pero allí nunca mandó nada y ni si quiera pudo volver, y en Haití ya no hay ni familia ni casa.

Con una realidad que roza el género dantesco, se encontró el padre Christopher Hartley Sartorius, un misionero español formado en el Seminario de Toledo, al llegar a su misión de San José de los Llanos. Allí vivía Francisco, junto con unos cuantos miles de haitianos.

El joven misionero se enfrentó así por primera vez en su vida no a una situación de pobreza, sino a una de injusticia, al ver cómo una poderosa familia de República Dominicana ha hecho una fortuna inmensa, soportada por la miseria de sus trabajadores de los campos de caña en los últimos ciento cuarenta años.

Ante claros indicios de esclavitud en los albores del siglo XXI, este sacerdote de la Iglesia emprendió entonces una campaña de evangelización que irremediablemente exigía la aplicación de toda la riqueza y sabiduría de la Iglesia en materia de Justicia Social. Los Padres Conciliares y Juan Pabllo II fueron sus guías y maestros en este proceso. Pero que nadie se equivoque. Christopher Hartley no es un libertador, ni un revolucionario llanero solitario, ni un cura progre. Después de sus nueve años en Dominicana 1997 a 2006-, el padre dejó construidas siete capillas en lugares con nombres que suenan bien en el oído, poblados y bateyes de El Manguito, Guajabo, Neponuceno, La Jenjibre, El Coco, Victorina, y sumando la que construyó en la Cárcel de San Pedro de Macorís. Dejó también cuatro comedores para niños en La Palma, Paloma, Gautier y Contador, algunos de ellos con escuelas y talleres de adultos. Más un asilo para ancianos donde un montón de hombres y mujeres murieron en condiciones dignas, acompañados y cuidados, donde vivieron sus últimos meses y días como si fuesen hombres y no animales inservibles y abandonados.

Dejó el padre el padre más de seis mil bautizos inscritos en el registro parroquial, y miles también entre confirmaciones, primeras comuniones y matrimonios celebrados.

Los avances en los derechos de los trabajadores han sido también importantes, aunque aún muy lejanos de lo que merece la dignidad humana.

El padre Christopher Hartley ha pasado por España estos días por un doble motivo: la celebración de su treinta aniversario de sacerdocio, y la publicación de un libro en el que un servidor cuenta la crónica de esos 9 años que pasó el padre Hartley en República Dominicana. En Esclavos en el paraíso (Ed. Libros Libres) aprovecho como hilo conductor una serie de cartas que en su día escribió el misionero, apuntaladas en el libro con testimonios y documentos, dando forma así a una obra de Misionología superlativa y aplicación extrema del Evangelio.

Pero sobre todo esto que dejó el padre entre los más pobre de entre los pobres de República Dominicana, lo más importante fue la sensación de que, por fin, algo había cambiado. Francisco y sus hermanos haitianos dejaron de vivir como perros y morir abandonados. El gran cambio, nos lo cuenta Francisco, es que ya no tiene miedo. Cristo, anunciado por el padre Hartley, se lo ha quitado.

Estos días me preguntan que por qué he hecho este trabajo, y yo contesto tres cosas. Una, que por que me ha dado la gana. Otra, porque esta historia está llena de Evangelio, y creo que anunciar a Cristo a través de los medios es lo que Dios quiere de mí. Tercero, porque una vez conocida esta historia, de no haberlo hecho, no hubiese podido volver a mirar a los ojos de un hombre pobre. Por eso.

Publicado en la Web www.adiciones.es .

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