Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Santa María de Bujedo (1)

por Victor in vínculis

Gustavo Doré en Bujedo
En la década de los sesenta del siglo XIX, dos franceses singulares viajan repetidamente a España describiendo las costumbres de sus gentes, sus monumentos y paisajes. Son el varón Charles Davillier y Gustavo Doré. El primero era un erudito acomodado. Su interés por la cerámica despertó su interés por España, país por el que viajó en múltiples ocasiones y del que llegó a tener un profundo conocimiento gracias a sus viajes y a la amistad que tuvo con españoles notables de la época, entre otros Federico de Madrazo o Mariano Fortuny. Su compañero de viaje, Gustavo Doré, plasmaba lo que Davillier escribía. Excepcionalmente dotado para el dibujo, era famoso en Europa por las ilustraciones de obras como: “La Divina Comedia” de Dante en 1861; “Don Quijote” en 1863, “La Biblia” en 1865, “El Paraíso Perdido” de Milton en 1866, “Las Fábulas” de La Fontaine en 1867…
Desde 1862 hasta 1873 envían periódicamente sus crónicas del “Viaje a España” a la revista parisina “Le Tour du Monde”, que durante once años las va publicando en fascículos. Luego, en 1874, apareció una edición completa de la obra.
Uno de esos viajes le llevó a la provincia de Burgos. El hechizo del Desfiladero de Pancorbo inspiró a Doré para realizar los grabados sobre “La Divina Comedia”. Concretamente plasma el antiguo paso que atravesaba la roca, en la zona de las curvas del desfiladero.


En este viaje es cuando Doré debió pintar su ilustración “Antiguo monasterio de Bugedo, entre Burgos y Miranda de Ebro”. Se trata del Monasterio de Santa María de Bujedo (Burgos), a 9 km al suroeste de la población burgalesa de Miranda de Ebro.
El 8 de agosto de 1168, en presencia del rey de Castilla Don Alfonso VIII, había sido erigida la Abadía de Santa María de Bujedo, de la orden premonstratense. Don Sancho fue su primer Abad. Fue fundadora Doña Sancha Díaz de Frías.
Los monjes premonstratenses permanecieron en Bujedo hasta la desamortización de Mendizábal. En 1836, la ley se ejecutó y comenzaron las subastas injustas, adjudicaciones de vergüenza, pillaje, profanaciones; todo ello acabó con el monasterio que había sido foco de cultura y santidad.
En el año 1858 comenzaron las obras del ferrocarril a la altura del monasterio de Bujedo. Mientras duró la construcción del ferrocarril, el monasterio, usadas sus dependencias vacías, sufrió un deterioro importante. Una década después Doré ya mostraba la línea del ferrocarril en un extremo de su ilustración.
Al final de la década de los setenta los Padres de la Sociedad de Misiones Africanas adquirieron el Monasterio por 7.500 pesetas. Finalmente el 22 de julio de 1892 se estableció el noviciado de la provincia española de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, fundados por el francés San Juan Bautista de La Salle que, tras llegar a España en febrero de 1878, decidieron comprar el Monasterio de Bujedo. Así esta casa se convirtió en cuna de la Congregación en España. Más de 2.000 religiosos lasalianos se han formado en ella, entre los que brillan con singular esplendor sus 101 mártires de la educación cristiana. Y especialmente los ocho hermanos de la Comunidad de Turón, protomártires lasalianos españoles, canonizados por el Beato Juan Pablo II en 1999, y cuyos sagrados restos son custodiados en la iglesia monacal.
Desde el primer momento todos consideraron a los Hermanos mártires de Turón y al P. Inocencio como verdaderos mártires. La única razón por la que fueron asesinados era por ser religiosos. Estaba claro en las mentes de todos, incluso de sus mismos verdugos.
Los testimonios recogidos para el proceso no ofrecen duda alguna. El mismo jefe revolucionario, preso después de los acontecimientos, dijo en la cárcel que, cuando los llevaban al cementerio “iban muy recogidos y en oración, preparándose para el sacrificio” y que “se mostraron muy decididos y animados”. Y un testigo presencial del fusilamiento, también desde la cárcel, dijo por escrito:
Que no les oyó la menor queja ni palabra alguna, tanto en el trayecto de la casa del pueblo al cementerio, como durante su ejecución que fue con escopetas y rematados con pistolas”.
Su muerte -dice él mismo testigo- fue obra de unos cuantos desalmados, pues el pueblo no hubiera consentido que asesinaran a los maestros de sus hijos, y por ello lo hicieron de noche y forzando a los que iban a ejecutarlos”.
Los nombres de los mártires eran: H. Cirilo Beltrán (46 años), H. Marciano José (33), H. Julián Alfredo (31), H. Victorino Pío (29), H. Benjamín Julián (25), H. Augusto Andrés (24), H. Benito de Jesús (23), H. Aniceto Adolfo (22) y P. Inocencio de la Inmaculada (47). Los restos de los Hermanos fueron trasladados a Bujedo el 26 de febrero de 1935.


SAN CIRILO BERTRÁN (José) SANZ TEJEDOR: era el director de la comunidad, nació en Lerma (Burgos), el 20 de marzo de 1888. Los padres eran humildes trabajadores: de ellos aprende la austeridad y el espíritu de sacrificio. Ingresó en el Noviciado de los Hermanos en Bujedo e hizo su primera profesión religiosa en agosto de 1905. En su vida apostólica se muestra comprometido y celoso. Nombrado director de la escuela de Turón, a donde llega en 1933, su actitud prudente y serena es de gran ayuda para los Hermanos de la comunidad. En el verano de 1934 participa en un retiro de un mes en Valladolid: será la mejor preparación para su encuentro con el Señor en el martirio que tendrá lugar dentro de unos meses.
SAN VICTORIANO PÍO (Claudio) BERNABÉ CANO, nació en San Millán de Lara (Burgos), el 7 de julio de 1905. Sus padres, labradores, le inculcaron desde los primeros años las virtudes de laboriosidad y espíritu de servicio. Ingresó en el Instituto de los Hermanos de La Salle en Bujedo en 1918. Las leyes de 1933, obligan a los Hermanos, por prudencia, a cambiar frecuentemente de residencia y él es trasladado del Colegio de Palencia a la escuela de Turón. Le costó mucho el cambio, pero lo aceptó con espíritu de sacrificio y obediencia. Llevaba solamente diez días en Turón cuando el Señor le pidió un sacrificio mayor, el sacrificio de su vida.
 
 
SAN JULIÁN ALFREDO (Wilfrido) FERNÁNDEZ ZAPICO, nació en Cifuentes de Rueda, (León), el 24 de diciembre de 1903. Los buenos consejos de sus padres y la influencia de un tío sacerdote con el cual fue obligado a vivir durante algún tiempo después de la muerte prematura de su madre, hacen crecer su piedad natural y lo inclinan muy joven a la vida religiosa. A los 17 años ingresa en el noviciado de los Capuchinos de Salamanca. Pero a causa de una inesperada enfermedad regresa a su casa. Tiene 22 años cuando Dios le da a conocer a los Hermanos de La Salle y en 1926 ingresa en el noviciado de Bujedo. Muestra gran madurez y piedad que suscita la admiración de sus compañeros más jóvenes. En su labor educativa manifiesta asimismo una dedicación extraordinaria, sobre todo al preparar a los niños a la primera comunión. En el verano de 1933 es destinado a la comunidad de Turón. El año anterior había hecho su profesión perpetua sellando su compromiso definitivo con el Señor. Cuando Dios le llama al sacrificio de su vida, se encuentra preparado para responder sin vacilación.
SAN MARCIANO JOSÉ (Filomeno) LÓPEZ LÓPEZ, nació en El Pedregal (Guadalajara) el 17 de noviembre de 1900. Pertenece a una familia de trabajadores y aprende desde niño a soportar las molestias del trabajo, así como a afrontar con ánimo las dificultades de la vida. A sugerencia de un tío suyo ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle, pero una enfermedad en el oído le obliga a regresar a su familia. Pronto será admitido de nuevo, pero a condición de dedicarse a trabajos manuales. Se halla en la comunidad de Mieres (Asturias) cuando acepta sustituir a un Hermano de Turón, asustado por las tensiones de ese momento. Esto ocurría en el mes de abril de 1934, seis meses antes del sacrificio supremo que el Señor le pedirá. Une así su destino al de sus compañeros de comunidad, a la que siempre ha prestado sus servicios con bondad y cariño.

 
SAN BENITO DE JESÚS (Héctor) VALDIVIELSO, sus padres se trasladaron a Buenos Aires (Argentina) unos años antes de su nacimiento, que tuvo lugar el 31 de octubre de 1910. Fue bautizado en la iglesia de San Nicolás de Bari, que se encontraba en la zona donde se alza actualmente el Obelisco de la Avenida 9 de Julio. Cuando sus padres, a causa de dificultades financieras, se vieron obligados a regresar a España, estableciéndose en Briviesca (Burgos), conoció y entró en el centro de formación de los Hermanos de La Salle en Bujedo. Después hizo el Noviciado Misionero que los Hermanos tenían en Lembecq-lez-Hal (Bélgica), movido del deseo de realizar un día el apostolado en la tierra que le había visto nacer, Argentina. En espera de poder realizarse sus sueños, los Superiores lo destinaron a la escuela de Astorga (León). En septiembre de 1933 fue destinado a Turón. En el corto tiempo que permaneció en la cuenca minera, se mostró como siempre, plenamente entregado a la clase y a las asociaciones juveniles de la Cruzada Eucarística y la Acción Católica. Su dedicación a los jóvenes le convirtió, él joven, en candidato predilecto para el martirio, cosa que no tardó en realizarse. Es el primer santo argentino.
SAN BENJAMÍN JULIÁN (Vicente) ALONSO ANDRÉS, nació en Jaramillo de la Fuente (Burgos), el 27 de octubre de 1908. Muy joven ingresa en el Instituto de los Hermanos de La Salle. Tuvo que vencer algunas dificultades en los estudios debido a su falta de preparación inicial. La misma decisión manifestó en los avatares de su itinerario religioso. Cuando el 30 de agosto de 1933 emitió sus votos perpetuos con plena madurez y decisión, recogía el fruto de su tesón y de su generosidad. Cuando recibió la orden de cambiar de la escuela de Compostela, tanto los alumnos como las familias lo sintieron mucho y querían impedirlo a toda costa, pero él con generosa disponibilidad, aunque con mucha nostalgia, aceptó y se trasladó a Turón. Los que pasaron por aquel lugar nunca olvidarían su alegría y el optimismo que mostraba en sus comentarios y juicios sobre la situación en aquellos momentos. Tanta sencillez y fortaleza sólo podían proceder de un corazón saturado de Dios, quien lo eligió para su encuentro con El.



SAN ANICETO ADOLFO
(Manuel) SECO GUTIÉRREZ, el benjamín de la comunidad, había nacido en Celada Marlantes, (Santander), el 4 de octubre de 1912. Aunque quedó pronto huérfano de madre, la piedad de su padre era tal que fueron tres los hijos que entregó a Dios en el Instituto de san Juan Bautista de La Salle. Entró en el Noviciado en 1928 y emitió sus primeros votos en 1930. En medio de su trabajo, su mayor preocupación era el cultivo de su vida espiritual. Ello le movía a preocuparse intensamente por los demás, sobre todo en lo referente al cumplimiento del deber y a la entrega generosa a Dios. Después de permanecer un año en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes en Valladolid, fue destinado a Turón en agosto de 1933. La sonrisa serena y atractiva que adornaba permanentemente su rostro, tuvo que impresionar sin duda a los mismos asesinos que, a sus 22 años, le condujeron a la eternidad.
SAN AUGUSTO ANDRÉS (Román) MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, nació en Santander el 6 de mayo de 1910. Heredó de su padre, militar de profesión, el sentido de la precisión y del orden; y de su madre, piadosa y sencilla, la gentileza que tanto admiraban sus profesores, sus compañeros y después sus alumnos. Cuando manifestó la intención de hacerse religioso -era el hijo mayor y el único varón en casa cuando su padre murió- su madre no se resignaba. Pero una enfermedad del joven doblegó la resistencia materna. Prometió a la Virgen que aceptaría los deseos de su hijo si sanaba y, habiendo obtenido la curación, autorizó el ingreso en los Hermanos de La Salle. En 1922 finalizó su noviciado y emitió con decisión sus primeros votos religiosos. Se hallaba en el colegio de Palencia en 1933, cuando la dispersión le llevó al que había de ser su postrer destino, la comunidad de Turón. Su valor y decisión fueron llamativos en los últimos momentos de su existencia, pues él fue quien dirigió las últimas palabras a sus verdugos. Fueron palabras llenas de entereza y de aceptación del martirio, propias de un corazón totalmente entregado a Dios.
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