Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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El Santo Niño de La Guardia (2)

por Victor in vínculis

La parroquia mozárabe de las santas Justa y Rufina de Toledo tiene una excelente página con muchísima información sobre el rito hispano-mozárabe, sobre la historia de las parroquias mozárabes, sobre Cofradías y Hermandades, y entre otras muchas cosas más: historias de la ciudad de Toledo… Allí encontramos esta completa relación de los sucesos en torno al Santo Niño de La Guardia. 
Es sabido que uno de los problemas más enconados y agudos de nuestra historia durante el siglo XV fue el suscitado por los conversos del judaísmo. Las persecuciones y matanzas de 1391, las predicaciones de apóstoles como San Vicente Ferrer, las controversias religiosas y las leyes civiles y eclesiásticas de la época aumentaron de tal modo el número de los convertidos, que éstos, por su cuantía, la frecuente doblez de su conversión y su considerable poder, llegaron a constituir un peligro social para el Nuevo Estado que nacía en la España del siglo XV y principios del XVI.
Fracasados los esfuerzos persuasorios, los Reyes Católicos logran en 1478 de Sixto IV la bula que establecía la Inquisición, y en 1480 se nombran los primeros inquisidores, que al año siguiente comienzan a actuar contra los falsos conversos. La bula de constitución de la Santa Inquisición, al contrario de lo que dice la leyenda negra alimentada por los grupos hostiles a la Iglesia Católica, no le permitía actuar contra los no católicos, por lo que difícilmente pudo actuar contra judíos, musulmanes y protestantes.
La resistencia de los conversos de origen judío, al establecimiento e iniciales actuaciones de los tribunales inquisitoriales fue inmediata, y no sólo en forma diplomática y pacífica. Conocido es el complot que contra los inquisidores primeros suscitó Diego Susán con otros varios conversos de los más acaudalados de Sevilla. En Zaragoza logran asesinar a media noche y en plena Seo, en septiembre de 1485, al inquisidor Pedro de Arbués. En Teruel impiden durante casi dos años la entrada de los inquisidores, y la misma violenta oposición comprobamos en Valencia y Barcelona. Dentro de este mismo ambiente de violencia y terrorismo creado por los conversos judíos, ha de encuadrarse el trágico episodio del Santo Niño de La Guardia, en la provincia de Toledo.
Precisamente fue esta capital, a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, sangriento campo de lucha contra los conversos. Ya en 1449 estalló el cruento motín promovido por Diego Sarmiento y el bachiller Marquillos. En julio y agosto de 1467 se repitieron los alborotos, que en años posteriores se extienden a Córdoba, Jaén y Segovia. En 1485 comienza a actuar la Inquisición toledana. Una relación coetánea nos cuenta que pasaron bien quince días sin que nadie se presentara a reconciliación, “por cuanto los conversos que en esta çibdad vivían tenían ordenada una traiçión para el día del Corpus Christi, cuando la gente christiana fuese en procesión con el cuerpo de Ihesu Christo, salir en las cuatro calles y matar a los dichos inquisidores e a los otros señores e caballeros e toda la gente christiana...”. Descubierta la trama y ahorcados los más comprometidos, a partir de este momento los autos de fe menudean en Toledo, especialmente desde febrero de 1486 a julio de 1488, años en que varios miles son penitenciados y al pie de un centenar relajados o muertos. Impresionantes serían aquellas procesiones de centenares de reconciliados vecinos de las diversas parroquias, en que hombres y mujeres desfilaban descalzos, sin bonetes y descubiertos, ellos y ellas con candelas en las manos.
La comitiva, salida de una de las parroquias de la ciudad, recorría ésta siguiendo el itinerario de la procesión del Corpus hasta llegar a la iglesia mayor. Entrando por su puerta les hacían a cada uno en la frente la señal de la cruz, y llegados al cadalso, donde estaban los padres subidos, les predicaban y les decían misa. Tras ella, se alzaba un notario llamando a cada uno por su nombre y pregonando públicamente la manera en que había judaizado. Después les señalaban dura y humillante penitencia.
Fácil es comprender que judaizantes y falsos conversos judíos, presos de pánico inmenso, ante la reiteración de espectáculos tan amargos, buscaran salvarse aún por los medios más absurdos.
En este ambiente social y de violencia religiosa, surgió del ánimo de los cinco judíos y seis judaizantes que intervinieron en el martirio del Santo Niño de La Guardia la idea de liberarse de los inquisidores mediante extraño sortilegio o encantamiento logrado por el corazón de un muchacho cristiano y una hostia consagrada.
El crimen, como señaló bien el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media la superstición popular atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos, cuya sangre luego mezclaban en los panes ácimos de la Pascua hebrea para usos de rito judaico. El caso del Santo Niño es muy diverso. A mitad del 1487 ó 1488, Alonso Franco es traído a la vergüenza pública como judaizante y debió de ser sometido a penitencia lúgubre, o procesión, de sangrienta disciplina en la villa de La Guardia. Parece que él y sus tres hermanos —Pedro García, Iohan y Lope— se pusieron en contacto con el médico de Tembleque Yuçá Tazarte, judío perito en sortilegios, que les aconsejó trabajaran por hacérselas con un muchacho cristiano. Se supone que el mismo auto en que fue penitenciado Alonso terminó en quema de otros reos en el Horno de la Vega, extramuros de Toledo; a ella asistieron el referido judaizante Juan y el judío de Tembleque Mosé Franco, quien, apesadumbrado, como su compañero, de aquel espectáculo, dijo al converso que todo ello podía remediarse si lograran el corazón de un niño cristiano.
Pronto decidieron actuar, y parece que fue Juan, entre dichos hermanos judaizantes, dedicados al comercio y el transporte, quien raptó al niño en Toledo, donde aquél fuera a vender una carretada de trigo. Hecha la venta, a la tarde apoderóse del muchacho en la Puerta del Perdón de la catedral. Tratábase de un inocente chiquillo de tres a cuatro años, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, a la cual hacen ciega algunos relatos. Engañado aquél con una chuchería (un nuégado o unos borceguillitos...) sustrájole el raptor, ayudado probablemente por Benito García, de las Mesuras, judío bautizado, cardador de oficio. Habiendo tenido escondido al infante en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, los confabulados idearon la diabólica traza de que, pues se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, era buena ocasión para repetir en aquella indefensa criatura la pasión de Cristo. Trasladáronse, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias. La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron, abofetearon y repelaron, y poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, le colocaron también parte de éstas en las espaldas y plantas de los pies. El propio Yucé teníale de un brazo al niño desangrándose, dióle repelones y bofetadas y fue en abrirle el costado con un cuchillo y sacarle el corazón. A la vez, como si tuvieran presente la persona de Jesucristo, colmaban al mártir de vituperios mientras le azotaban: “A este bellaco, traidor hechicero, que con sus hechizos y embaucamientos venía a engañar y tornar a los judíos cristianos, y a echar pajarillas a volar, y que hacía cesar a los pescados en la mar y que a sus discípulos que tenía mandaba que los fuesen a tomar con redes, y que cabalgaba sobre el sol”. Y también: “A este traidor, engañador, que cuando predicaba, predicaba mentiras contra la Ley de Dios y contra la Ley de Moisén...”. Y así otras muchas oprobiosas palabras. Expiró al fin el atormentado y crucificado niño, quien quitado de la cruz, aquella misma noche fue llevado a enterrar en lugar secreto donde de él no se pudiese tener noticia, en una heredad próxima a Santa María de Pera.

 
Mosaico en el Santuario del Santo Niño de La Guardia (Toledo)
Cumplida la primera parte de su delito, judaizantes y judíos juntáronse de nuevo en el secreto de la misma cueva días más adelante, concertados en practicar ciertos conjuros y experimentos de hechizos con el referido corazón infantil y una hostia consagrada que el sacristán de La Guardia, Juan Gómez, sobrino de Alonso Franco, proporcionó al cómplice Benito García sacrílegamente. Objeto del conjuro y experimento diabólico era lograr que los inquisidores y demás cristianos muriesen rabiando, pereciese la ley y la fe católica y los judíos se enseñoreasen y la ley mosaica fuera ensalzada. Mas, como vieran que el experimento no salía a medida de sus deseos, al cabo de un tiempo los confabulados reuniéronse una vez más en cierto lugar y, de común acuerdo, enviaron a Benito de las Mesuras con el mencionado corazón y otra hostia consagrada a ciertos judíos de Zamora a quienes ellos tenían por sabios, para que verificasen el hechizo de forma eficaz. Descubierto el emisario en Astorga a mediados de 1490, dio con sus huesos en la cárcel inquisitorial, en la que pronto ingresaron los demás cómplices todavía vivientes. Interesantísimas resultan las 68 piezas de los actos del proceso seguido a Yucé Franco, uno de los que más paladinamente cantaron amarrado a la escalera del tormento. Los otros procesos no han aparecido aún, si bien conservamos una relación que en 1569 tres secretarios del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sacaron de los archivos de la Inquisición vallisoletana con desuno a la iglesia parroquial de La Guardia.
De los once cómplices implicados en el crimen, tres habían muerto ya cuando la Inquisición dictó su sentencia condenatoria el 16 de noviembre de 1491: “Mosé Franco, David de Perejón y Yuçá Tazarte; el octogenario judío Ça Franco, fue, sin duda, perdonado; los otros siete cómplices perecieron amarrados a sendos postes en el Brasero de la Dehesa, de Ávila, ya atenazados y quemados vivos a fuego lento, ya estrangulados antes de abrasados por confesar arrepentidos su culpa. Más tarde se agregó a la lista de acusados el nombre de Fernando de Rivera, tachado de haber ejercido el papel de Pilatos en el simulacro de pasión referido”.
La repercusión popular que el crimen y el proceso aludidos tuvieron pronto en toda España fue inmensa. Sabemos que en Ávila el escándalo del pueblo contra los judíos fue tal que los Reyes Católicos tuvieron que poner a éstos bajo su guarda, por diciembre de 1491, y algunos piensan que en el decreto de expulsión de los judíos en 1492 tuvo no escasa parte la desastrada muerte del Niño de La Guardia. Que en ésta y los territorios vecinos la conmoción fue, como era de esperar, amplísima e intensa, lo prueba una carta de noviembre de 1491 en que un notario de Ávila, dirigiéndose a autoridades y pueblo de La Guardia, refiérese a las “chismerías” que por la villa corrían y al mandato dado de que se publicara la sentencia y la noticia de la ejecución de los reos para que “cada uno calle su boca, porque el asno está enalbardado”, con lo que se alude al refrán “do vino el asno vendrá la albarda”.
Pronto también una exaltada piedad rompió los frenos y la leyenda se apoderó del santo niño inocente, tratando de aplicarle todos y cada uno de los pormenores de la pasión y muerte de Cristo y hasta de su resurrección gloriosa. Incluso trató de verse en La Guardia y sus parajes circunvecinos la más exacta correspondencia topográfica con Jerusalén y pueblos aledaños. Fue desde entonces cuando se trocó el nombre del infante en el de Cristóbal, comenzándole a invocar como a otro Cristo en pequeño.
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