Lunes, 18 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Peregrinación a Medjugorje: 2. Mi crisis personal

por Contemplata aliis tradere

 

 
En los cuatro viajes que he hecho, he llegado a  Medjugorje, alrededor de las cinco y media de la tarde. Unas veces con mucho calor y otras, no tanto. En este mes de junio pasado de 2012 nos encontramos con 36 grados que, dada la humedad reinante, se hacían duros de soportar. Otros años, sin embargo, hemos pasado hasta algo de frio y lluvias. Siempre me he instalado en la misma residencia, San Giuseppe, dirigida por Marisa, una italiana de pro. Dicha residencia está muy a las afueras, a una media hora andando desde la parroquia. En invierno no parecerá demasiado lejos, pero en plena canícula del mes de julio, sí lo parece.  Medjugorje está en un paralelo semejante a España. Una vez colocados en nuestras habitaciones y sin pérdida de tiempo, porque el horario apremiaba, nos recogen dos microbuses y nos acercan a la iglesia. Los demás días lo haremos andando o en taxi que hasta ahora, vayas donde vayas, siempre cuestan cinco euros.

       Desde hace tiempo los cultos ya no se celebran en la iglesia porque no cabe la gente. Se ha construido una especie de templete por la parte de fuera del presbiterio, un templete techado y acristalado, donde está colocado el altar. Para los sacerdotes hay varias gradas que cierran el círculo con el altar. Delante en la explanada hay mil bancos, según contamos, donde caben sentadas unas cinco mil personas. Detrás de los bancos una amplísima campera de hierba donde se acomodan en sillitas plegables otros varios miles de personas en los días de más afluencia. Puedes estar a más de trescientos metros pero lo sigues todo perfectamente.

       El primer día asistimos como espectadores. De seis a siete se rezaban varias partes del rosario por los altavoces, mientras muchos sacerdotes confesaban a la gente, algunos en sillas al aire libre, ocupando la sombra de un lateral de la iglesia. A las siete comenzaba la eucaristía a la que asistieron varios miles de personas. No entendí nada pues era en croato. Aún no sabía que se podían seguir por radio las traducciones a distintas lenguas. A los dos o tres días ya encontré en el punto 104, 40 la traducción en español. La devoción de la gente y la belleza de las canciones nos gratificaban mucho. Quien más, quien menos, de entre nosotros, todos tratábamos de interiorizar lo que presenciábamos.

       Entre las ocho treinta y las diez, que sería la adoración al Santísimo, teníamos una hora y media para cenar algo. En alguno de los restaurantes vecinos, que van creciendo cada año como hongos, se toma alguna cosa y en días de calor como este verano más bien se bebe. Sigue siendo todo barato en comparación con España aunque también en esto los precios se van poniendo al día. Esas horas son ya crepusculares pues el sol se pone a finales de junio hacia las siete cuarenta y cinco. Por eso cuando a las diez empieza la adoración es ya muy de noche en Bosnia. La hora es la misma que en España porque nosotros hemos adelantado el reloj en dos horas pero el sol nace y muere aquí dos horas antes que en España. El templete, muy iluminado, destaca sobre la multitud que llena los bancos en profundo silencio. Sobre el altar una gran custodia o, mejor dicho, ostensorio, mostraba la enorme hostia blanca a la adoración de todos los fieles. El clima nocturno, el silencio, la comunión con tanta gente desconocida, las breves frases o puntos de meditación, la música, muy bella, el famoso violín de  Medjugorje, todo ello nos hacía sentir profunda e interiormente a gusto. Salimos de allí muy reconfortados.

       El primer año me encontré con una habitación buena. No obstante, como suele suceder en casas dirigidas por monjas o, simplemente mujeres, en el baño no había enchufe para la máquina de afeitar. En cambio, había unos diez rollos de papel higiénico. Más tarde me enteré que la única habitación que no tenía enchufe era la mía y que, en las demás, había muchos menos rollos. Dormí bien, sin ruidos, con la ventana abierta y sin mosquitos.

Al cargo del grupo suele contratarse un guía que nos va marcando el programa a realizar al día siguiente. El primer día se suele subir a la colina de las apariciones, muy cerca de nuestra residencia. A las nueve, después de desayunar nos dirigimos al Pobrdo o monte de las apariciones. Al término del camino asfaltado, antes de iniciar propiamente la subida, reunidos en grupo, el guía, nos da  las explicaciones pertinentes. Íbamos a subir al Pobrdo o lugar de las apariciones, mejor dicho, donde se iniciaron las apariciones allá por el año 1981. Unos niños comenzaron a ver a la Virgen en esta colina. Nunca fue en un lugar fijo. A veces era bastante arriba y, al parecer, los niños eran subidos como en volandas hasta el lugar destinado por la Virgen para aquel día. Estas apariciones no son como las de Lourdes o Fátima, que siempre sucedían en la misma gruta o árbol. Aquí varía el lugar, el modo y la frecuencia. A veces estaban todos los niños, otras veces se aparecía individualmente y no sólo unas cuantas veces sino que aún se sigue apareciendo, como diremos más tarde.

 

       Se trata de una subida infernal. El camino es de guijarros y conviene ir bien calzado para no sufrir demasiado. El constante pedregal nos va elevando a la colina y cada pocos minutos nos encontramos con una especie de medallón rectangular clavado en el suelo donde están esculpidos en relieve los misterios del rosario. En cada uno, el grupo se para, se anuncia el siguiente misterio y se canta un canto o una breve meditación y se sigue caminando al compás de las avemarías.  Caminando no es fácil rezar porque, sobre todo para los mayores, no se trata de un paseo sino de una peligrosa escalada. Varias personas se cayeron y es fácil, por lo menos, retorcerse un pie. No subíamos solos; era continuo el discurrir de personas y grupos subiendo y bajando.

 

A mí, personalmente, la primera vez, esta subida a la colina de las apariciones no me dijo nada. La hice con sencillez, recé los misterios del rosario con todos, y caminaba como lo había hecho muchas veces en tantas romerías y procesiones. Yo no sabía muy bien lo que esperaba de  Medjugorje, si es que esperaba algo especial. Empatizaba fácilmente con la devoción de las gentes y simplemente me sentía bien, como me suelo sentir bien en todos los lugares donde hay oración e interioridad. Pensaba pasar estos días como si fueran de vacaciones, pasando del estrés y de las noticias del mundo y descansando en la oración y en la comunidad con la que había viajado.

A las seis de la tarde ya estaba yo, con mi camisa de cura, alzacuellos y estola, sentado por fuera en un lateral de la iglesia escuchando confesiones. Junto a mí había colocado un letrero que decía: español. Evidentemente es en la lengua que mejor me manejo. Otros ponían letreros en varios idiomas. La verdad es que a lo largo de estos años cuando veía colas largas de italianos e incluso de franceses y alemanes les invitaba a acercarse a mí. Puedo decir que he confesado más en lenguas extranjeras que en español, sobre todo en italiano.

El tema de las confesiones es uno de los temas que más te sobrecogen y te hacen entrever la presencia de lo sobrenatural.  Medjugorje no se distingue por las sanaciones físicas como ocurre en Lourdes, sino por las conversiones y quebrantamientos interiores. Aquí la gente se confiesa de temas muy fuertes y se percibe patente la necesidad de cambiar de vida. Muchos cuando se confiesan ya han sido tocados por la Virgen y les entra un deseo sobrenatural de conversión que ya se ha realizado pero no lo saben formular bien. Quieren ejercitar de ahora en adelante su voluntad al máximo para no volver al pecado sin percatarse de que han sido visitados gratuitamente por la gracia de la conversión y lo que deben de hacer es ser fieles a esa gracia mediante la oración y el agradecimiento. Si confirmas a esta gente en su deseo de ser buenos desde sí mismos y desde el ejercicio y exigencia de su voluntad les destruyes lo más bello y fecundo que han recibido. En  Medjugorje no vale cualquier cosa y cualquier teología.

Después de las confesiones, a las siete, comienza la misa. Si quieres concelebrar no tienes más remedio que dejar plantada a una larga cola de penitentes que esperaban confesarse. Yo, la primera vez lo hice así y me vestí para concelebrar. No sabía lo que me esperaba porque en esa misa entré en noche oscura. Sin entender una sola palabra, con una homilía larguísima, leída por el franciscano de turno, sin atisbar en todo el desarrollo litúrgico ningún signo de carisma, unción o novedad, mis demonios domésticos se me soltaron y comencé a dudar de todo. ¿Qué tipo de kerigma se predica aquí? –me decía. ¿A qué Jesucristo sigue esta gente? Es todo un puro devocionismo. Todo el mundo y todas las cosas me daban grima, en especial los sacerdotes, arrodillados con su rosario en la mano, algunos de quince misterios, exhibiendo piedad. El tufo a integrismo se me hacía insoportable mientras que se me revolvía el estómago.

Veía a bastante gente con hábitos exóticos y estrafalarios y me decía: “Dios mío, aquí está la hez del oscurantismo religioso. Todos los radicales, fanáticos, sectarios han tomado posesión de este lugar”. No veía nada más que voluntarismo y moralismo por doquier. Los mensajes de la Virgen, pasados por mi crisis, los miraba como infectados de viejas taras en el lenguaje y los contenidos. El rechazo hacia todo lo que veía era total. Estábamos en plena misa. Para mí, todo estaba vacío, sin teología, en las antípodas de todo aquello por lo que había luchado en la ya mi larga vida.

Sufrí lo indecible y muy adentro. Era en mi espíritu, en lo más profundo de mí. Además sufría sin esperanza porque creo que tengo trauma ante todos los integrismos y no veía posibilidad de encontrar allí ninguna tabla de salvación. Me hubiera ido al momento ya que, en realidad, me estaba asustando. Me reproché el dejarme convencer tan fácilmente para ir donde otros me quieren llevar. ¿Qué pintaba yo en  Medjugorje? Gracias a Dios sólo era una crisis interior que no se me traslucía hacia fuera.

Volví a la residencia con acíbar en el alma. Después de cenar tuvimos, en el porche de la casa, una conferencia larga y enjundiosa de nuestro guía que aquel primer año se llamaba Leo. Fue lo más interesante que escuché en  Medjugorje hasta ese momento. Fue un bálsamo y me suavizo mucho. Al llegar a la habitación quise ponerme a escribir, pero era demasiado para ese día. Mañana será otro día -me dije- en que renovado por el sueño podré abordarlo todo mejor. La noche fue de perros. El horario me está jugando una mala pasada. Como ya he dicho, oficialmente es la misma hora que en España pero éstos se rigen por su hora solar natural. Con lo cual al acostarnos a las doce, es como si en España nos acostáramos a las dos de la madrugada. A las cinco de la mañana aquí ya ha salido el sol en estos primeros días del verano.

Me habían dicho que las ventanas en esta tierra no tenían persianas o contraventanas y yo lo di por hecho sin investigar, con lo que estos dos días la luz del sol me despertaba tempranísimo. Desde tempranas horas en la madrugada las cañerías (pasaban cuatro por mi habitación no incrustadas en la pared, sino por fuera) desaguaban sin cesar pasando a pocos centímetros de mi cabeza. Rezando y ofreciéndolo todo por la causa, soporté las horas que faltaban hasta las nueve, que era la hora del desayuno. A las nueve aquí el sol tiene la misma altura que en España a las once de la mañana.

No obstante, en el corazón tenía alegría. La conferencia de anoche fue muy reveladora para mí. Varios de mis interrogantes se me aclararon. Paso a contaros lo que descubrí en las palabras de Leo.

Según nuestro guía, el alejamiento de Dios en nuestro mundo actual es el que hace que la Virgen se aparezca. Debemos tener en cuenta que los que venimos aquí no venimos por casualidad sino llamados por la Virgen. Esto engendra en nosotros una gran responsabilidad espiritual. El peregrino que viene aquí debe comportarse como luz en el mundo pese a todas las fuerzas del mal que se oponen.

El mensaje central de  Medjugorje es la oración. Todo el mundo puede orar. No se necesita ninguna sabiduría ni técnica especial. Dios está necesitando mucha gente que ore porque con la oración nos dejamos hacer y Dios es omnipotente en la medida en que pueda utilizarnos, es decir, en la medida en que nos dejamos hacer y no nos endurecemos.


Medjugorge comienza en 1981. Una de las cosas que más convence es que los seis niños fueron muy presionados y aterrorizados por las autoridades. Ante la policía y los jueces, a veces con los padres llorando, fueron fieles a la Virgen: “No, yo veo a la Virgen”. Al principio eran seis: Marija, Iván, Vicka, Ivanca, Mirjana y Jakov. Con el tiempo tres dejaron de ver a la Virgen. La siguen viendo una vez al año. Son gente muy normal. Yo tengo mucha relación con Iván porque voy a su casa a arreglarle el ordenador. Charlamos mucho pero como lo haría con cualquier otra persona. Casi nunca hablamos de las apariciones. Le he oído decir: “La Virgen me acepta tal como soy. No necesito demostrar nada, ni fingir nada; no quiero ser distinto del que soy”. Marija, Vicka e Iván siguen viendo a la Virgen. El don de la aparición es un don gratuito, que no tiene nada que ver con la medida humana o espiritual de la persona. Este don viene del cielo. A ninguno de ellos se les ocurre pensar que este don es algo merecido. Es pura gracia de Dios. Estos chicos no eran ni son nada especiales. Esto explica que no hay sensación de que sean inducidos o autoinducidos a decir lo que no es. Aun las personas más racionalistas y científicas tienen que admitir que algo está sucediendo. La verdad es que nadie duda ni piensa que los niños están mintiendo.

Es curioso que cuando abren la boca es como si hablaran hacia dentro. Primero ven una luz y detrás a la Virgen flotando sobre una nube. Cuando se les aparece en trance pueden tocar a la Virgen y conversar con ella, ya que es muy afable y ella misma les incita a hacerlo. La Virgen se comporta con toda naturalidad. El regreso a lo real, a veces, es traumático y les cuesta dos o tres horas volver a la realidad. Iván ha viajado por todo el mundo y le han llevado a miles de sitios pero ha perdido casi todo el interés: “Me lleven donde me lleven -dice- nada hay comparable a la visión de la Virgen y del cielo”. A Marija se le aparece una vez al mes para rezar por los no creyentes.

Los no creyentes no son los ateos o alejados sino, sobre todo, los cristianos que no tienen experiencia del amor de Dios. La Virgen quiere el cambio de los que practican, de los que van a Misa. Hay en nuestros países gente que cree y practica pero no tiene experiencia. Se trata, pues, de una revitalización de la fe, de que la gente creyente tenga experiencia de Dios. La experiencia del amor de Dios es una experiencia de entrega o de abandono o de dejarse hacer. Ahí es donde se encuentra la verdadera paz. Si nosotros queremos controlar o cambiar el mundo nos angustiamos; con la entrega, conocemos la cercanía y delicadeza de Dios.

En  Medjugorje se da mucha importancia a la familia. Es bueno tener en casa un altar familiar donde la familia se pueda reunir a rezar. En mi casa tengo un altar lleno de santos y me da mucha paz. La Virgen dice que la guerra, tan dura en estos países balcánicos, empieza en la familia cuando no se ora. Para poder perdonar a los enemigos hay que poder perdonar a los de la propia familia. Por eso hay que orar.

El Señor manda a la Virgen a este mundo para que la fe deje de ser algo formal o ritual. No obstante, ella les habla de la necesidad de una disciplina espiritual para poder crecer. Por eso les pide a los niños el rosario diario, ayuno dos veces por semana, lectura de la Biblia, confesión y adoración al Santísimo e integrarse en grupos de oración. Este plan es un plan, nos dijo Leo pero, sin duda, obtiene sus resultados.

En la tierra cada uno tenemos que cumplir la misión propia. A Dios no le gustan los aduladores fariseos, sino que quiere sinceridad. Algunos se preguntan: ¿Por qué tengo que llevar cruces? ¿Por qué las heridas?, como dicen los carismáticos. La Virgen nos muestra que todos somos llamados a compartir el dolor de Cristo y lo que nos sucede tiene un sentido corredentor. Un padre alcohólico es una cosa, al parecer, injusta ¿qué culpa tiene la niña de que su padre sea así? Sin embargo, según la Virgen a esta niña se le ha encomendado la misión de orar por su padre. Sor Elvira, la fundadora de las comunidades del Cenáculo que visitaremos mañana ha dedicado su vida a recobrar a los alcohólicos y drogadictos. Ha aceptado y dado este amor y esta entrega, incluso para salvar a su padre alcohólico. La actitud del que recibe una cruz debe ser redentora, incluso para los que le hacen el daño.

 

 

Son necesarias tres cosas:

 

 

          Perdonar a Dios.

         Perdonar a los que nos infligen la cruz.


Conocer su sentido corredentor.

Éste es el discurso que Leo nos lanzó ya anochecido, al aire libre, en el porche  de la casa donde nos alojamos. Me dejó muy buena impresión. Terminó de una manera  abrupta porque le llamaron dos veces por teléfono, apremiándolo. Como digo, quedé tranquilo porque he visto que existe una teología debajo de todos estos sucesos. Además, una teología de gratuidad donde no es el vidente el centro sino la acción de Dios y de la Virgen. A pesar de la disciplina espiritual, no es el sacrificio y el mérito los que hacen que Dios y la Virgen se acerquen, sino su amor gratuito y su misericordia. Dios quiera que se conserve esta gratuidad que da a Dios y a la Virgen la iniciativa en todo. Lo digo porque en la disciplina espiritual, si no se entiende bien, hay un peligro. Si esta disciplina se despoja de la gratuidad puede convertirse toda esta belleza en un nido de integrismo. Grandes movimientos como el Calvinismo y el Jansenismo comenzaron por una gran gratuidad y terminaron condenados por la Iglesia por su integrismo.

Quiero decir lo siguiente: El Calvinismo y el Jansenismo decían que la salvación es totalmente gratuita. Pero, ¿cómo conocemos en este mundo que estamos salvados? Respondieron: “Por la disciplina espiritual, por las obras de cada uno. Cuanto mayor sea el sacrificio y el mérito de cada uno, en la misma proporción crece la certeza de haber sido predestinados gratuitamente para el cielo”. De ahí que, en la práctica, la disciplina espiritual pasó a ser el signo más importante de identidad cristiana. La Iglesia condenó estas doctrinas porque pervierten al máximo la gratuidad y niegan a Dios toda misericordia. La disciplina espiritual es conveniente para esta gente bosnia o, tal vez, para todo el mundo, pero no es el fin sino un simple medio para poder acoger mejor la gratuidad de Dios.

Lo que sucede en  Medjugorje tiene que ser muy bien dirigido porque es muy  fuerte y poderoso. Es real aquí el acontecimiento espiritual, el soplo del Espíritu. Los tres o cuatro padres franciscanos que han dirigido hasta ahora esta movida, al ser carismáticos, han conducido estos eventos  por buen camino. Ahora bien, el peligro es real. Basta con ver, como me ha sucedido a mí, la cantidad de hábitos y vestimentas estrafalarias que bajo capa de piedad pululan por aquí. Me consta que algún gran movimiento actual, nada gratuito por cierto, quiere entrar a saco y capitalizar toda esta gracia. Espero que la Virgen, mejor que nadie, guarde su obra y la preserve de los lobos con piel de oveja. Por eso, no me gustó lo que sucedió la semana antes de mi primera llegada a  Medjugorje. Seiscientos setenta sacerdotes se iban a reunir para hacer ejercicios espirituales que debería haber predicado el P. Cantalamessa. El Obispo de Mostar, el de esta diócesis, le prohibió al predicador del Papa que los diera. Sin embargo no se suspendieron. Los dio otro y todos quedaron muy contentos. De todas formas es una pena que no se aproveche la fuerza y el carisma de los que tienen el don para aprovechar la fuerza de tanto sacerdote para encauzar bien por todo el mundo lo que acontece aquí.

 

 fraychusvillarroel@yahoo.es

 

 

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