Lunes, 16 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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El corazón de Cristo y el corazón del hombre: dos textos de Navidad

por El rostro del Resucitado

 

En pocos días llega la Navidad. Compras, luces, sonidos, prisas, comidas de empresa… a eso se ha reducido este tiempo de espera…

Porque eso es, un momento de espera. Espera que nunca ha sido tan intensa para mí como en este año.

Hoy, con mis alumnos de italiano, hemos trabajado estos dos textos, que traduzco para nuestro blog. Maravillosos, porque son una mirada real a la vida. Sin sentimentalismos, pero sí con añoranza por un pasado amado al que no nos anclamos, pero del que procedemos, ("Amo el pasado para no ser un anticuario", dijo Bernanos), observan con afecto y brutal sinceridad el mundo y lo que somos, y centran el corazón -mi corazón- en lo que es importante en estas fechas.

La imagen que acompaña esta entrada es la Adoración de los pastores de Lorenzo Lotto, uno de los mayores exponentes del Renacimiento veneciano. Nuestra mirada se dirige a ese Niño que alza los brazos para acariciar al Cordero, una alusión clara a su futuro sacrificio…

¡Feliz Navidad!

 

***

Navidad

de Salvatore Quasimodo

 

Navidad. Miro el pesebre esculpido,

los pastores acaban de llegar

al pobre establo de Belén.

También los Reyes Magos en sus largas túnicas

saludan al poderoso Rey del mundo.

Paz en la ficción y en el silencio

de las figuras de madera: he aquí los ancianos

de la aldea y la estrella resplandeciente,

y el burro de color azul.

Paz en el corazón de Cristo eternamente;

mas no hay paz en el corazón del hombre.

Incluso con Cristo, y ya son veinte siglos,

el hermano se alza contra el hermano.

Pero, ¿hay alguien que escuche el llanto del niño

que morirá en la cruz entre dos ladrones?

 

Mi pesebre privado

de Alda Merini

Es Navidad y en los Navigli, como en el centro de Milán, no se consigue entrar en las tiendas; los suculentos o miserables sueldos permiten que todos se aglomeren egoístamente buscando una felicidad que no existe, o que por lo menos no se compra.

Esta año yo he apagado todas las velas: todos me han invitado, pero esta noche no haré nada distinto, nada que no haga siempre, como cuando era niña; como mucho nos cambiábamos de habitación, pasábamos al comedor para ver si había llegado Jesús, y para comer el panettone, que entonces se llamaba "el pan de Toni"…

Pero hoy Milán se precipita para cambiar de cara, para derribar nuestros viejos hogares y, así,  parecer moderna; renovando las casas nos ha derribado también a nosotros, los ancianos. Hay una hermosa poesía dialectal que dice "con cuidado, cada vez que das un golpe a la pared, se lo das a mi corazón…".

Casa: ¡cuánto la amas en Navidad! Recuerdo cuando, siendo niña, perdí la mía, también ella derribada: entonces había bombas y nos refugiábamos, quien en los arrozales y quien en los pueblos limítrofes, donde todos éramos un poco extranjeros. En los graneros, por la noche, recitábamos el rosario en jergones de fortuna, y de día íbamos a las alquerías en busca de pan, en resumen… mendigos que pedían a los campesinos ricos. Hoy, en cambio, que tenemos un casa, ya no tenemos la cortesía y el amor de esos campesinos. Yo dormía con una anciana que cada noche rezaba para que la muerte se la llevara, y tenía miedo. Pero era niña y tenía que contentarme.

Ahora que soy una anciana poetisa… sigo contentándome. Pero recuerdo con nostalgia esas Navidades solemnes, cuando mi madre hacía pesebres enormes, ponía las figuritas de los pastores y lagos hechos con espejo. A veces nos dejaban carbón, pero éramos igualmente felices; luego descubríamos que, detrás del carbón, había tres caramelos. Pero había llegado Jesús, esto era lo importante, ver que alguien había puesto al niño sobre la paja del pesebre. Y rezábamos, rezábamos juntos ante esa estatuilla, ignorando que el pie ligero de nuestra madre había ido allí por la noche para ponerlo… Entonces ignorábamos todo de la vida, también el misterio del nacer, un acontecimiento que para nosotros caía del cielo. La Virgen no parecía sorprendida, tampoco san José, y nosotros, los pequeños, vivíamos en un hermoso reino de cuentos que hemos perdido. Nos olvidábamos de los regalos y nos quedábamos mirando a ese niño recién nacido preguntándonos si tendría frío, pero mamá nos decía que tenía el amor de la Madre… Pues bien, tal vez en esta edad tardía, quien aún me calienta en las noches solitarias es el amor de mi madre, a la que amaba tanto y que creía que, como María, no moriría nunca.

Sí, se puede morir de amor por un hombre, pero lo que me hizo enloquecer, tal vez, fue esa puerta cerrada de mi dulce madre, que yo creía eterna, como todos los hijos.

Y me di cuenta, de repente, que yo era tan joven que nunca me paré a escuchar sus quejas. Pero, ¡cómo se paga la juventud! También yo, como mis hijas, cuando iba a su casa me llevaba los objetos más preciosos porque… en mi casa quedarían mejor, y una madre siempre se deja robar. Con el tiempo murió, sin pedir nunca nada, pero era tan feliz por nuestra alegría que, tal vez, nunca murió verdaderamente. Le robamos, pero sobre todo -y parece un eufemismo-, lo que nos hubiera gustado (que Dios me perdone) llevarnos era esos ojos, tan verdes, tan dulces, tan enamorados de  nosotras.

Han pasado decenios desde esas Navidades y aún hoy busco el perfume de las mandarinas y del bollito [plato a base de distintos tipo de carnes que se hervían con verdura y se acompañaban con puré de patatas y mostaza], que comíamos sólo ese día. Era nuestro regalo. Hoy, en cambio, la tendencia es saltarse la Navidad e ir directamente a la llegada de los Reyes, a los regalos; el nacimiento casi no existe, tal vez porque nuestras mujeres no saben ser madres. Y los niños, entre televisión y regalos fútiles, son los marginados más grandes de nuestro tiempo: les hemos robado la infancia y la religiosidad de la vida.

Me preguntan qué desearía encontrar esta noche ante el pesebre: a mi Barbara, a mi Flavia, mis hijas que me quitaron porque una maestra, asistente social, al ver que mi casa no estaba ordenada, se las llevó. Siempre he sido una desordenada perenne, pero tenía cuatro niñas felices a las que les cantaba las "nenias" de Navidad. He ido al desván y he encontrado mis famosas viejas poesías pintarrajeadas con sus dibujos: ¡jugaban con mis grandes poesías! No he llorado por estas, sino por sus dibujos. Ellas no sabían qué significa el genio, conocían sólo dos palabras: mamá e hijo.

Mi pesebre privado.

 

Helena Faccia

elrostrodelresucitado@gmail.com

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