Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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El Purgatorio bajo el dominio rojo (2)

por Victor in vínculis

Con este curioso título Josep Gassiot Magret nos presenta el último capítulo de su obra “Apuntes para el estudio de la persecución religiosa en España”.
… Todo cuanto implicaba la expresión de una creencia o de un sentimiento religioso fue objeto de burla y escarnio, durante todo el tiempo del dominio rojo, y así se llegó a cambiar los nombres de las calles y plazas de Barcelona y de otras poblaciones que llevaban nombres de santos y de personas religiosas; el nombre del anarquista Santiago Salvador, que arrojó las bombas en el Teatro Liceo, se dio a la calle Baja de San Pedro, el de Francisco Ferrer y Guardia a la plaza del Obispo Urquinaona, etc.
El Gobierno de la Generalidad substituía el santoral de las denominaciones toponímicas por las más ridículas: San Cugat se llamó Pins del Vallés (bajo estas líneas, billete de 50 céntimos de dicho Ayuntamiento; San Feliu de Llobregat, Roses de Llobregat; San Vicente del Horts, Horts de Llobregat, y así otras muchas poblaciones vieron cambiadas sus denominaciones tradicionales.

Pudimos observar y darnos cuenta de cierta evolución o modificación de estilos y forma que se introdujo en la persecución religiosa, aunque conservando siempre su espíritu y finalidad. Al principio, en los primeros meses de la guerra fue una violencia impetuosa y franca; se habían repartido armas y municiones en abundancia y se quería imputar a las masas populares toda la responsabilidad de cuanto no era nada más que la realización de un plan preconcebido y el cumplimiento de unas consignas. Pero se desbordaron las masas y así por ejemplo, un día aparecieron en el Clínico los cadáveres de más de treinta obreros tranviarios con sus modestos uniformes, víctimas de viejas rencillas sindicales. El señor Fontana, en su obra “Los catalanes en la guerra de España” (pág. 88), calcula en 20.000 los asesinatos que se realizaron en la ciudad de Barcelona. Los anarquistas Agustín Souchy y Paul Folgare, en su obra “Colectivizaciones”, ponderan la importancia que tuvieron éstas, pero confiesan que el cuarenta por ciento del elemento burgués, en la industria textil, fue eliminado. Otro elemento de la C.N.T., Juan Fabregas, en su obra “80 dies en el Govern de la Generalitat”, hace confesiones no menos elocuentes, sobre la situación de violencia, el gobierno que ejercían los anarquistas, la hegemonía catalana, las desconfianzas que inspiró y los desacuerdos que siguieron dentro del Frente Popular. Pero una explicación más completa de la aludida evolución la hemos visto en el libro del general Krivitsky, titulado “Yo, Jefe del Servicio Militar Soviético”, publicación que le valió ser asesinado por sus revelaciones y su actitud de rebeldía contra la organización a la que había pertenecido.
Una parte de este libro lleva el título de “La mano de Stalin en España”, y empieza por confesar que “se trataba solamente de una cuestión de la política imperialista rusa Stalin creía posible en España un régimen controlado por él… Pero la España republicana que luchaba contra Franco no estaba unida en modo alguno en cuanto a su política ni en cuanto a sus credos políticos… Stalin estaba resuelto a apoyar con armas y con hombres tan sólo a aquellos grupos de España que estaban dispuestos a aceptar sin reservas su jefatura… El Gobierno del Frente Popular de Caballero era una precaria coalición de partidos políticos antagónicos…”. Explica detalladamente los trabajos realizados para cumplir los propósitos de Stalin.
“Stashevsky ofreció llevar el oro español a la Rusia soviética y suministrar armas y municiones a Madrid a cambio de aquél. Por medio de Negrín, hizo este trato con el gobierno de Caballero… Negrín vio von agrado la purga de los “incontrolables” y “perturbadores” en su país, quienquiera que fuese, incluso por la mano extranjera de Stalin… Slutsky, jefe de la División Extanjera de la O.G.P.U., fue encarcelado por Moscú para inspeccionar la Policía secreta, que estaba modelada a imitación de la de Rusia…”. Explica sus conversaciones con Slutsky y que le dijo: “En cuanto a los anarquistas y trotskistas, si bien son soldados antifascistas, son enemigos nuestros. Son contrarrevolucionarios, y tenemos que destruirlos hasta las raíces. La O.G.P.U. tenía sus prisiones especiales. Sus brigadas llevaban a cabo asesinatos y secuestros. Llenaba ocultas mazmorras y hacía incursiones de aviación. Funcionaba, por supuesto independientemente del Gobierno Oficial. El Ministro de Justicia no tenía autoridad alguna sobre la O.G.P.U., que era una fuerza dentro de otra. Era potencia ante la cual incluso algunos de los más elevados funcionarios en el Gobierno de Largo Caballero temblaban. La Unión Soviética tenía un fuerte asidero en la España republicana, como si fuese ya una posesión soviética… Ignoro el número de antistalinistas ejecutados en la España republicana… Uno de los casos más célebres es el de Andrés Nin, jefe del Partido Obrero de Unidad Marxista (el siniestro P.O.U.M.)… Stahevsky y yo sostuvimos conversaciones. Estaba esperando la caída de Caballero muy pronto y la elevación de Negrín, el hombre a quién él había preparado para la Presidencia del Consejo… Los catalanes eran antistalinistas y constituían uno de los más fuertes puntales de Caballero.


El O.G.P.U. era en Rusia el llamado Directorio Político Unificado del Estado; fue la policía secreta de la URSS hasta 1934. En la foto, tomada hacia 1920, Stalin acompañado por miembros del OGPU.
Sigue el general Krivitsky explicando los hábiles manejos que realizaron para cambiar la situación en Cataluña y cómo prepararon la que fue anunciada en el extranjero como una revolución anarquista en Barcelona y afirma: “La O.G.P.U. avivó las llamas y provocó a sindicalistas, anarquistas y socialistas, los unos contra los otros. Después de cinco días de derramar sangre, en los cuales quedaron muertos quinientos hombres y heridos más de mil, se deshizo en Cataluña la plataforma sobre la cual el Gobierno de Caballero pretendía sostenerse”.
Aquellos días de mayo de 1937 fueron horrorosos para los que vivíamos en Barcelona, y respiramos un poco con la dictadura de Negrín, que a pesar de ser dura en el orden material, sin embargo, los ciudadanos que se mantenían lejos de toda actividad política podían estar relativamente tranquilos. Pero en Barcelona estaban domiciliados el Gobierno superior de la República, el Gobierno de la Generalidad y el Gobierno o la dirección de la organización de Stalin, que parecía ser el Servicio de Información Militar (S.I.M.), con sus terribles checas donde sufrían tormentos imponderables los individuos acusados de traición, de espionaje o simplemente de derrotismo. En estas circunstancias los católicos vivían siempre en una constante amenaza, y fue entonces cuando la persecución religiosa pudo quedar confundida como la represión política.
Según explica don José María Fontana, cuando Negrín fue a París para estorbar el reconocimiento por el Comité de No Intervención, los ingleses le preguntaron sobre la situación del orden público en Cataluña (asistió a la reunión De Broquere, presidente de la II Internacional), y entonces Negrín les prometió el aplastamiento de los asesinos anarquistas con la terminación de la ola de terror.
Don Francisco Lacruz, en su obra “El Alzamiento, la Revolución y el Terror de Barcelona”, explica el desplazamiento de los anarquistas del Consejo de la Generalidad, el exterminio del P.O.U.M., y el predominio que alcanzó el P.S.U.C., que acaudillaba Comorera, y cómo éste fue también dominado o eclipsado por la U.G.T. y los comunistas. También describe con exactitud y realidad el hambre, la miseria moral y el imperio de los sin-Dios…
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