Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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El Purgatorio bajo el dominio rojo (1)

por Victor in vínculis

Con este curioso título Josep Gassiot Magret nos presenta el último capítulo de su obra “Apuntes para el estudio de la persecución religiosa en España”.
La relación de los hechos gloriosos de cuantos lucharon heroicamente por Dios y por España, es interesante y se ha hecho en publicaciones admirables. Junto a los mártires de la persecución religiosa, especialmente desarrollada en los principios de la Guerra Civil, estarán los bravos luchadores y los que intentaron salir de la llamada zona roja o pasarse al Ejército Nacional, y murieron sin conseguir realizar su intento. Pero son olvidados o poco conocidos los sufrimientos de cuantos forzosamente se vieron obligados a permanecer bajo dominación roja.
Podemos contarnos entre éstos, ya que permanecimos siempre en Barcelona, sujetos a toda clase de privaciones y sufrimientos: hambre, falta de alimentos, no poder disponer de los bienes propios, dificultades para poder trabajar, cambios sucesivos de domicilio; constantes alarmas (200 días de bombardeos en 1938), registros domiciliarios, asesinatos y desaparición de amigos, el ser víctimas de encarcelamientos, y otras circunstancias que nos impedían una vida normal; todo esto aún representaba poco, comparado con el dolor que nos causaba el ambiente hostil, la vejación y la humillación constante, la desconfianza y recelo en nuestras relaciones y el ver ultrajada y contrariada nuestra fe religiosa.
Repetidas veces, nos atrajo la lectura y meditación de las reflexiones sobre la revolución rusa que hace Nicolás Berdiaeff en su obra “Una nueva Edad Media”:
Cuando una revolución ha estallado en los destinos de un pueblo, cuando le ha ocurrido esta desgracia, no cabe sino inclinarse ante el hecho, como si fuese obra de la Providencia, y aceptarlo como se hace con todos los demás sufrimientos, con todas las demás desdichas de la vida y con todas las grandes pruebas; resistir con todas las fuerzas espirituales a las tentaciones de la revolución, mantenerse fieles a lo que les es grato, bajar las antorchas al seno de las tinieblas, sufrir esta desgracia alumbrándose con la luz del sentimiento religioso y tomarla como la expiación de una culpa; ayudar y sostener las corrientes de vida, las formaciones positivas gracias a las cuales la revolución evoluciona hacia lo que es contrario, hacia la creación auténtica. Moralmente, es falso creer que la fuente del mal está fuera de uno mismo y que se es un vaso de santidad que encierra el bien… No, la fuente del mal se encuentra también en mi, y yo debo cargar con mi parte de culpa y responsabilidades…” (pág. 98).
Estas reflexiones nos inducían a un examen de conciencia y nos acusábamos de haber sido soberbios, de no haber acatado fielmente las autoridades legítimas, de no haber cumplido estrictamente las leyes divinas y humanas, y con nuestros pujos de independencia personal haber contribuido o fomentado la revolución. Nos acusábamos de muchas claudicaciones a pretexto de sostener el mal menor, que no detuvo ni evitó el mal mayor y produjo una suma de males, y comparábamos nuestra conducta con la de Pilato, que hizo azotar a Jesús y consintió luego que fuese crucificado. Nos acusábamos de no haber sido verdaderos cristianos, de no haber sido caritativos y de muchos otros defectos.
Creíamos merecido el castigo y estábamos dispuestos a sufrirlo para la enmienda y la purificación de nuestra alma.
No teníamos más remedio que aparentar una actitud neutral en la cruenta lucha, y parecía dictada para sernos aplicada aquella ley de Solón: “Que muera el ciudadano que se mantenga neutral en las discordias civiles”. Así fuimos objeto de las desconfianzas y hasta de las persecuciones de los unos y los otros. ¿Pero qué podíamos hacer, sino sostenernos y ayudar a los que participaban de nuestros sentimientos religiosos?
Durante todo el tiempo de la dominación roja, las prácticas religiosas tuvieron que hacerse de manera clandestina. Nos reuníamos en casa de un amigo y allí el sacerdote, sin ornamentos y vestido de seglar, celebraba la Santa Misa; por cáliz utilizaba una copa de cristal y todos recibíamos la Sagrada Comunión, oyendo muchas veces los avisos de las alarmas de las sirenas y los estruendos de los bombardeos. Nos fue dispensado el ayuno, y ello nos permitía comulgar en cualquier hora del día, porque estábamos constantemente en peligro de muerte. En la cárcel, Dios misericordioso también nos permitió poder comulgar, y por la noche, antes de ser cerradas las celdas, recibíamos las Sagradas Formas dentro de un sobre; y a la mañana siguiente las tomábamos disimulando en lo posible ante los presos no católicos, nuestras prácticas eucarísticas.
Hubo una temporada que era difícil poder encontrar un sacerdote y el abuelo bautizaba al nieto, recordando al patriarca familiar antiguo que asumía las funciones sacerdotales.
Las reuniones para prácticas religiosas, si se descubrían, eran consideradas clandestinas y contrarias al régimen. Así, por ejemplo, don Luis Cardona Pedrals, el 20 de febrero de 1937, con su actual esposa doña Dolores Bosch Rosés, varios familiares y el reverendo don Félix González, religioso de los Sagrados Corazones, fueron sorprendidos en la casa del número 452 de la Diagonal, por las Patrullas de Eroles, cuando se iba a celebrar la bendición nupcial. La recibieron los novios en los calabozos de la Jefatura de Policía, donde fueron llevados todos al momento. Después ingresaron en las cárceles respectivas los hombres y las mujeres. El señor Cardona estuvo preso cinco meses y el padre González un año.
El doctor Melchor Pou fue fusilado por haber casado canónicamente a una pareja.



En el magnífico blog http://liturgia.mforos.com/ podemos ver las siguientes fotos de misas clandestinas en Cataluña, sobre estas líneas Celebración de una misa clandestina en algún lugar de Cataluña. Oficia un monje de Montserrat
 
En cambio, se imponía como obligatoria la inscripción en el Registro Civil de las actas extendidas ante un organismo sindical o revolucionario acreditativas de haber sido celebrado un contrato o matrimonio civil, sin haber cumplido ningún requisito previo o formalidad legal. Y de la misma manera que se facilitaban las uniones sexuales, igualmente se facilitaba su disolución porque con los Decretos del Gobierno de la Generalidad de Cataluña del 18 de septiembre y del 23 de diciembre de 1936, se modificó la Ley del Divorcio que había dictado la República el 2 de marzo de 1932, se abrevió el procedimiento y se creó una Sala especial, la cual en el periodo comprendido entre el 26 de septiembre de 1936 y el 15 de febrero de 1937, resolvió definitivamente 3.101 divorcios, según los estudios publicados por don Mariano Rubió Tudurí en su folleto titulado: “La Justicia en Cataluña”. Quizá posteriormente no se resolvieron tantos pleitos de divorcio, pues no poseemos otros datos; pero podría muy bien ser que en general no se consideraba ya tan necesario el pleitear para divorciarse; porque, según pudimos apreciar, la inmoralidad seguía caminando en dirección ascendente. 
Algunas imágenes más sobre cultos clandestinos en tiempo de persecución. Son también de algún lugar de Cataluña.



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