Viernes, 06 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Del nombre que recibían los cristianos antes de ser conocidos como "cristianos"

por En cuerpo y alma

 
            En un interesante artículo publicado en este mismo medio hace ya algunas semanas, referido a su vez al publicado por Carlo Carletti en L´Osservatore Romano, se hablaba del nombre de “hermanos” que se dan los cristianos a sí mismos antes de ser universalmente conocidos como cristianos. Y lo cierto es que más allá de que efectivamente, los cristianos se trataran desde muy antiguo entre sí con tan maravillosa apelación, el proceso por el que los cristianos con conocidos y denominados por los demás hasta ser conocidos finalmente como “cristianos” es un proceso que podemos rastrear perfectamente gracias al libro de los Hechos de los Apóstoles, obra que, como se sabe, debemos a la pluma del evangelista Lucas y que representa la gran fuente sobre la primera comunidad cristiana, desde que Jesús se eleva a los cielos hasta que Pablo llega a Roma, en el año 60 circa.
 
            El proceso en cuestión dura unos quince años y comienza enseguida desde que tiene lugar la desaparición del fundador de la comunidad, Jesús de Nazaret.
 
            Lucas, el más historiador de los cuatro evangelistas según se reconoce -en mi humilde opinión Juan no le anda a la zaga- va denominando a la comunidad de distintas maneras a lo largo de su obra, y ninguno de los nombres que le va dando en cada momento es casual, sino que se corresponde perfectamente con el que sus miembros van recibiendo en cada momento.
 
            La primera denominación que le otorga es la de “los creyentes”.
 
            “Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común” (Hch. 2, 44).
 
            “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch. 4, 32).
 
            “Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor” (Hch. 5, 14).
 
            En un segundo momento, con la comunidad ya más crecida y con muchos de sus miembros allende los muros de Jerusalén, ora porque se trate de judíos en la diáspora, ora porque se trate de los primeros gentiles convertidos, Lucas empieza a llamarlos de otra manera:
 
            “Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos […] (Hch. 6, 1)
 
            “Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos (Hch. 6, 2).
 
            “El número de los discípulos se multiplicaba” (Hch. 6, 7).
 
            “Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote” (Hch. 9, 1).
 
            “Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco” (Hch. 9, 20)
 
            En un determinado momento, plena y conscientemente coincidente con la irrupción en el libro de la figura preclara de Pablo de Tarso, la expresión “discípulos” se ve paulatinamente sustituída por una nueva de lo más original:
 
            “Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar presos a Jerusalén” (Hch. 9, 1-2)
 
            Se trata efectivamente de la expresión “el Camino” para referirse a la doctrina, y de la expresión “lo seguidores del Camino” para los que la siguen. La expresión se repite desde ese momento en varias ocasiones:
 
            Un judío, llamado Apolo, originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras, llegó a Éfeso. Éste había sido instruido en el Camino del Señor y con fervor de espíritu hablaba y enseñaba con todo esmero lo referente a Jesús, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Éste, pues, comenzó a hablar con valentía en la sinagoga. Al oírle Áquila y Priscila, le tomaron consigo y le explicaron con más exactitud el Camino (Hch. 18, 24-26)
 
            Entró [Pablo] en la sinagoga [de Efeso] y durante tres meses hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Dios e intentando convencerles. Pero como algunos se obstinaban, no se dejaban persuadir y hablaban mal del Camino ante la gente, rompió con ellos y formó grupo aparte con los discípulos, discutiendo diariamente en la escuela de Tirano”. (Hch. 19, 8-9).
 
            En Efeso se produce la llamada Revuelta de los orfebres de la que nos dice Lucas:
 
            “Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del Camino (Hch. 19, 23)
 
            Dice Pablo hablando de sí mismo:
 
            “Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres” (Hch. 22, 4)
 
            En su defensa en Jerusalén ante el tribuno romano Félix éstas son las palabras del apóstol de los gentiles, unas palabras en las que, por cierto, nos dan la clave de otra de las denominaciones que recibe por entonces la comunidad que sigue a Jesús:
 
            «En cambio te confieso que según el Camino, que ellos [los judíos] llaman secta, doy culto al Dios de mis padres” (Hch. 24, 14)
 
            Del tribuno Félix nos dice Lucas:
 
            “Félix, que estaba bien informado en lo referente al Camino (Hch. 24, 22)
 
            Pablo, que parece ser el autor de la denominación, -al fin y al cabo Lucas es su discípulo por antonomasia-, no la usa, sin embargo, en sus cartas más que en estas tres alusiones, mucho menos explícitas que las que Lucas pone en su boca:
 
            “¡Aspirad a los carismas superiores! Y aun os voy a mostrar un camino más excelente” (1Co. 12, 31).
 
            “Tenemos, pues, hermanos, plena confianza para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo” (Hb. 10, 19-20).
 
            “Mejor es fortalecer el corazón con la gracia que con alimentos que nada aprovecharon a los que siguieron ese camino (Hb. 13, 9).
 
            No es la última expresión a la que se refiere Lucas. La expresión “cristianos” es muy antigua en la vida del cristianismo. Lucas nos dice cuando y donde se empezó a utilizar:
 
            “En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’” (Hch. 11, 26).
 
            Cosa que sitúa durante la célebre Controversia de Antioquía entre Pedro y Pablo a la que ya hemos tenido ocasión de referirnos, lo que situaría el hecho en torno al año 47 d. C.. Y tan extendida es para entonces la denominación, que Lucas no se siente obligado a dar mayor explicación: “recibieron el nombre de ‘cristianos’”.
 
            Obsérvese que Lucas dice que es a “los discípulos”, nombre que recibirían hasta ese momento a quienes empezó a llamarse los cristianos
 
            Mucho se ha discutido si el término podría haber nacido como término peyorativo asumido luego con toda normalidad por los propios cristianos. Una cosa parece poco discutible a la vista del modo en el que Lucas lo relata: el nombre no se lo dan los propios cristianos, sino que lo reciben desde el exterior (“recibieron el nombre de cristianos”)
 
            Como quiera que sea, aportada por Lucas esta información, la palabra cristiano no vuelve a utilizarse en todos los libros canónicos más que tres veces. Una más en el propio Libro de los Hechos:
 
            “Agripa contestó a Pablo: ‘Por poco me convences para hacer de mí un cristiano’” (Hch. 26, 28).
 
            Pedro la utiliza también una vez en su primera carta escrita hacia el año 61, en la utilización más cargada de sentido que se hace en todos los textos canónicos:
 
            “Dichosos vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre” (1Pe. 4, 14-16)
 
            Y Pablo también la usa, pero una única vez y en una alusión muy extraña que por cierto refiere a una mujer:
 
            “¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana?” (1 Co. 9, 5)
 
 
            ©L.A.
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