Sábado, 21 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Equipaje de amor para la tierra

por La Columna del #CoronelPakez

Es el título de un libro que ganó el Premio Planeta en 1965. Su autor es Rodrigo Rubio, quien descansó en esa misma tierra de la que habla, y en la Paz del Señor, en 2007.
 
Llamar equipaje a un ataúd es una idea tremenda. Llenarlo de amor nos rompe el corazón. Es el libro más triste que he leído nunca y que jamás leeré. 
 
¿Puede expresarse el dolor por la muerte de un ser querido? Estaba convencido de que era imposible. Pero Rodrigo Rubio lo consigue. Lo hace tal y como Van Gogh expresa la esencia de los cipreses; o El Greco, la mística locura de los Santos. No hay realismo que retrate eso. No hay cámara que fotografíe el dolor de un ciprés, o el éxtasis de un apóstol: se necesita la torpeza del artista que pone en juego su propia alma. Murillo no sirve. Ni siquiera Cervantes.
 
Sólo poniendo el corazón en la pluma, en la máquina de escribir, puede uno construir frases tan densas, tan toscas, tan hoscas, tan de aquella época y tan de ahora. Es un libro duro, pesado, que se lee con lentitud y desesperación: un libro que huele al aceite malo y a la peor gasolina de aquellos años de la posguerra española. Un libro que habla de hambres y de vicios, de muertes y de odios, de patios de vecindad y porteras, del estraperlo y los maquis, de la cárcel.
 
El libro habla... no lo sé. El libro rezuma dolor y amargura. Una melancolía profunda y un gris pétreo sin matices. Una niebla pegajosa, interminable telaraña de lágrimas y de silencios. El libro se mastica mal, como un polvorón sin líquido que ayude, y se traga peor porque produce náuseas.
 
El libro es una Piedad. La Mujer y el Hijo muerto en sus brazos. No estropeo nada: se dice desde la primera línea. Es el diálogo de una madre con el cadáver de su hijo mayor. ¿Un monólogo? Tampoco lo sé. Verán vivir al hijo y morir a la madre. El final pone fin al suplicio –al de ustedes, lectores– pero no al de los personajes. Es el único libro que puede continuar eternamente sin añadir una sola línea. Y esto es, al final, lo que remata el terrible drama que encierra.
 
Habrá una Resurrección, sí. Aunque el Viernes Santo no se veía. Getsemaní no pudo ser un prólogo de aquella penúltima alegría. No lo fue. No.
 
Este libro tampoco es prólogo de nada.
 
Un apunte final. He hablado de torpeza, de tosquedad en la escritura: no es exactamente así. Les pondré otro ejemplo pictórico. En los desnudos de Modigliani se palpa –sí, se palpa– la sensualidad de la carne a través de una pincelada vista y descarnada; sin embargo, la inocencia y la ternura están presentes de forma angelical. Sólo Fra Angelico, por el camino opuesto –la delicadeza, el detalle, el mimo–, ha conseguido transmitir una belleza tan sublime. 
 
En el caso de Rodrigo Rubio, ni el propio Poe, ni Bukowski, llegan a plasmar el horror con tanta veracidad ordinaria, vulgar y corriente. Todavía les puede el estilo, la literatura.
 
Es un libro que recomiendo a todos aquellos que nos quejamos de esta época y de esta vida. Es, sí, una espada que nos atravesará el corazón.
 
 
 
Coda: no me acusen de nada si, al leerlo, sufren demasiado. O si no pueden soportarlo. O si no les gusta. A mí me gustan los cementerios verdes, no las fosas comunes malolientes. Ya me entienden.
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