Martes, 20 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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¿Implicará algo que el COVID-19 “haya caído” en Semana Santa?

Nazarenos de la Amargura | Manu Gómez

La “cuarentena masiva forzosa” que se ha establecido, basada en la invasión de libertades de la sociedad y en el estrangulamiento de esos procesos económicos que le permiten satisfacer sus bienes y necesidades, han acarreado no solo problemas de dimensión económico-financiera y de salud, sino también sociales.

Pese a las pretensiones laicistas y de intolerancia secular del frentepopulista ejecutivo de Moncloa, la Semana Santa sigue figurando en el calendario laboral (la distribución de festivos laborables depende, en cierto modo, de la comunidad autónoma y de posibles adicionales eventos locales).

De hecho, lo esperado antes del avance del mes de marzo era poder disfrutar de estas fechas, ya fuera para reencontrarse con la familia o con los amigos, hacer alguna escapada turística nacional o extranjera o, en el caso más acorde a la motivación cultural, rememorar la Pasión de Cristo.

No obstante, los planes tanto religiosos como seculares se han truncado (no voy a entrar aquí en el debate sobre la conveniencia o inconveniencia de haber suspendido las procesiones), lo cual no ha sido de recibo para las personas a implicarse en los mismos, por decirlo de alguna manera.

En todo caso, hay quienes (no me atrevo a cuantificar si son muchos o pocos) están participando en un pequeño debate especulativo sobre la Semana Santa de 2020 como ocasión catalizadora para que la crisis del COVID-19 pueda desembocar, como máximo, en una reafirmación cristiana de España.

Pero igual no es tan así, por desgracia.

Estamos ante las consecuencias de la continua descristianización

Muy desgraciadamente, la sociedad española cada vez tiene menos presente a Dios tanto en su vida interna como en la vida pública. De hecho, a la par que adolecemos de determinados complejos y de patrones esnobistas, actuamos bajo la ausencia referencia de constancia de la existencia de un más allá.

 En consecuencia, estamos regidos por criterios de actuación y guía basados en el corto-placismo, la irresponsabilidad, el hedonismo y el adulto-centrismo, bajo la égida de la atomización, sin dar el suficientemente valor al principio de entrega a los demás (parte de un buen estándar moral).

Así pues, no deja de ser normal que impere esa sensación de “falsa inseguridad” que da vía libre a la expansión de ese artificio revolucionario conocido como Estado (encarnación diabólica y luciferina), renunciando a su libertad para florecer y prosperar.

De hecho, que en algunas regiones de España, las procesiones de Semana Santa se organicen con demasiada pasión y esmero (o tengan un alto nivel de interés cultural), cosa que es plausible y digna de reconocer. El escenario más notorio se da en Andalucía.

Ahora bien, esa pasión por las procesiones, con todo mi respeto, no dice nada en cuestiones sociológicas de cara a otras cuestiones. Nuestros hermanos sureños (salvo loables excepciones) no suponen masas sociales al pie del cañón contra el aborto y la ideología de género, al contrario que en Polonia y en Brasil.

La batalla contracultural no puede demorarse ni librarse de manera chapucera

Dicen que, para los helenos, “crisis” puede significar “oportunidad”. Por ello debe de ser que las élites masónicas, financieras y globalistas así como los socialistas de todos los entornos y bandos estén viendo una “oportunidad dorada” para aplicar sus medidas colectivistas, centralistas, intervencionistas y reguladoras.

Por enésima ocasión, convendrá recordar (dejando aparte posteriores y evidentes escenarios de crisis económica que eran esperables, vista la no puesta en suspense para siempre del keynesianismo y otras políticas que niegan el verdadero valor de las divisas) que estamos en una Revolución.

Entendamos el Estado como un artificio revolucionario que, por supuesto, no deja de ser eminentemente problemático que busca subvertir el orden natural divino cuyo ideal podría representarse en el Reinado Social de Cristo (incluso en paradigmas como el narrado en El Señor de los Anillos).

Por lo tanto, es oportunidad para reflexionar y abrir los ojos. Recordemos que allí donde se ha tenido más presente a Dios, mayores han sido los éxitos en cuanto a libertad, dignidad humana y prosperidad. El estatismo es una especie de “falsa religión artificial”, que podría asociarse al Síndrome de Estocolmo.

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