Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Ferroviario y mártir

por Victor in vínculis

PARA CONMEMORAR LA FIESTA DE SAN JOSÉ OBRERO

Beato Álvaro Santos Cejudo
Álvaro Santos nació en Daimiel (Ciudad Real), el 19 de febrero de 1880. Sus padres se llamaban Francisco Cejudo y Lara y María Moreno Chocano y García, y lo llevaron a bautizar al día siguiente de su nacimiento, imponiéndole el nombre de Álvaro Santos. El ambiente familiar en el que transcurre su niñez contribuyó favorablemente a que germinara en su alma la vocación para la vida religiosa.
En efecto, el 17 de junio de 1893 ingresaba en el Noviciado Menor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Bujedo, sito entre las estaciones del ferrocarril de Pancorbo y de Miranda de Ebro (en la fotografía, bajo estas líneas).



           Tenía entonces trece años. La virtud y piedad que vivió Álvaro Santos en la casa de sus padres, le hizo grata su estancia en el Convento y le facilitó la adquisición de las virtudes cristianas, principalmente la fe, la esperanza, la caridad y la fortaleza en el cumplimiento del deber. El 21 de julio de 1896 tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, dándole en aquel momento como nuevo Patrono a San Álvaro de Córdoba.
El año 1901, después de pasar ocho años en la Congregación, Álvaro Santos, por necesidades y asuntos de familia, tuvo que dejar la Congregación. Ingresa en los Ferrocarriles Españoles como obrero maquinista. Contrajo el sacramento del matrimonio con María Rubio Márquez. Fruto de esta unión fueron siete hijos. Tres de ellos murieron de poca edad. Dos hijas marcharon de religiosas trinitarias al convento de San Clemente (Cuenca).
Álvaro queda viudo allá por el año 1931. Es un momento difícil. Sólo le quedan dos hijas. Pero un día éstas comunican al padre la decisión de hacerse religiosas trinitarias. El padre, un poco sorprendido, con los ojos arrasados en lágrimas, contestó: “¿Pero me vais a dejar solo?” y, reponiéndose enseguida de su primera impresión, dijo: “Sí; ofreceré a Dios este doble sacrificio; desde ahora mismo tenéis mi permiso”. Pronto se desplazaron padre e hijas a San Clemente (Cuenca), pues quiso tratar él mismo con la Madre Superiora las condiciones del ingreso en el convento. “Sin tener capital  -dirán las hijas- sino únicamente lo que ganaba de su trabajo, se comprometió con gran generosidad a darnos lo que nos hacía falta, considerándose muy dichoso de podernos consagrar al Señor”. Álvaro queda solo.
La vida ejemplar como hijo, esposo, padre y trabajador que va a llevar en el mundo en un ambiente hostil, nos hace pensar que Dios le quería como apóstol y modelo de fidelidad hasta el martirio, entre los obreros ferroviarios. Manuela Cejudo, hermana de Álvaro, dirá: “Sobre la conducta de mi hermano (no lo digo por pasión de hermana, pues lo dicen también todas las personas que saben distinguir y conocen la razón), era en todo su porte caritativo, respetuoso, honesto, buen esposo, buen padre para sus hijos, buen hijo para su madre y buen hermano para conmigo”.
                        
Obrero ferroviario
La vida de Álvaro responde al perfil actual del santo. No se ha santificado mediante actos esporádicos, sino por la fidelidad con la que supo esforzarse por buscar la voluntad de Dios en el cumplimiento de sus deberes ordinarios de cada día. Es el ámbito de la santidad que el Beato Juan Pablo II ha llamado nivel alto de la vida cristiana ordinaria: buscar a Dios en el cumplimiento fiel de la tarea diaria propia de cada uno. A veces decía Álvaro que le hacía falta una voluntad firme como las rocas para aguantar las oleadas de cieno que por todas partes le acometían.


En las cartas y testimonios de sus dos hijas religiosas, en lo que respecta al amor y entrega de Álvaro a la familia y a sus tareas profesionales, dirán: “su afán era trabajar mucho para ganar cuanto pudiese para que a nosotras no nos faltara nada, sufriendo, con invencible paciencia los muchos fríos y calores que pasó en su vida. Tanto nuestra madre como nosotras mismas, teníamos que esforzarle para que tomase los días de descanso que anualmente le correspondían. Al decirles nosotras que cuándo iba a descansar, nos contestaba: en el Cielo”. Fiel cumplidor de sus deberes profesionales cuidaba la máquina con sumo esmero para tenerla siempre a punto y prestar el mejor servicio.
Por temperamento, Álvaro era muy formal y callado; pero cuando se trataba de defender los derechos de Dios y de su Iglesia, no podía callar. Al regresar del trabajo a su hogar compartía con su familia algo de los temas de charla con sus compañeros cuando se juntaban en las estaciones, añadiendo que algunas veces, cuando estaba acalorado, al comprobar la maldad que encerraban las preguntas que le hacían, llegaron a decirle: “Hoy has bebido un poco de más”. Él contestaba muy tranquilo y sonriente: “Déjalos que me digan lo que quieran, pero yo no puedo ver a Dios tan ofendido y permanecer tranquilo”.
La conformidad con la Voluntad de Dios le llevaba a decir frecuentemente: “Mis enemigos no podrán hacerme más daño que el que Dios les permita. Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Llevaba en la solapa de la chaqueta un distintivo con la cruz y la inscripción: Con este signo vencerás, sintiendo un santo orgullo en ostentarlo sobre su pecho. En muchas ocasiones le dijeron: “Quítate eso, que te vamos a matar”; pero esas palabras no eran lo bastante para acobardarle. Seguía llevándole, sin miedo de ninguna clase.
La naturalidad presidía sus prácticas religiosas siempre en conformidad con la religiosidad de su época. Asiduo receptor de los sacramentos de la eucaristía y penitencia; como adorador nocturno asistía a todas las vigilias que su servicio le permitía. Devociones como al Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en su hogar, Santo Rosario rezado en familia, jaculatorias, vividas con naturalidad eran sus preferidas.
Álvaro, así como los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en la Iglesia en el último siglo, “han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre” (Ecclesia in Europa, nº 13, Juan Pablo II)
Álvaro, en el ambiente ferroviario hostil en el que se hallaba, necesitó una fe y un amor de Dios inmenso para perseverar como cristiano. Desde el año 1931, con la proclamación de la República, fueron cinco años de lucha intensa. No podía ver con calma las ofensas que se hacían a Dios y a sus ministros, y siempre salía en su defensa, haciendo todo lo que podía para convencer a sus compañeros del error en que vivían, aprovechando todos sus conocimientos de religión y todo lo que su amor a Dios le dictaba para convencerlos de la existencia de Dios.
En las Encíclicas Quadragesimo anno y Divini Redemptoris, del papa Pío XI se recomendaba a los socios de Acción Católica la reconquista para Cristo del obrero por medio del obrero. Eso precisamente es lo que hizo Álvaro, en el ejercicio de su vida ordinaria y profesional:
En los años de la República tuvo nuestro padre como fogonero a un señor que no era de ideas cristianas. En el momento que llegaba al destino, bien en el comedor, bien en el dormitorio del depósito, les distribuía prensa buena, diciendo a cuantos allí estaban que no sabían más que lo que leían en su prensa. Algunos de los más moderados aceptaban la que les ofrecía nuestro padre y le pedían explicaciones sobre los misterios de nuestra santa Religión y le proponían, en su incredulidad, miles de dudosas preguntas, las cuales le hacían sufrir mucho, viéndolos tan ciegos para ver a Dios; otros, ni siquiera la tomaban, pero dirigían insultos a nuestro padre. Sabemos esto porque él, vuelto a casa, nos refería algo de lo que había trabajado entre sus compañeros para que Dios fuera servido”.
Álvaro vivió su conciencia misionera sintiendo con la Iglesia y colaborando generosamente en las campañas organizadas con este fin:
“El año en que murió nuestra madre tuvimos gastos excesivos y nos encontrábamos muy escasos de dinero. Llegó el último domingo de octubre, día en que se hace la colecta para la Propagación de la Fe. Al irse a Misa, mi padre me dijo: -Dame dinero para la colecta de hoy. Le saqué lo que teníamos: un duro y 2,50 pesetas en calderilla. Cogió la moneda de cinco pesetas. Al decirle yo: -Padre, todavía faltan doce o trece días para cobrar, me contestó: -Hazte cuenta que no damos nada, que lo damos al que todo lo da, y Él hará que podamos pasar estos días con lo que tenemos en casa. Así sucedió”.


Álvaro Santos Cejudo fue detenido el día 2 de agosto de 1936, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real). El motivo y razón de su detención y encarcelamiento fue que “tenía dos hijas Religiosas, porque era un beato y no hacía más que oír Misa”. Para Álvaro fue un consuelo encontrarse con los que fueron sus compañeros de clase y de estudios, los hermanos de las Escuelas Cristianas. Álvaro es trasladado al convento de los PP. Trinitarios convertido en la cárcel de Alcázar de San Juan. El 17 de septiembre por la noche, le sacaron de aquella cárcel y le mataron en el cementerio. Tenía 56 años.
En la actualidad los restos descansan junto a los mártires trinitarios en la Iglesia de esta comunidad de religiosos. Fue beatificado en Roma el 28 de octubre de 2007 en el grupo de 498 mártires del siglo XX en España. Su fiesta se celebra el 6 de noviembre.
 
Francisco del Campo Real
“Mártires de Ciudad Real. El Obispo Narciso de Estenaga y diez diocesanos Mártires”, EDIBESA, Madrid 2007, páginas 187 a 209.
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