Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Paco del Campo: raza de historiadores para una legión de mártires

por Victor in vínculis

Los de antes
Fueron personas absolutamente preparadas en las muy diferentes disciplinas que requiere su trabajo. Todos sabían que lo primero era su sacerdocio en el deseo de poder servir a la Iglesia desde sus diócesis. Casi nadie conoce sus nombres. Su trabajo fueron miles y miles de horas en archivos y entre papeles… Nos precedieron con un testimonio de abnegación, silencio y entrega en lo que la Iglesia les pedía: conservar la memoria de los mártires de la persecución religiosa española. Muchos ni se imaginaban que décadas después mientras redactas unas líneas sobre la vida de cualquiera de los mártires, de cuyas biografías ellos hicieron sus primeras investigaciones, tras un clic la misma puede leerse en Japón o en Méjico…
Alguna vez, ya hemos recordado sus nombres: En Toledo, nuestro benemérito y genial historiador Juan Francisco Rivera. Después tomarían el testigo Miguel López Santana y Jaime Colomina Torner. En la diócesis de Barcelona entre otros, José Sanabre Sanromà; en Ávila, Gregorio Sedano y Andrés Sánchez; en la diócesis de Cuenca, Sebastián Cirac Estopañán; en Asturias,  Ángel Garralda García; en Valencia, Ramón Fita… la lista ya de por sí larga, se hace más extensa con las religiosas y religiosos elegidos por sus Órdenes o Congregaciones para llevar a cabo dicha tarea.
 
Los de ahora
Cada diócesis siguió trabajando, sobre todo tras las primeras beatificaciones del año 1987, eligiendo a personas que junto a los modernos medios tecnológicos pudieran seguir el trabajo pionero de los primeros. A los sacerdotes, se sumaron seglares cualificados que o bien colaboran en las Delegaciones o que incluso han asumido los trabajos.
Hoy quiero hablaros del sacerdote Francisco del Campo Real, con el que llevo trabajando desde el año 2001. Aunque él empezó su trabajo “martirial” para la diócesis de Ciudad Real en 1999.
Como se dice de los jóvenes, sobradamente preparado: Maestro de Primera Enseñanza, Doctor en Geografía e Historia, Consejero de Número del Instituto de Estudios Manchegos; Canónigo Penitenciario de la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de Ciudad Real; Director del Museo Diocesano; Delegado Diocesano para las Causas de los Santos y Presidente de la Comisión Histórico-Teológica de la Provincia Eclesiástica de Toledo y Ávila.
Tras publicar en 2007 “Mártires de Ciudad Real”, sobre el Beato Narciso de Estenaga, el Obispo mártir de Ciudad Real; luego publicó en 2009 “Martirio en el corazón de la Mancha. Siervo de Dios Antonio Martínez Jiménez y compañeros mártires de Ciudad Real”.
Ahora, acaba de publicar “El Beato Pedro Buitrago Morales, Mártir de Cristo”. En la presentación, hace ya varias semanas, el autor “habló de los mártires como los testigos de nuestra fe, asegurando que el libro pretende presentar el testimonio de fidelidad de un cristiano que era sacerdote”.
La publicación también recoge la semblanza de otros sacerdotes naturales de La Solana (Ciudad Real) que ejercieron en otras localidades, así como la de diversos religiosos que pasaron su vida en nuestro municipio y que también murieron durante la guerra. Nombres propios como Aníbal Carranza, Domingo Villegas, Alfonso Martín de las Mulas, Eloy Serrano ó Enrique García, entre otros, también son protagonistas del libro presentado. Sobre ellos, el autor indicó que todos trabajaron mucho por la Acción Católica.
Muchas felicidades.
Muchas gracias por el esfuerzo de publicar.
Y mucho ánimo.
¡Gloria a los mártires!
 

BEATO PEDRO BUITRAGO MORALES
Coadjutor en la parroquia de Santa Cruz de Mudela
 
Pedro Buitrago Morales había nacido en La Solana (Ciudad Real), el 24 de enero de 1883. Sus padres se llamaban Raimundo Buitrago y Manuela Morales. Recibe el bautismo en dicho pueblo a los pocos días de nacer y se le impone el nombre de Pedro. En el hogar de sus padres, en la escuela y en la parroquia percibe un ambiente profundamente cristiano. Del padre, como antiguo y entendido sacristán, hereda el gusto por la música y el canto. Con esas enseñanzas, prácticas religiosas y ambiente cristiano surge y se desarrolla su vocación sacerdotal. Empieza su etapa estudiantil, ya fuera del pueblo, en el Seminario de Murcia, y finaliza los estudios eclesiásticos en Ciudad Real. Ordenado de Sacerdote, cantó su primera Misa el día 1 de enero de 1908 en La Solana, de cuyo convento de Dominicas es nombrado Capellán.
 
Ocho años después, en 1916, es enviado como Coadjutor a Pedro Muñoz, en marzo de ese mismo año, pero en el mes septiembre es trasladado a ejercer el mismo cargo a Santa Cruz de Mudela.
Como sacerdote, sirvió a Dios y a la Iglesia con todos sus talentos y aptitudes, entre los cuales destacaba su buena voz de tenor, que puso siempre al servicio de Dios para realzar las funciones religiosas, como antes en el Seminario, las veladas que en él se organizaban.
Durante los veinte años de su coadjutoría pudieron admirar los feligreses de Santa Cruz de Mudela la contribución de don Pedro para dar realce y mayor solemnidad a las celebraciones litúrgicas, tanto en la Parroquia, como en el Santuario de Nuestra Señora de las Virtudes y parroquias de la comarca.
La caridad cristiana y fraternal que reinaba entre don Pedro y don Justo Arévalo Mora, coadjutores de la parroquia y de éstos con su párroco don Antonio Pardo, y después con don Félix González Bustos, constituye una prueba inequívoca de la sólida virtud de los tres sacerdotes, que antes y durante el año 1936 ejercían su misión Sacerdotal en Santa Cruz de Mudela.
Cuando doña Rosario Laguna dejó terminada su segunda fundación, el colegio para niños, don Pedro sustituye a don Justo en el cargo de Capellán de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que desde el principio venían regentando la Escuela de San José.
El mismo día que el Párroco don Félix González, es decir, el 3 de agosto, fue detenido don Pedro y por los mismos motivos que lo fue aquél y que lo serán don Justo y los Hermanos de la Escuela de San José: porque eran Sacerdotes, Religiosos o Católicos fervientes; y si a Él le crucificaron, los discípulos no pueden ser mejor tratados que el Maestro (Mat 10, 24.). Cayó asesinado en el Cementerio de Valdepeñas la madrugada del 19 de agosto de 1936, junto con sus compañeros sacerdotes, don Félix González Bustos (Párroco) don Justo Arévalo y cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas.
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