Viernes, 18 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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XVII Domingo del Tiempo Ordinario

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

En el evangelio de Lucas, Jesús aparece siempre como un hombre de profunda oración. La oración atraviesa toda la vida del Señor: El Bautismo, manifestación maravillosa con la que empieza la vida pública ocurre en un contexto de oración (3,21); en el ejercicio de su misión Jesús se retira para rezar en lugares solitarios (5,16); la elección de los doce apóstoles –decisión importante para el futuro del mensaje del reino de Dios que Jesús anuncia entre los hombres– es precedida por una noche de vigilia y oración (5,12); la transfiguración, como desvelamiento de la verdadera identidad de Cristo en lo alto del monte Tabor, ocurre en cuanto Jesús rezaba (9,28-29); la llamada profesión de fe de Pedro es proclamada después de la pregunta que Jesús hace en cuanto rezaba en particular (9,18); antes de asumir el drama de la pasión en la víspera de la pascua, para ser entregado como inocente cordero, Jesús ora a Dios Padre que le ayude a hacer su voluntad a pesar de sufrir somatizando –porque sudó gotas de sangre –, la angustia que experimenta a través del cáliz que debe beber en el monte de los Olivos (22,41-46); y finalmente, Jesús reza desde lo alto de la cruz por sus verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, palabras que serán las ultimas pronunciadas en su vida terrena (23,24).

La oración es la forma que Jesús utiliza para estar en el silencio y en la intimidad con Dios, es el instrumento que le permite dialogar con su Padre. De la oración depende el equilibrio psicológico, la mansedumbre de sus gestos, la firmeza del carácter para enfrentar las adversidades, y la fuerza del espirito para la misión redentora que debe realizar.

  1. Evangelio

Los discípulos contemplando a Jesús en cuanto rezaba piden que les enseñe a Rezar. Era costumbre en aquella época que, los discípulos de un rabino importante tuviesen una fórmula de oración como distintivo, o sea, para que se distinguiesen de forma especial, por eso ellos dicen: “como Juan enseñó a sus discípulos...”.

Jesús “entrega un tesoro” al enseñar la plegaria que Él propio reza en su relación con Dios, no es una formula fija, pero corresponde a un contenido de fe que esconde una profunda y nueva espiritualidad. Entre otras cosas se destacan dos temas importantes: En primer lugar, la manera de llamar a Dios es inédita: “Cuando oréis, decid: Padre”. Los discípulos de Cristo se comunican con Dios en una relación filial. El Dios de Jesucristo no es simplemente un ser superior, una mente organizadora, sino que es Padre: creador y amoroso. La idea del Padre es familiar a cualquier hombre, porque significa protección, confianza y amor. Sólo que la novedad de Jesús está en la manera de llamar a Dios de “Padre”, ya que Jesús enseña una expresión que es propia de los niños cuando llaman a su progenitor, es decir, es una de las primeras palabras que brotan en los labios de un bebé –al balbucear– con la cual se identifica el ser más próximo –después de la madre– de su pequeño universo. En la lengua original, en el arameo Jesús se dice: “Abba”, que significa “papá”, “papi” “papito”. Esta forma de llamar a Dios escandalizó los judíos contemporáneos de Jesús, de hecho, aparece en el falso proceso judiciario hecho por las autoridades del Sanedrín como motivo de acusación: “Él dice que es Hijo de Dios” (cfr. Lc 22,69-71), lo que significa una blasfemia. Cristo nos aproxima de Dios como hijos. Aquella distancia entre la divinidad y los hombres en Cristo es cancelada, podemos invocarlo como Padre, como niños que pueden contar siempre con su protección.

Finalmente, la oración del Señor es comunitaria, es rezada en plural, no es una plegaria egoísta, individual y aislada. Jesús en su predicación distinguía perfectamente el nexo que existía entre Él y Dios, y la relación de los hombres con su Padre: “Mi Padre y vuestro Padre”, “mi Dios y vuestro Dios”, esto porque entre Jesús y Dios existe una relación metafísicamente hablando de la misma naturaleza –es decir, en su esencia más íntima, o sustancialmente poseen el mismo ser–, en cambio, entre Dios y los hombres existe una relación adoptiva, sin embargo en esta oración, Jesús se une a los hombres para rezar desde el mismo nivel, su Padre es también nuestro, por eso dice “Padre Nuestro”.

Para dar fuerza a la necesidad de la oración en la vida cotidiana Jesús emplea a una parábola muy sencilla, pero muy sugestiva: un hombre que importuna a su amigo a medianoche, porque por su vez necesita de ayuda para otro amigo que ha llegado de viaje a su casa. En las aldeas de Palestina de la época no existían panaderías, los panes eran hechos en las casas por la mañana para toda la jornada. Como la hospitalidad es sagrada en oriente, recibir un huésped es recibir el mismo Dios que pasa, por eso es comprensible la preocupación del hombre por buscar en la casa de su amigo tres panes (lo que corresponde para la cena de una persona). Pide ayuda ya entrada la noche, en la hora en que llegaban las caravanas de los diversos destinos, después de caminar bajo el sol del desierto durante todo el viaje. El personaje de la parábola que, busca ayuda a medianoche, sabe a quién recurrir, aunque esto causa incomodidad en la casa de su amigo, despertando todos sus miembros y ocasionando mucho trastorno. Al ser socorrido importunaba el sueño del hogar, ya que las casas eran de una única habitación donde todos dormían en el suelo, y donde incluso se ponían ganado u ovejas.

Jesús con esta parábola enseña que la oración es como un grito en medio de la noche que es imagen de la soledad, del sufrimiento, de la angustia humana. Un grito que no debe cesar, porque grita realmente quien tiene necesidad y necesita ayuda. Además, la oración es inoportuna, es decir, continua e interminable.

  1. Actualización Catequética

Por fin, concluimos con el siguiente esquema nuestras reflexiones: El evangelio propuesto por la liturgia de hoy responde a cuatro preguntas básicas: ¿Qué rezar? ¿Cuándo rezar? ¿Cómo rezar? Y, ¿por qué rezar?

¿Qué rezar? La oración del Señor, no de forma mecánica, pero en la conciencia de ser hijo. Esta oración que repetimos a veces como loros es una perla preciosa que, en la Iglesia de los primeros siglos del cristianismo, en un ambiente pagano hacía parte del arcano. Por eso a todos los que se aproximaban de la fe –los candidatos para el bautismo– era el propio obispo que les enseñaba el padre nuestro, ocho días antes del sacramento en la piscina de la regeneración, para después rezarla públicamente con toda la comunidad en la cena eucarística.

¿Cuándo rezar? Siempre, especialmente en momentos de silencio. La parábola coloca la noche como atmósfera que manifiesta la importancia que damos lo que pedimos, a punto de interrumpir el sueño de la noche que es fundamental para nuestro reposo. Rezar en la noche de nuestro corazón, es decir, en los miedos que nos inquietan, las angustias que nos acompañan y las preocupaciones que tenemos. Rezar incorporando la oración al ritmo natural de nuestra respiración, algo que se hace necesario para nosotros y para los otros. Por eso es necesario rezar la oración personal que desarrollamos en nuestra vida espiritual. A través de la oración pública y oficial de la Iglesia –la Liturgia de las Horas– y con los sacramentos que nos fortalecen enfrentamos el combate de cada día.

¿Cómo rezar? Importunando al Señor, pidiendo, buscando. Rezar para que nuestra voluntad se pueda adecuar a la voluntad de Dios y podamos contribuir en la obra de la salvación que Jesús realizó por amor. Rezar para asumir y enfrentar la cruz –obstáculos, sufrimientos– que hacen parte de nuestra vida, y fundamentalmente rezar intercediendo por los demás.

En este sentido, la primera lectura es muy oportuna: Abraham intercede para que no se efectúe la pena que pesa sobre las ciudades amenazadas por Dios, pide por los otros no para sí mismo. De la misma forma, en la parábola del evangelio el amigo inoportuno pide por el otro amigo que acaba de llegar, no por sí, con todo el trastorno que causa en medio de la noche y para poder atenderlo. ¿Rezamos por los otros cuando atraviesan serias dificultades? ¿Cuándo una crisis amenaza la estabilidad conyugal de una familia? ¿Rezamos por los que sufren en el cuerpo, en el alma y en el corazón?

Y, ¿por qué rezar? Rezamos para hacer la voluntad de Dios, porque los acontecimientos ocurren y nos hacen cuestionar la acción divina y amenazan nuestra débil fe. Rezamos porque estamos rodeados de debilidades, tenemos defectos que hacen sufrir los que conviven con nosotros y tenemos caídas que nos hieren mortalmente. Rezamos porque existen trampas y tentaciones en las que podemos sucumbir. Rezamos porque existe el mal moral que se propaga y nos puede contagiar y, sobre todo, por el mal personal, un ser oscuro, tendencioso y furtivo que nos atrae con sutileza y del que tenemos que defendernos. Rezamos porque la voz del mundo –el relativismo, la inmoralidad, en fin, todo lo que significa el paganismo– pesa y nos parece lógica su propuesta, por eso nos preguntamos: ¿Por qué ser fiel en la vida matrimonial? ¿Por qué formar una familia? ¿Por qué ser honesto en los negocios? ¿Por qué controlar nuestros impulsos?

Nos parece oportuno recapitular las anteriores reflexiones, así: ¿Qué rezar? ¡El Padre nuestro! ¿Cuándo rezar? ¡Siempre! ¿Cómo rezar? ¡Inoportunamente! Y, ¿por qué rezar? ¡Para poder hacer la voluntad del Señor!

Definitivamente, la oración es –cómo fue siempre considerada por la tradición cristiana– una poderosa arma en el combate de la Fe. ¡Con la oración podemos cambiar el curso de la historia, protegernos del mal e interceder por los que conviven con nosotros y sufren de tantas formas! La oración es la verdadera arma del cristiano.

 

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