Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Ante la Cruz de Cristo (3) por el Obispo Irurita

por Victor in vínculis

LA CRUZ, SIGNO DE CONTRADICCIÓN
Lo había profetizado el anciano Simeón, cuando fue presentado el niño Jesús en el Templo, diciendo a María, su madre: “Mira, este niño que ves está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel, y para ser blanco de contradicción de los hombres” (Lc 2,34).
En torno de la Cruz se dividen los hombres: “Nosotros -decía san Pablo a los de Corinto (1Cor 1,24)- predicamos a Cristo Crucificado: lo cual, para los judíos es motivo de escándalo, y parece una locura para los gentiles; si bien para los que han sido llamados a la fe, tanto judíos como griegos, es Cristo la virtud de Dios y la sabiduría de Dios”.
El mismo Apóstol es el gran enamorado de la Cruz: “Dios me libre de gloriarme -exclama- sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está muerto y crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6,14). Y si le preguntáis por la razón de su enamoramiento, él mismo os contestará: “Es que Jesús me ha amado hasta el extremo de entregarse a sí mismo a la muerte por mí” (Gal 2,21).
Este mismo pensamiento embriagaba también como vino suavísimo al apóstol san Andrés y le hacía salir de sí, cuando viendo la cruz que le tenían preparada los verdugos, exclamó: “¡Oh santa Cruz, que recibiste lindeza y hermosura de los miembros de mis Señor, recíbeme de los hombre, y entrégame a mi Maestro, porque por ti me reciba el que por ti me redimió! ¡Oh santa Cruz, muy deseada y ahora para mí aparejada, seguro y alegre vengo a ti, y así tú me recibas como discípulo de Aquel que padeció en ti!”.
Y este amor a la Cruz, del corazón de los apóstoles se transfundió a los corazones de todos los cristianos; y la imagen del Divino Crucificado comenzó muy pronto a recibir culto privado, como consta por las actas de los mártires, por las pinturas de las catacumbas y por otros testimonios. El hereje Marción se escandalizaba de ello, diciendo que era contra el honor de Dios que su Majestad infinita hubiese padecido las humillaciones y sufrimientos de la Cruz. Pero Tertuliano salía a la defensa de la Cruz, calificando el celo de Marción de falso y engañoso y le persuadía a que reconociese a Dios en todos los estados en que quiso ponerse por amor al hombre.
Después de la aparición de la Cruz, con la inscripción luminosa In hoc signo vinces, al emperador Constantino, el culto público a la Cruz se extendió por todas partes. El piadoso emperador abolió el suplicio legal de la cruz formalmente por un decreto soberano; puso el monograma de la Cruz en su Labarum, la grabó sobre la moneda pública, sobre los cascos y los escudos y corazas de sus soldados y con ella adornó su misma diadema imperial. Pero viene después Juliano el Apóstata, y quita la cruz de los sitios donde Constantino la había puesto.



Santa Elena fue la madre del emperador Constantino. Según la tradición logró encontrar la Santa Cruz de Cristo en Jerusalén. Bernini ideó para la Basílica de San Pedro en el Vaticano la decoración de los pilares de la cúpula, que concibió como nichos que albergasen las reliquias más nombradas de la basílica; bajo su dirección se colocaron cuatro monumentales esculturas, representando a Santa Elena, San Andrés (primera foto del post), Santa Verónica y San Longinos, ocupándose él mismo de la realización de la última.
Siempre la persecución religiosa se ha significado por sus ataques contra la Cruz y sus sagradas imágenes. Los wiclefitas llamaban a las cruces de madera troncos podridos y menos dignos de homenaje que los árboles del bosque, los cuales, al menos, son vegetales vivos, decían. Calvino prohibió llevar al cuello crucifijos; sus secuaces los reemplazaron por broches de oro y plata con la efigie del caudillo. Conocida es la blasfemia de Teodoro de Beza: “Confieso que detesto de corazón la imagen de la Cruz”. Y la de Lutero, en su discurso sobre la Invención (descubrimiento) de la Santa Cruz: “Al diablo con semejantes imágenes, puesto que no son causa de bien alguno; hay que destruir las imágenes de la Cruz, y también los templos donde sean adoradas”.
El primer cuidado de la Revolución Francesa fue destruir las cruces. Y ya sabéis que ese ha sido también el del sectarismo sacrílego que se ha desencadenado en nuestra desventurada Patria.
Pero ¿qué tiene la Cruz que tanto molesta e irrita los ánimos de los perseguidores de la Iglesia católica? Es que la Cruz es el signo de nuestra Redención; es el arma con que Jesús triunfó del mundo, del pecado y del infierno; es el abreviado compendio de la religión, de las verdades que hemos de creer, de las virtudes que hemos de practicar… Por eso, mientras la Cruz es objeto de amor y veneración para los fieles de la iglesia de Jesucristo, es para sus perseguidores objeto de execración y odio.

 
Carta pastoral de Cuaresma ante la Cruz de Cristo, Redentor del Mundo
Siervo de Dios Manuel Irurita Almandoz (18761936), Obispo de Barcelona,
mártir de la persecución religiosa, que sufrió el martirio el 3 de diciembre de 1936
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