Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Dolor y martirio

por Victor in vínculis

Durante el pasado año de 2011 hemos recordado, con conmovida emoción, sincero homenaje y profunda oración, a los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, hermanos nuestros en la fe, que especialmente en los primeros meses de 1936, dieron su vida, mártires, por amor a Jesucristo y a España, durante una persecución religiosa sin precedentes en el mundo, y que la Iglesia ha beatificado a muchos “como testigos del Evangelio”.
No quiero procesar aquella situación política y social, ni de la desolación y dolor sufridos en la postguerra. Sufrí en mi familia paterna y materna muertes y destierros (q.e.p.d.). Mi oración y recuerdo emocionado está en las trágicas circunstancias que les llevaron a ser torturados y humillados en “checas”, cárceles, y se convirtieron para todos nosotros en signos de amor, de paz, de perdón, dando gloria a Dios con su vida y su muerte, en una de las épocas más oscuras y crueles de la gran historia de España. Bastaba el mero hecho de ser católico para condenarte a pena de muerte en aquellos famosos “tribunales populares” que eran verdugos y se vengaban en los primeros meses de la guerra civil con auténtico temor de “gansterismo puro”. Hay que decir que algunos políticos salvaron muchas vidas, entre ellas las del cardenal de Tarragona y varios obispos de Badajoz, Menorca, Valladolid, ante los diez eclesiásticos asesinados en zona republicana.
A muchos le fue posible, incluso durante su cautiverio participar en la eucaristía, rezar el rosario, y confortar a sus compañeros de prisión, perdonando a sus verdugos y rezando por ellos. Ellos son signo de la Iglesia de Jesucristo formada por hombres frágiles y pecadores, pero que saben dar testimonio de su fe, anteponiéndola a sus vidas. Imitaron a los discípulos de Jesús, que a lo largo de los siglos han corrido la misma suerte que su Maestro.
Y quiero mostrar mi tristeza y mi consternación de que el testimonio de sus vidas y martirio, ha pasado, sin la celebración de una misa solemne en muchas diócesis y parroquias, sin un piadoso recuerdo de su testimonio, de entrega absoluta al magisterio de la Iglesia y a sus enseñanzas, mártires de la pureza. Muriendo, perdonando a sus perseguidores. Ocasión perdida de ofrecer al buen pueblo de Dios, una enseñanza de solidez en la fe, la inmensidad de su amor y la grandeza de la esperanza, que vivieron eclesiásticos, hombres, mujeres y jóvenes, para que vigoricen nuestra fe actual y sean ejemplo de caridad. Qué ocasión perdida para catequizar a nuestra juventud, comprensiva e inteligente, deseosa de buenos ejemplos si se les habla en la verdad y de corazón, deseosos de una nueva fuente de vida, la de Jesús, que nadie muchas veces, les ha hablado, para que mirasen su futuro con esperanza, obrando con la fuerza de la verdad y el bien. Ocasión también para que nuestros pastores hiciesen una pastoral poniendo tantos sacerdotes y religiosos y seglares mártires, como moldes de una vida escondida en Dios, entregada a Jesús y sirviendo a todo hermano, según su estado regular o seglar, alabando su vida, su ofrenda martirial, de una tragedia de tanto terror, que merece nuestra más piadosa oración y más profunda compasión. Del apasionamiento de los años de la postguerra, se ha llegado a un silencio tendencioso de la tragedia, de aquel “triste baño de sangre”.

           Ellos supieron anteponer sus vidas a la ley evangélica del amor y ahora son para nosotros, testigos de aquella verdad que Jesús nos enseñó, muriendo perdonando. Ellos, desde el cielo, intercedan por una Iglesia profética y aviven en nosotros indignos seguidores de Jesús, aliento para el camino de cada día, luz, para servir ale y dar nuestra vida por los hermanos. Que en paz descansen.

Reflexión de Mn. Josep Mª Armesto publicada en la revista parroquial "Mar i muntanya" de Castelldefels (Barcelona)
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