Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Combate y corona (y 3)

por Victor in vínculis

Última parte del último capítulo de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
 
La multitud sintió viva conmoción. Cuando se restableció el silencio, mandó el juez llamar a los verdugos, los cuales llegaron prontamente, trayendo una pesada vara de encina con que desgarrar a fuerza de golpes las plantas de los pies de los jóvenes. Pero antes que descargaran el primer golpe, gritó Pa-tse:
-¡Deteneos, en nombre del rey! Singularmente compadecido de la juventud de ambos criminales, que han sido hechizados por los demonios de Occidente, y en consideración a la nobleza de su familia, el rey no quiere que sean atormentados y les hace la gracia de darles la muerte por medio de la espada.
-No hay, pues, nada que hacer -dijo el juez-. Verdugo, conducid a los dos hermanos Yn y Kuan a la plaza mayor y cortadles allí la cabeza. Escribano, escribe el juicio.
El escribano escribió en unas pocas pinceladas con colores rojos sobre un cartel negro, que los hermanos Yn y Kuan, por su tenacidad en seguir la diabólica religión de Occidente, eran condenados a la pena capital. Este cartel fue llevado en alto delante de los dos jóvenes cuando después de breves momentos eran conducidos entre soldados a la gran plaza real.



-Aquí está escrito que morimos por nuestra religión cristiana -dijo Pablo en voz baja a su hermano.
-Sí, morimos por Aquel que ha dado su vida por nosotros -respondió Jacobo-.
Ambos hermanos, dándose la mano, se dirigieron valerosamente a la plaza real entre soldados, y cargados con pesadas cadenas, a través de la multitud que llenaba las calles.
-¡Qué contentos van a la muerte!, -oyeron que decía uno de los espectadores a su vecino-. Algo de bueno debe de haber en esa secta extranjera, pues la muerte es la gran piedra de toque; y yo dudo que ni siquiera uno de nuestros bonzos diera la vida por su religión.
-¿Oyes lo que dice este hombre?, -preguntó Pablo a su hermano-. Oremos para que nuestra muerte contribuya a la conversión de nuestro pueblo.
-Y también a la del pobre Pedro -añadió Jacobo.
Así llegaron orando en voz baja a la gran plaza. Allí fue leída en alta voz la sentencia y colocada luego en lo alto de un elevado poste. El mandarín, que iba a caballo al frente de la comitiva, mandó a ambos hermanos que se arrodillaran delante de la sentencia. Después de abrazarse por última vez, obedecieron. Mientras oraban en voz alta y sus labios pronunciaban los dulcísimos nombres de Jesús y de María, se había colocado un verdugo detrás de cada uno de los jóvenes. A una seña del mandarín, se vieron por un momento brillar los sables a los rayos del sol, y los dos mártires cayeron bañados en su propia sangre, mientras sus almas subían al cielo adornadas con la corona del vencedor.
 
El rey se sintió profundamente conmovido cuando supo la heroica muerte de los dos hermanos. Arrepentido de haber consentido que fuesen condenados, mandó que ya no fuese llevado a juicio ningún cristiano. Más los demás que habían sido presos, siguieron en la cárcel por espacio de dos años. Por entonces no pudo el sacerdote chino entrar en Corea, pero consiguió su deseo el año 1794. El número de cristianos era ya de algunos millares, habiendo contribuido no poco a este crecimiento la heroica muerte de ambos hermanos. Muchos de los que por temor habían apostatado, hicieron penitencia, entre ellos Pedro.
Cuando Pío VI, en medio de los horrores de la Revolución Francesa, tuvo noticia de los combates y victoria de la fe católica en Corea, antes que ningún misionero pisara el suelo de ese país, derramó lágrimas de alegría. Sírvanos también a nosotros este ejemplo de celestial consuelo y de estímulo para confesar con firmeza y contento nuestra santa fe católica.
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