Martes, 23 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Combate y corona (2)

por Victor in vínculis

Segunda parte del último capítulo de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
 
El día 7 de septiembre de 1791 fue testigo de la constancia y fidelidad de los dos nobles hermanos. Poco después de amanecer, fueron conducidos desde la cárcel a una sala del edificio del tribunal, adyacente al de la prisión. Por fortuna, cuando salieron, todavía no se había despertado La-men, y pudieron dirigir unas breves palabras de despedida a sus compañeros de cárcel y encomendarse a sus oraciones.


Les esperaba un enviado del rey. Era aquel personaje un hombre benigno y compasivo. Cuando llegaron los dos hermanos a su presencia, se quedó como aterrado, al verlos tan pálidos y extenuados, siendo así que pocas semanas antes era la viva imagen de la juventud floreciente.
-¡Es posible -dijo, levantando las manos- que os halléis en tal estado, que casi no podéis poneros de pie y que parecéis ancianos, vosotros que apenas tenéis veinte años y que erais los más apuestos y vigorosos entre los jóvenes de la nobleza!
-Noble Pa-tse, el aire que hemos respirado esta semana no era el mejor, ni el sustento que hemos recibido el más abundante -respondió Pablo sonriéndose.
-Con todo, ahora vuestros miembros sanos y bien formados serán dilacerados y atormentados y vuestra cabeza separada del tronco, si el rey no os otorga a última hora el perdón -añadió el cortesano-. Bien habéis de admiraros: el crimen incomprensible que habéis cometido quemando las tablas de vuestros antepasados no os será imputado, si por lo menos ahora renunciáis a vuestra religión.
-Os damos las gracias, noble Pa-tse, y por conducto vuestro a nuestro soberano; pero no podemos aceptar la condición que nos impone –respondió Pablo con firmeza y serenidad.
-Ofreced siquiera una sola vez ante la estatua de Buda algunas hojas de papel de oro aunque luego juzguéis de él y de su doctrina lo que queráis.
-Antes preferimos los tormentos y la muerte -respondió Jacobo.
-¡Desdichados! ¿Es esta vuestra resolución definitiva? ¿De este modo rechazáis la gracia que se os ofrece? ¡Venid, noble Kim, y ayudadme a traer a la razón a estos insensatos!
Y diciendo estas palabras, abrió una puerta lateral, por donde el anciano Kim penetró en la estancia para intentar con súplicas, promesas y amenazas conmover la firmeza de sus sobrinos. Pero todo fue en vano, pues no lograron quebrantar su fidelidad.
-No sabes, tío, la desgracia que viene sobre nosotros si accedemos a tus deseos. ¿Cómo quieres que renunciemos a la corona celestial que vemos brillar en el cielo, y que por no padecer breves tormentos seamos atormentados con penas infinitas en el infierno? No, no es posible acceder a tus instancias -dijeron ambos hermanos.
Todavía insistía Kim una y otra vez, cuando llegaron los ministros del tribunal para conducir a los jóvenes al juicio.
-Vamos, hermano, vamos a obtener el triunfo.
Y ambos hermanos se dirigieron cogidos de la mano y rodeados de soldados a la sala del tribunal. Kim y el cortesano les siguieron, dando muestras de gran aflicción.
Era tanta la multitud ansiosa de presenciar el juicio, que los ministros a duras penas pudieron subir con las dos víctimas al tablado donde había sido interrogado Tomás King hacía seis años. El partido de los bonzos saludó con burlas e injurias a los acusados: pero cuando la multitud vio la tranquila alegría que brillaba en el rostro de los dos nobles jóvenes, impuso silencio a aquellas crueles expansiones y escuchó con grande atención el juicio. Después del interrogatorio acostumbrado mandó el juez a los dos hermanos que renunciaran a la secta extranjera y aceptaran de nuevo la religión de Buda. De este modo, añadió, el rey, teniendo en cuenta la inexperiencia de los jóvenes, acudiría a su misericordia y otorgaría el perdón en vez de cumplir con la justicia; pero en caso contrario morirían ignominiosamente después de padecer crueles tormentos.
Nadie separaba la vista de los dos hermanos.
Entonces Pablo dijo con voz clara:
-Doy gracias al rey por su bondad. Dios se la recompensará. Pero la vida terrena que nos ofrece, no puedo aceptarla a cambio de la vida eterna.
-Y yo pienso lo mismo que mi hermano -añadió Jacobo-. Podrás atormentarnos y quitarnos la vida, pero nuestra alma inmortal no podrás tocarla.
 

          
            Esta página tiene toda su información en inglés, pero sus curiosos dibujos nos muestran la historia de cada uno de los 103 santos mártires coreanos, de los que hablábamos en la última entrega:
http://english.cbck.or.kr/Saints103


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