Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Combate y corona (1)

por Jorge López Teulón

Primer parte del último capítulo de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
 
Pablo y Jacobo permanecieron en la cárcel durante varias semanas en compañía de algunos centenares de cristianos de la ciudad y de sus contornos. Era aquella prisión un duro tormento, pues su ambiente estaba apestado y apenas se cabía en ella. Además, el tchack-ko o cepo coreano no permitía a los pobres presos estar de pie ni acostarse. Consiste este instrumento de martirio en dos trozos de madera de dos metros de largo y quince centímetros de ancho, unidos entre sí por una bisagra. En el extremo inferior de uno de ellos hay huecos donde entran los tobillos, y el otro trozo de madera se dobla sobre las espaldas, hasta que ambos se unen sujetándose con un candado. De esta suerte el cuerpo está una posición muy violenta, y no tardan en formarse llagas en los tobillos, los cuales pronto supuran y por la suciedad del lugar se convierten en peligrosas heridas.
En medio de aquellos dolores, se consolaban ambos hermanos con la compañía de tantos cristianos que con ellos sufrían, con paciencia casi sin excepción, los tormentos de la cárcel. Se ayudaban mutuamente cuanto podían y se animaban los unos a los otros, recordando la pasión de Cristo; oraban en comunidad y no raras veces entonaban cánticos a Nuestro Señor o a Nuestra Señora, de suerte que en los muros de la cárcel, que solían repetir tan sólo el eco de maldiciones y lamentos, resonaban ahora dulces melodías. Los rudos carceleros se admiraban, y repetían que en su vida habían visto presos como aquéllos, por lo cual los trataban con más suavidad y les daban con frecuencia agua fresca o les renovaban la paja del suelo y les quitaban el cruel tchak-ko.
Una tarde fue conducido a aquella misma cárcel un nuevo preso. Los carceleros le preguntaron si pertenecía a la religión de Occidente, y como él contestara con maldiciones diciendo que no, le pusieron el cepo y lo echaron en el suelo junto a los dos hermanos.
-¿También vosotros estáis aquí?, -dijo balbuciendo y dando a conocer claramente que estaba embriagado, cuando los hubo reconocido, gracias al resplandor de una tea-. ¿También habéis hurtado, y habéis de probar la sierra de crin? Por el diablo, que yo lo soportaría de buena gana, si hubiera podido verla empleada en el aborrecido maestro de escuela.
-¡Justo cielo, si es el hijo de La-men! -exclamó Jacobo.
-Claro que es el hijo de La-men, necio, pues el padre hace ya tiempo que corre por los bosques, convertido en oso o en tigre, si es que no está ardiendo en el fuego del infierno. Una vez que la sed le hizo beber un trago de saki de más, le pareció que llevaba sobre los hombros al maestro King que le ahogaba. Daba horror oírle gritar en las ansias de la muerte, diciendo: “Déjame, King, que te perdoné el castigo de la sierra y del cuchillo de madera”. Pero el alma de King no le dejó hasta que estuvo muerto y frío. Mas ¿por qué me miráis así? ¿No me podéis dar saki? ¡Traedme saki!
Aterrados estaban los presos viendo no sólo el espantoso castigo del cruel juez, sino la manera como lo refería su propio hijo.
-¿No hay saki en este maldito agujero?, -añadió el borracho después de algunos momentos de pausa-. Dadme al menos un cántaro de agua: mañana os pagará el verdugo, pues, según he oído, mañana llegará vuestro turno. Si yo pudiera ver cómo os pellizcan, tendría un rato de placer. Y con tal de poder hacer lo mismo con el avaro Lao-lu, iría gustoso desde aquí en su compañía. ¿No sabéis cómo ha engañado a mi padre con el hilo de perlas engarzadas en oro? Había sido hecho a imitación del amuleto que trajisteis de Pekín, con el fin de acusar como a ladrones ante el rey, al gran mandarín que entonces gobernaba y a vuestro tío. Cuando todo estaba dispuesto, murió el gran mandarín; entonces el bribón del bonzo colgó la cadenita, que le había costado a mi padre muy buen dinero, ante la imagen de Buda, diciendo que, estando él durmiendo, el mismo Buda había mandado colgarla, y de este modo engañó a mi padre. Pero anteayer me devoraba la sed, y no teniendo dinero, corrí a la pagoda y en las barbas de los bonzos tomé la alhaja de mi padre. Cuando la miré detenidamente, vi que el ladrón del bonzo había puesto allí otra cadena semejante, y que se había guardado el oro y las perlas; pero a mí me prendieron y me trajeron aquí, acusándome de haber robado en el templo. Si los espíritus infernales me ayudaran, le estrangularía.
Todavía siguió maldiciendo y blasfemando largo tiempo hasta que, rendido por el cansancio se durmió. Los presos pudieron gozar algunas horas de tranquilidad para prepararse con la oración al próximo combate.
 
 
Santos mártires Coreanos
Cada año el 20 de septiembre se celebra la memoria de los santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires en Corea. Secelebra la fiesta litúrgica de los ciento tres mártires que en aquel país testificaron intrépidamente la fe cristiana, introducida fervientemente por algunos laicos y después alimentada y reafirmada por la predicación y celebración de los sacramentos por medio de los misioneros. Todos estos atletas de Cristo -tres obispos, ocho presbíteros, y los restantes laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños-, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia en Corea (1839-1867). Fueron canonizados por el Beato Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, en Seúl (Corea).


Os ofrecemos un resumen de los dos primeros que encabezan el grupo de los 103 mártires coreanos.
 
San Andrés Kim Taegon nació el 21 de agosto de 1821 en Solmoe (Corea). Sus padres eran Ignacio Kim Chejun y Ursula Ko. Era niño cuando la familia se trasladó a Kolbaemasil para huir de las persecuciones. Su padre murió mártir el 26 de septiembre de 1839. También su bisabuelo Pío Kim Chunhu había muerto mártir en el año 1814, después de diez años de prisión. Tenía quince años de edad cuando el padre Maubant lo invitó a ingresar al seminario.
Fue enviado al seminario de Macao. Hacia el año 1843 intentó regresar a Corea con el obispo Ferréol, pero en la frontera fueron rechazados. Se ordenó diácono en China en el año 1844. Volvió a Corea el 15 de enero de 1845. Por su seguridad sólo saludó a unos cuantos catequistas; ni siquiera vio a su madre quien, pobre y sola, tenía que mendigar la comida. En una pequeña embarcación de madera guió, a los misioneros franceses hasta Shangai, a la que llegaron soportando peligrosas tormentas.
En Shangai recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Ferréol el 17 de agosto de 1845, convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Hacia fines del mismo mes emprendió el regreso a Corea con el obispo y el padre Daveluy. Llegaron a la Isla Cheju y, en octubre del mismo año, arribaron a Kanggyong donde pudo ver a su madre.


El 5 de junio de 1846 fue arrestado en la isla Yonpyong mientras trataba con los pescadores la forma de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos de ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel fue decapitado en Saenamt´õ el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años.
Antes de morir dijo: ¡Ahora comienza la eternidad! y con serenidad y valentía se acercó al martirio.
 
Pablo Chong Ha-Sang nació en el año 1795 en Mahyon (Corea) siendo miembro de una noble familia tradicional. Después del martirio de su padre, Agustín Chong Yakjong, y de su hermano mayor Carlos, ocurridos en el año 1801, la familia sufrió mucho. Pablo tenía siete años. Su madre, Cecilia Yu So-sa, vio cómo confiscaban sus bienes y les dejaban en extrema pobreza. Se educó bajo los cuidados de su devota madre.
A los veinte años dejó su familia para reorganizar la iglesia católica en Seúl y pensó en traer misioneros. En el año 1816 viajó a Pekín para solicitar al obispo algunos misioneros; se le concedió uno que falleció antes de llegar a Corea. Él y sus compañeros escribieron al papa para que enviara misioneros. Finalmente gracias a los ruegos de los católicos, el 9 de septiembre de 1831 se estableció el vicariato apostólico de Corea y se nombró su primer obispo encargando a la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París la evangelización de Corea.




           
Pablo introdujo al obispo Imbert en Corea, lo recibió en su casa y lo ayudó durante su ministerio. Monseñor Imbert pensó que Pablo podía ser sacerdote y comenzó a enseñarle teología... Mientras tanto brotó una nueva persecución. El obispo pudo escapar a Suwon. Pablo, su madre y su hermana Isabel fueron arrestados en el año 1839. Aguantó las torturas hasta que fue decapitado a las afueras de Seúl el 22 de septiembre. Poco después también su madre y su hermana sufrieron el martirio.
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