Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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La primera comunidad de cristianos (y 2)

por Jorge López Teulón

Segunda parte del capítulo octavo de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
Medio año después del regreso de la embajada, contaba la nueva comunidad de cristianos con más de cien neófitos, y muchos más de mil que acudían a ser instruidos por Pedro y sus compañeros, estaban dispuestos a recibir el bautismo. En verdad no podía pedirse más. ¡Lástima grande que no hubiera allí algún sacerdote que administrara los santos sacramentos de la penitencia y de la comunión, que celebrara el santo sacrificio de la misa y que, sobre todo, vigilara las doctrinas de Pedro y sus amigos! No pudiendo ser explicadas y completadas, sin maestros, las doctrinas que en tan poco tiempo aprendió Pedro en Pekín, con los libros que de allí había traído, no es de extrañar que incurriera en error en varios puntos. Así, por ejemplo, no habiendo comprendido qué cosa es la consagración sacerdotal y episcopal, creía que la potestad y la dignidad del sacerdocio se comunicaban mediante el uso de las vestiduras sacerdotales y por signos exteriores, como la dignidad del mandarín se confería mediante la imposición de las vestiduras propias de aquella dignidad o como el ser soldado consistía en el uso de las armas y del uniforme. Y como le habían producido tan viva impresión las ceremonias del culto divino que había presenciado en Pekín, propuso a sus compañeros la elección de un obispo y de un sacerdote que celebraran el santo sacrificio de la misa.
Creía Tomás King que esto no podía hacerse y que los sacerdotes sólo podían ser consagrados por obispos, y éstos por otros obispos; pero la mayoría opinó que, no habiendo en Corea ningún obispo, bastaría elegirlo y revestirlo con las vestiduras episcopales. Habiendo prevalecido esta opinión, Pedro fue elegido obispo, y Juan y otros dos jóvenes designados como sacerdotes.
Pedro mandó hacer un pectoral, un anillo, una mitra y un báculo como los que había visto en Pekín, y ordenó a Juan de sacerdote imponiéndole las manos, como veía en una estampa que representaba el sacramento del orden. Después encargó a su tía que hiciera ornamentos para decir misa, se procuró una copa preciosa que había de servir de cáliz, construyó en una gran sala de la casa de campo un altar, y anunció a la comunidad que el día de Navidad, que ya estaba próximo, ofrecería el gran sacrificio de los cristianos.
Todo esto habría sido indudablemente un horrible sacrilegio, si Pedro y sus compañeros no hubieran obrado de buena fe, creyendo hacer cosa lícita y agradable a Dios. Por lo cual es de suponer que nuestro Señor disculparía el yerro de sus hijos, y que Jesús vendría siquiera espiritualmente al corazón de aquellos fieles, que poseídos de amor y celo deseaban unirse con Él.



Las funciones se celebraron con gran magnificencia. En vez de cirios, que en Corea no se conocen, lucían en el altar multitud de linternas chinas; Pablo, Jacobo y otros niños ayudaban a misa vestidos con magníficas vestiduras y hacían oscilar pequeños incensarios en que se quemaba aromático incienso; Tomás King dirigía un coro de cantores, acompañado de flautas, trompas y tambores. Este conjunto produjo la mejor impresión en la nueva cristiandad. En el sermón explicó Juan el tierno evangelio de la Natividad, delante de una especie de establo que Pablo y Jacobo habían construido ayudados de su madre, según la descripción que hizo Pedro del que había visto en Pekín, y las imágenes que poseían del nacimiento del Salvador. En todo el día no cesaron de venir grupos de niños que se arrodillaban delante del pesebre y adoraban al Niño Jesús.
-¡Qué feliz soy, madre mía! -decía Pablo la noche de Navidad-. ¡Pronto será cristiana toda Corea!
-¡Oh, hijos míos! -añadió la madre-. Ahora empezará el combate. ¿No habéis oído que en todas partes sellaron su fe con su propia sangre numerosos mártires antes de vencer al paganismo? Pues lo mismo ha de suceder en Corea. ¡Rogad a Dios, hijos míos, que os dé fuerzas para salir vencedores en la lucha!
-Este es mi deseo -dijo Jacobo-, que Pablo y yo demos nuestra sangre por el Niño Jesús, que derramó la suya por nosotros.
 
 
Los Mártires de Corea
A mitad del siglo diecinueve, las autoridades de Corea celebraban su triunfo sobre la Iglesia Católica levantando un monumento sobre las tumbas de tantos mártires muertos por su fe. Aquel monumento conmemoraba, según palabras textuales, “el aniquilamiento de la religión perversa de los cristianos”.
Los perseguidores se sentían orgullosos de su triunfo. Habían hecho desaparecer, dándoles muerte con los tormentos más refinados, a más de ocho mil cristianos. Hombres y mujeres de toda condición social: ancianos, niños tiernos, jóvenes, esposos, padres y madres de familia, a la cabeza de los cuales iban, como siempre, sus pastores los obispos y los sacerdotes.
Muchos de ellos habían muerto dispersos por las montañas, víctimas del frío y del hambre, escondidos en cavernas, rendidos por las caminatas, consumidos por la enfermedad.
La persecución había comenzado en 1839, se repetía en 1846, y tenía un segundo epílogo en 1866. El Papa Pío XI, al beatificar a los primeros Mártires de Corea, dejaba escrita una página estremecedora:
Eran nobles y plebeyos, jóvenes y viejos, mujeres ya maduras y jóvenes en la más florida edad, que prefirieron las cárceles, los tormentos, el fuego, el hierro, las cosas más extremas a trueque de no apartarse de su santa religión... Unos fueron ahorcados, a otros les rompieron las piernas, otros fueron azotados hasta la muerte, otros quemados con planchas ardientes, otros enterrados vivos en nichos para que murieran de hambre... Ni las cárceles largas y horribles, ni los tormentos más crueles, fueron capaces de superar la fortaleza y firmeza de aquellos mártires”.
La alta columna de aquel monumento proclamaba con tono altisonante y orgulloso: “aniquilada la religión perversa”. ¿Era verdad esto? ¿Había muerto la fe católica en Corea? Se lo creían los perseguidores; pero la realidad era muy diferente. Cuando, años después, llegó el decreto de libertad religiosa, en Corea aparecieron las comunidades católicas clandestinas, y hoy los católicos pasan holgadamente los dos millones en una Iglesia cada vez más pujante, que fue regada con tanta sangre generosa.
El cristianismo católico entró en Corea de manera muy curiosa. No sería hasta 1784 cuando se bautizaría en China el primer coreano, Rhee Sung-Hoon (nombre de pila: Pedro), que volvería a Corea con libros y otros objetos cristianos. Otros se convirtieron tras leer esos libros religiosos, aunque no había ningún sacerdote ni misionero religioso entre ellos hasta 1795, cuando llegó por fin el P. Chu de China y se encontró con una creciente comunidad católica de 4.000 coreanos. Ese sacerdote fue el único en Corea hasta 1801, pero en ese año se desató una persecución, dejando sin sacerdotes a los católicos coreanos hasta 1831, cuando 3 misioneros de la Sociedad de Misioneros de París fueron enviados allí.

           
Ahora, con obispo y sacerdotes, venidos del Seminario de las Misiones Extranjeras de París, ¿qué frutos no daría la naciente Iglesia coreana?... Sin embargo, cuando todo parecía sonreír a los nuevos evangelizadores, lo que les esperaba era nuevamente clandestinidad, persecución y sangre.
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