Miércoles, 08 de julio de 2020

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Prudencia sanitaria... toda la del mundo... pero...

Los santos y el coronavirus (3)

por Victor in vínculis

Hoy, 8 de marzo, hemos celebrado a San Juan de Dios. La locura de amor divino hizo del santo fundador de la Orden Hospitalaria un manantial de inagotable ternura para los pobres y los enfermos. León XIII lo declaró patrono de los hospitales y de los enfermos.

En su biografía se cuenta como  en el Santuario de Guadalupe se le apareció la Virgen y puso en sus brazos al Niño Jesús. Entregándole unos pañales, le encomendó:

-Juan, vísteme al Niño para que aprendas a vestir a los pobres.

Conmovido por la visión, se formó en lo preciso para afrontar su obra y comenzó su acción en Granada, por indicación de san Juan de Ávila que le alentó en su quehacer. A finales de 1539 un pequeño hospital abierto en la calle de Lucena pronto se llenó con pobres desamparados cuyo único patrimonio era el sufrimiento que llevaban tatuado en sus frentes: huérfanos, vagabundos, prostitutas, ancianos, viudas, locos, enfermos diversos, etc. Los curaba, consolaba, aseaba y proporcionaba comida. Sin arredrarse, pedía para ellos por las calles con una espuerta y dos marmitas pendidas de su cuello: «Hermanos, haced bien para vosotros mismos».

En 2013, Fernando Beltrán, escribía:

«Hay una pasaje en la vida de San Francisco de Asís que siempre me ha cautivado y fascinado. Supuso un momento trascendental en su vida, un punto de inflexión a partir del cual decidió vencer todos sus miedos y entregarse al prójimo olvidándose de sí mismo.

Ese episodio, es el famoso beso al leproso de San Francisco. Francisco sentía aversión hacia los leprosos. Él mismo comentaba:

«El Señor me concedió a mí, el hermano Francisco, que así comenzase a hacer penitencia: cuando estaba envuelto en pecados, me era amargo ver a los leprosos; pero desde que el Señor me condujo en medio de ellos y los traté con misericordia, lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

El leproso era el gran rechazado en aquella sociedad feudal y guerrera. El leproso era alguien, que como pasa con miles de personas hoy en día, ha perdido la conciencia de su ser persona, obligado a apartarse de la sociedad en el grupo de los marginados. Por ello el encuentro de Francisco y el leproso no es un mero relato bonito en la vida de un gran santo, sino una propuesta de vida y amor.

Paradójicamente, el enfermo curó al sano, y así San Francisco salió como un hombre nuevo de aquel encuentro con el leproso. La misericordia evangélica puede con cualquier aversión y amargura, transformándolas en alegría y gracia. Y ese encuentro le trajo la felicidad plena del que ama con misericordia.

La semana pasada, 800 años después, ante los ojos del mundo entero, de algún modo, se repetía la escena. El Papa Francisco abrazaba y besaba a un enfermo con un aspecto que -no os voy a engañar- en mí produjo lo que los leprosos en San Francisco antes del beso, amargura y repulsión. Me impresionó mucho la imagen y rápidamente me acordé de San Francisco».

Ya no vale lo que vimos hace 7 años... Tenemos que cerrar las iglesias, ¿de verdad? Nadie va a salir a seguir el ejemplo de nuestros santos...

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