Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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En Pekín

por Jorge López Teulón

Primera parte del capítulo quinto de la obra “Los hermanos coreanos” del Padre José Spillmann de la Compañía de Jesús.
Según el gran mandarín lo había previsto, así sucedió. Kim fue nombrado embajador y su hijo obtuvo permiso para acompañar a la embajada, aunque el mandarín del tribunal, La-men, levantó su voz contra este permiso en presencia del rey, y Lao-lu, el primero de los bonzos, amenazó a este con la más dura venganza de los dioses irritados. Pues era manifiesta la intención de Kim-mun de introducir peligrosas novedades y una religión extranjera contraria a la de Buda. Pero el rey, que demostraba mucha indiferencia acerca de las cosas de gobierno, era demasiado apático para revocar una orden que había dictado, pues tenía ilimitada confianza en el gran mandarín.
Solamente dijo:
-Kim-mun, no quiero pendencias con los bonzos. Tú y tus amigos, que sois ratones de biblioteca, podéis pensar como queráis, pero no habéis de tocar la religión del pueblo.
Entretanto Kim y su hijo Kim-y se disponían para el viaje. Casi más aún que su primo se alegraban Yn y Kuan.
-¡Cuánto me alegro de que vayas a Pekín! Por vida mía que te acompañaría de buena gana, sólo por ver a los sabios de Occidente y oír de su boca la doctrina del Señor del cielo; pero me contentaré con oírtela cuando vuelvas -dijo Yn-. Sin duda debemos esta dicha a la intercesión de la gran Señora, a quien Kuan y yo hemos invocado todos los días juntamente con nuestra madre. No te olvides de preguntar muy circunstanciadamente sobre todas aquellas cosas que no hemos comprendido en el libro de Tschai-pe, en especial acerca del modo de derramar el agua para que el alma sea purificada del pecado, y acerca de las palabras: “Santificarás el día del sábado” (los coreanos no dividen el tiempo en semanas; así no tienen idea de lo que es el sábado), y sobre lo que se dice en el libro del santo sacrificio y del manjar de las almas.
-No tengas cuidado -respondió Kim-y, un tanto impaciente-. Todo eso y muchas más cosas he de preguntar a los bonzos de Occidente, pues veo que en esta doctrina dificultades que tú ni siquiera puedes imaginar.
-¡No te disgustes! Es verdad que no sé tanto como tú, pero la doctrina del Señor de los cielos no es sólo para los sabios. ¿Crees tú que eran sabios los pastores a quienes la gracia de Dios llamó por medio de un ángel para que fueran al establo? Haz, pues, un viaje feliz, y tráenos el conocimiento completo de la doctrina del Señor del cielo. Todos los días oraremos, Kuan y yo, delante de la imagen de la gran Señora, por nuestro tío y por ti, hasta que regreséis de Pekín.
Así habló el niño Yn a su primo la víspera de su viaje.
Después se celebró una gran fiesta en la que, según la costumbre coreana, fueron obsequiados espléndidamente los amigos y parientes de los viajeros, y a la mañana siguiente se puso en camino la embajada. Una brillante comitiva la acompañó a través de la ciudad, desde la casa del gran mandarín hasta las puertas de la capital, y muchos la siguieron durante media jornada en su camino hacia el norte. El niño Yn iba también entre ellos, ya junto a la litera de su primo, ya junto a la de su tío. Por fin se despidió de sus parientes, no sin haber rogado por centésima vez a Kim-y que no dejara de preguntar a los sabios de Occidente acerca de su doctrina. 
La embajada continuó su camino hacia el norte. Las ligeras sillas de mano eran llevadas en varas de bambú cada una por dos hombres y andaban tan de prisa, que los soldados que acompañaban a la embajada, armados con sus espadas y sus lanzas, apenas podían seguirlos. Esta escolta era necesaria a causa de las bandas de malhechores que infestaban los caminos de Corea. Aunque la embajada era muy bien recibida y obsequiada de la mejor manera posible por los mandarines de las provincias y por las autoridades de las ciudades y aldeas por donde pasaba, el viaje, sin embargo, era muy penoso. No tardó en venir el mal tiempo, empezando a nevar copiosamente; los viajeros se abrigaban en vano con pieles y ropas calientes; a causa del frío, solían llegar rígidos por la noche a los lugares en donde habían de albergarse; mientras los criados, hechos a tales inclemencias, caminaban alegres, rápidamente, cubierta la cabeza con sus grandes impermeables. Al cabo de un mes llegaron por fin los viajeros a los confines de Corea, cuya frontera norte es el río Yalú, que estaba enteramente helado. Allí se unió a la embajada una tropa de jinetes chinos de Manchuria, quienes la condujeron atravesando montes y valles hasta que después de muchas semanas llegaron a la gran muralla de la China, y ocho días más tarde divisaron los baluartes y las torres de Pekín.


En la ciudad de Pekín, también llamada Beijing que significa capital del norte, se encuentra el famoso Templo del Cielo. Fue construido en el año 1420 y tanto la dinastía Ming como la Qing lo utilizaron para rogar por las cosechas (en primavera) y dar las gracias al cielo por los frutos obtenidos (otoño).
¡Cuán grande fue la admiración de los coreanos al ver el gentío y el movimiento de la inmensa capital de la China, la magnificencia de las numerosas pagodas budistas, y las torres singulares, en cuyas numerosas volutas había multitud de campanas y esquilones que sonaban a impulso del viento! ¡Y cuando vieron el magnífico templo de Kon-fu-tse, y fueron conducidos al inmenso palacio del emperador y entraron en sus grandiosos jardines con sus estanques y puentes, con sus escalinatas y grutas, sus pagodas y sus casitas de recreo, sus bosques y praderas de flores! En medio de tanta magnificencia casi se olvidó el joven Kim.y del principal objeto de su viaje; pero al cabo de tres días ocurrió un suceso que hubo de recordárselo.
-¿Qué pagoda tan extraña es esa? -preguntó a un empleado del Ya-men (Ministerio de Negocios extranjeros), encargado de obsequiar y acompañar a la embajada coreana.
-No es pagoda, sino el templo del Señor del cielo, que el gran emperador Kang-ki ha construido para los maestros del Occidente. La gran inscripción dorada que hay sobre la puerta, él mismo la compuso y atestigua que la doctrina de tales maestros es buena, concediendo a todos los chinos el derecho de abrazarla -respondió el empleado.
-¿Podría entrar en este templo y hablar con los sabios de Occidente? –añadió el joven.
-Sin inconveniente ninguno, mañana, pasado mañana, cuando usted quiera. Ahora no hay aquí maestros como los había en tiempo de Kang-hi. Aquéllos conocían el curso de las estrellas y de la luna y anunciaban sus eclipses, sabían construir relojes artísticos y eran sabios en todas las ciencias. Por esta razón fueron muy estimados del emperador. Los maestros que hay ahora nunca van al palacio ni hacen uso de los anteojos e instrumentos con que sus antecesores observaban las estrellas. Pero son hombres buenos y piadosos. Mañana le enviaré a nuestro intérprete a usted, si quiere visitarlos. Ahora nos están esperando el poderoso Li-hung, el primer mandarín de la manzana de oro, que preside el Ya-men.
A la mañana siguiente fue Kim-y con el intérprete a la casa de los misioneros. Eran estos franciscanos, que con vivo celo y a costa de grandes sacrificios proseguían la obra de los anteriores misioneros jesuitas. Sólo con gran trabajo pudo entender a Kim-y el hermano portero, anciano muy bondadoso; mas tan pronto como supo cuál era el objeto de la visita, corrió tan velozmente como pudieron sus cansadas piernas, a llamar al Padre Guardián y al Obispo, diciéndoles que allí estaba no sabía qué hijo de príncipe para instruirse en la religión. Pronto salió a la puerta el Guardián e introdujo al joven en la sencilla habitación del Obispo. Era este Alejandro de Govea, varón muy piadoso y celoso por la salvación de las almas. Recibió con cordial amistad al joven, quien al principio se hallaba acobardado en la presencia del sabio de Occidente. Pero las dulces miradas de su venerable rostro disiparon bien pronto el temor de Kim-y, el cual se sentó en el suelo, no quitándose, según costumbre de su país, su gran sombrero coreano. El anciano le invitó muy afectuosamente a tomar asiento en una silla, pero él le dio a entender que estaba más cómodo en aquella postura.
Con ayuda del intérprete dijo Kim-y de dónde venía y cuáles eran sus deseos. Era en extremo difícil el hacerse entender, porque el joven hablaba muy mal la lengua china, aunque entendía muy bien la escritura, pues como ya quedó dicho los signos tienen la misma significación en China que en Corea. Por esta razón hubieron de entenderse Kim-y y el Obispo por escrito, como dos mudos; cosa muy difícil para éste, a quien no era tan fácil la escritura china como la latina. Pero la alegría que experimentó el venerable prelado al ver las buenas disposiciones del joven, y ante la perspectiva de la conversión de todo un imperio, y el deseo de Kim-y de conocer y entender la doctrina del Señor del cielo, pudieron vencer todas las dificultades.
Grande fue la admiración del prelado y de los demás misioneros al saber que aquel breve escrito por los antiguos misioneros jesuitas, compuesto por el padre Johann Adam Schall von Bell, de Colonia, se había introducido, casualmente al parecer, pero sin duda, por especial providencia de Dios, en Corea, tan rigurosamente a toda novedad extranjera. Aunque ya desde la primera conversación, que se prolongó mucho, entendió suficientemente el joven las principales verdades de nuestra fe, todavía fue necesario explicarle y enseñarle muchas cosas, demasiadas para que pudiera aprenderlas en el breve tiempo que había de permanecer en Pekín.
Terminada aquella primera entrevista, le condujo el prelado a la iglesia y le explicó el significado de las imágenes que adornaban los altares y los muros. Había allí una gran cruz en la cual estaba clavado el Salvador del mundo; sus ojos parecían mirar con indecible amor al joven extranjero. Este cayó de rodillas conmovido, y, tocando la tierra con el rostro, veneró la sagrada imagen.
-Yo sé -dijo- lo que esta imagen representa: representa al Hijo de Dios, que murió por nosotros en la cruz.
-¿Y crees en Él? -le preguntó el Obispo.
-Sí, creo.
-¿Quieres, pues, ser cristiano y recibir el bautismo?
-Sí, quiero, y quiero convertir a mi pueblo a esta fe divina.
-Con la ayuda de Dios –añadió el Obispo-, pues ésta no es obra de hombres. Debes pedir a Dios que se sirva de ti para llevarla a cabo.


Después enseñó al joven las imágenes de la Santísima Virgen, de San Francisco Javier, de San Ignacio, de San Francisco de Asís y de San Antonio de Padua, cuya historia escribió en pocas palabras en una hoja de papel.
Así pasaron rápidamente las horas…
 
 
Según Santos Hernández en su artículo sobre el catolicismo en China de la enciclopedia GER el cristianismo en China ha tenido que luchar con gravísimas dificultades a todo lo largo de su historia, en la que se han efectuado tres intentos de evangelización: el de los nestorianos, introductores del cristianismo en China en el s. VII; el de los franciscanos, en el s. XIV; y el de los jesuitas y demás misioneros, desde el s. XVI hasta nuestros días.
No conocemos cuál fue el número total de cristianos de la primera época. En todo caso, para el año 1000, parece que habían desaparecido totalmente. Volverían a reaparecer en los s. XI y XII, procedentes del corazón mismo de Asia.En 1254, había nestorianos en 15 ciudades chinas, incluso antes de que fuera ocupado el territorio por los mongoles. Marco Polo, durante su estancia en China desde 1275 a 1292, encontró diversas comunidades nestorianas dispersas.
Podemos afirmar que la primera evangelización católica de China se debe totalmente a los franciscanos. El primero de ellos, Juan de Montecorvino llegó a Khambaliq en 1293, y su primer ministerio se dirigió a los nestorianos. Sobresalió la conversión del príncipe Tenduk, llamado Jorge, que hizo construir la primera iglesia católica en Khambaliq. No faltaron tampoco las persecuciones. Además de su relación con los nestorianos, Montecorvino atendía también a los paganos. En 1305 había bautizado a 6.000 chinos. Ese año pudo entrar en contacto con sus hermanos de Europa, que le daban ya por muerto o desaparecido. Sus cartas levantaron una oleada de emoción, y el papa Clemente V pidió al general de la Orden que le presentara hasta siete franciscanos que pudieran ser consagrados obispos y enviados a China. Con ellos emprendieron el viaje un buen número de compañeros. En la India fallecieron tres de ellos y algunos otros misioneros. Los demás pudieron llegar a Khambaliq entre 1309 y 1311. Allí consagraron a Montecorvino, designado arzobispo de Khambaliq, con grandes facultades y privilegios, entre ellos los de erigir iglesias y consagrar obispos. En seguida comenzó el reparto de los misioneros. En Khambaliq quedaron varios Padres y dos obispos; a otros los envió a Hangcheu, y a Tangtcheu, ésta no lejos de la actual Shanghai. Algunos se habían quedado ya de primera intención en Tsiuchow, no lejos de Cantón, con la finalidad de atender a los nestorianos por allí destacados como militares y a causa de la importancia comercial y militar de aquel puerto. Montecorvino murió en su sede en 1328.
Así pues, alrededor de 1340 todos los nestorianos ya habían aceptado la unión con Roma; serían unos 30.000. En 1352 cuando se pidieron nuevos misioneros; desgraciadamente, la decadencia por aquella época del espíritu misional, unido a dificultades internas dentro de la misma Orden franciscana, impidió su envío. A falta de personal que sustituyera a los que fallecían en China, la prometedora misión creada por estos franciscanos desaparecía. Cuando 250 años más tarde llegaron a Pekín los primeros jesuitas no encontraron rastro de ella.
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