Sábado, 20 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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¡No me da la gana! La obediencia en la Iglesia.

por Josue Fonseca

Recuerdo perfectamente la anécdota: el cardenal había decidido que todos los sacerdotes de su diócesis usasen clergyman, o por lo menos alzacuellos. Aprovechando un encuentro que tuvieron, el vicario le confesó: "mire, yo no le voy a engañar. No pienso dejar de vestir como lo he hecho hasta ahora, así que creo que es mejor que presente mi dimisión".

El hecho, me dio que pensar. La verdad es que no se si el sacerdote hizo bien o mal. También ignoro si era para él tan importante vestir traje talar o no. En todo caso de lo que no tengo duda es de que su comportamiento fue leal y coherente. Este caso, y otros muchos, me han llevado a plantearme bastantes veces el tema de la obediencia en la Iglesia. Su conveniencia, y también sus límites.

En ciertos ambientes cristianos, es verdad que la propia palabra ya produce escalofríos. Casi todo el mundo tiene una historia que contar sobre abusos, órdenes sin sentido, y demás. En algunos casos, la cosa no va más allá de la anécdota con su punto de gracia: como aquel que recuerda los "buenos viejos tiempos". Por desgracia, en otros muchos casos quedan heridas profundas, muchas veces sin curar. Queda el resentimiento contra quien o quienes utilizaron su poder, o asumieron el que la institución les otorgaba, para manipular, o, de cualquier manera obrar en contra del bien de las personas. Y eso por muy buenas o santas que fueran sus intenciones. Creo que, en nuestra sociedad, la autoridad tiene mala fama porque frecuentemente ha sido y es un instrumento de dominación de los que tienen poder sobre los que no. Y quien la ejerce, normalmente lo hace en su propio beneficio, y no en el de quien obedece.

Básicamente, podemos decir que hay una autoridad que levanta y dignifica tanto a quien la ejerce como quien está sometido a ella. Es la que se establece siempre teniendo en cuenta no "el bien de la causa", ni siquiera "el reino de Dios", sino el beneficio concreto de la persona individual. Me llamó profundamente la atención el siguiente dicho: "si una superiora debe enviar a una hermana a una comunidad que se está naufragando, sabiendo que con su presencia dicha comunidad se salvará, pero también que la hermana en cuestión quedará seriamente herida, ¡pues qué se hunda el convento!" Me parece que esta es la obediencia evangélica. Creo que esta es la que hace más grandes a los hombres.

Eso no implica que mandar u obedecer sea siempre fácil. Ni agradable. La verdad a veces es dolorosa, pero cuando se hace por el bien de la persona su fruto siempre es bueno, aunque se trate de un fruto tardío. Por lo que a mí respecta, debo decir que, en una ocasión, unas palabras duras me salvaron la vida. Y también tengo que decir que en ocasiones de especial confusión, he hablado con Dios y le he dicho: "señor, aunque he rezado mucho, no tengo ni idea de lo que tú quieres de mí en esta ocasión, así que iré a ver a X (mi director espiritual), y haré lo que él me diga, interpretando que eso será lo que tú quieres para mí". Funciona. Y da paz.

El verdadero ejercicio de la autoridad excluye la condescendencia. En una ocasión, estando en mi Colegio Mayor, discutíamos algunos estudiantes supuestamente cristianos, si las relaciones prematrimoniales estaban bien o mal (¡era hacia 1980!) Algunos dijeron: “¡vamos a preguntárselo a fulano, que está en quinto de Teología!" ¿Saben lo que les dijo fulano?, Prefiero ni comentarlo. Lo que más me fastidiaba es que daba la impresión de que no expresó lo que  pensaba de verdad, sino lo que los otros querían oír. Ese día perdió toda autoridad para mí.

También excluye el paternalismo. Un profesor me comentaba con resentimiento de su responsable religioso: "¡me trata como a un menor!" Las personas que pertenecen a la Jerarquía deben entender que la mayor parte de la sociedad ya no les concede otra autoridad más allá de sus méritos personales. Sea justo o no, es la pura realidad. También deben entender que muchos laicos formados y maduros, no van a aceptar fácilmente argumentos del tipo: "¡aquí mando yo porque soy el cura!". Leí en una ocasión que la cuestión no es tanto que dicha Jerarquía se limite siempre a mandar y el resto a obedecer, como que tanto ella como los demás cristianos escuchen bien al Espíritu Santo para saber  por dónde deben ir. Es similar a lo  que decían San Benito: “que Dios da a veces las mejores ideas a los más jóvenes” y  Moisés : “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor! (Num 11, 27-29).

Pero, obviamente, eso no quita para que las personas entiendan bien que en la Iglesia hay funciones. Y la propia Jerarquía, que no debe ser paternalista, tampoco debe permitir que el último “niño espiritual” que aparezca tenga una responsabilidad, o una posibilidad de opinión para la que no está preparado. Cuando debe mandar, debe hacerlo con sencillez y firmeza. Es absurdo cuestionar el papel que tienen aquellos a quienes el propio Señor encomendó el servicio (el servicio) de discernir y mandar.

La obediencia y la autoridad son hijas del amor. Si nos empeñamos a vivirlas en ley, finalmente todos seremos juzgados. Recuerdo el caso de expulsión de un famoso teólogo italiano de una respetada Orden. Hubo un absurdo cruce de cartas entre sus superiores y él. Ellos le pedían que acudiera a Roma. Él decía que no valía la pena. Ellos insistieron. Al final le echaron. Seguramente ambos sintieron que tenía razón: ¡se habían dado muchas “oportunidades” reciprocamente! Yo me pregunto: ¿tanto le costaba ir a él? Y, ¿por qué ellos no fueron a verle, a suplicarle, aunque fuera de rodillas, obediencia, por amor a la verdad? ¿Es exagerado? ¿Es poco digno? ¿Qué habría hecho Jesús?

Si quiero que me obedezcas, debes saber que te quiero.

Sí, en la Iglesia se dice muy poco: ¿”qué haría Jesús en esta circunstancia”? Pero ¿no es Él realmente el único ejemplo acabado de autoridad y obediencia? Creo que todos deberíamos estudiar bien cuál fue su verdadero estilo de liderazgo: lavar los pies, levantar del suelo a una adúltera, echar a los mercaderes, pagar el impuesto del templo, dar al César lo suyo, plantar cara a los jefes religiosos y políticos, obedecer al Padre hasta la muerte.

Yo le pido al Señor que me enseñe a ser obediente. Y valiente, por tanto.

 

 

 

 

 

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