Jueves, 19 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Del médico eutanasiador que no quería ser eutanasiado

por Luis Antequera

 
            Ante la distancia tan pequeña a la que hemos estado (y podemos volver a estar) de que en España se apruebe una ley de eutanasia, aunque ante el desprestigio en el que la palabra ha incurrido, el nombre nunca será éste, me propongo traer a estas líneas los casos más escalofriantes que me encuentro en el libro “Seducidos por la muerte”, del norteamericano Herbert Hendin, del que ya les he hablado alguna vez, cuya reseña en cualquier caso, hallan Vds. a pie de página.
 
            Vamos pues, con nuestro relato del día: hoy... "El médico eutanasiador que no quería ser eutanasiado".

            Ocurrió en Holanda, paraíso del suicida y del eutanasiador. Lo relata una vez más Herbert Hending(1):
 
            “La doctora Johanna Groen-Prakken, psicoanalista y defensora de la eutanasia y miembro de la NVVE [siglas holandesas de Sociedad holandesa por la eutanasia voluntaria], me dijo que estaba preocupada porque muchos médicos no se dan cuenta de hasta qué punto puede variar el estado de un paciente durante el tratamiento. Tras una colostomía, necesaria tras detectársele un cáncer de colon, su propio tío, un médico retirado, cayó en una grave depresión, dejó de comer y le pidió que le ayudara a suicidarse. Ella le dijo que siempre habría tiempo para suicidarse, pero que primero tenía que recuperar su salud, e hizo que le trasladaran del hospital a una residencia más agradable. Cuando le visitó en la residencia días después estaba fumándose un puro y ya no hablaba de suicidarse. Dos años más tarde tuvo metástasis. Pero ahora, en vez de querer que le ayudaran a suicidarse, lo que le preocupaba era la eutanasia involuntaria(2). Tenía miedo de que sus familiares le dieran pastillas para acelerar su muerte y hacerse así con la herencia. Sus familiares le aseguraron que todo lo que querían de él era que siguiese vivo. Así pues, a lo largo de su tratamiento, ese hombre había pasado de desear una muerte inmediata a temer que se le privara de morir de forma natural”.
 
            Más allá de la desgarradora historia que no precisa de mayor comentario, llama mi atención un pequeño argumento semiescondido en ella. Es el hecho de que una médico que se declara pro-eutanasia sea la que convence al paciente, médico igualmente eutanasista que ha aplicado la eutanasia a multitud de enfermos, de no pedirla, cosa que sólo hace guiada … ¡por el cariño que le une con su tío! Como si lo que es bueno para uno y los suyos no lo fuera para los demás.
 
            Esta es la primera paradoja, pero no la última, porque aún hay otra más aleccionadora. Y así, resulta que cuando el médico eutanasista se ve enfermo por segunda vez, a los más teme y de los que con mayor preocupación se protege para que no le apliquen la eutanasia en la que ya no cree pero que tantas veces aplicó él a los demás, es, precisamente… ¡¡¡de sus hijos!!! ¿Pero no habíamos quedado en que de la primera eutanasia se salvó, precisamente, gracias al afecto que le profesaba un familiar? Entonces, ¿por qué tiene miedo ahora de otro familiar, por demás más próximo?
 
            Piensen Vds. un poco, porque la cosa tiene respuesta… y fácil. Es que el primer pariente era simplemente una sobrina, que le profesaría un amor más o menos grande, más o menos sincero, pero que en cualquier caso
 
            a) no iba a tener que correr con los cuidados del tío, más allá de lo que constituye el ejercicio de su propia profesión de médico, ni costearlos;
 
            b) de la muerte del tío, para la sobrina no deriva beneficio alguno.
 
            Dos circunstancias que, sin embargo, son diametralmente opuestas cuando de los hijos y no de una sobrina se trata, ya que éstos
 
            a) sí están, incluso en los tiempos deshumanizados que corren, medianamente obligados al cuidado del padre inválido, y desde luego, a costear los tratamientos o cuidados que precise;
 
            b) son, después de todo, los grandes beneficiados de la muerte del interfecto, una muerte que para ellos implica, tanto la eliminación de un coste, el del tratamiento y cuidado de los que hablamos arriba, como la gran oportunidad de una herencia.
 
            ¡Fíjense Vds. la clase de intereses que se ventilan en un proceso de eutanasia, muerte digna o llámenle Vds. como les plazca!
 
            No puedo sino terminar con el mismo epílogo que ya le puse al artículo que titulé “De la monja eutanasiada contra su voluntad en Holanda”: no entiendo, la verdad, como nadie, por moderno y progresista que se considere a sí mismo o que desee que le consideren los demás, puede simpatizar con comportamientos como el aquí relatado. Porque en Holanda, pero también en muchos lugares del mundo que no son Holanda, y en España también, son muchos los que lo hacen. Eso sí: hasta que les toca a ellos. Entonces la cosa cambia.
 
 
                (1) Escrito en 1997 (y no se pueden Vds. imaginar lo que ha llovido desde entonces en lo relativo al tema) y publicado en español por Planeta en el año 2009. Para ponerles a Vds. en antecedentes, Herbert Hendin es consejero delegado y director médico de Suicide Prevention International y catedrático de psiquiatría en el New York Medical College. En la resolución judicial que sentó precedente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos por la que se afirma que no existe el derecho constitucional al suicidio asistido, se citan los estudios de Hending en la materia, entre los cuales, el libro que les acabo de reseñar a Vds. y que me dispongo a citar ahora.
                (2) Más correcto sería llamarla “eutanasia anti-voluntaria” o “eutanasia contra voluntad”, involuntario es lo que se hace sin querer, anti-voluntario es lo que se hace contra la voluntad expresamente indicada, que es de lo que en este caso hablamos.
 
 
            ©L.A.
            encuerpoyalma@movistar.es
 
 
 
 
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