Sábado, 31 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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XXV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Reflexiones homiléticas

  1. Introducción

En la primera lectura del profeta Isaías, aparece la llamada a conversión al hombre. Ni el hombre se puede convertir sin la fuerza de Dios que le atrae, ni Dios convierte al hombre, si él no cree y acoge este don en su corazón. De cualquier forma, los designios del Señor superan siempre la pobre razón humana, porque siempre sorprenden y abundan en la misericordia.

Pablo en su carta a los Filipenses expresa su deseo de partir, hacer la pascua definitiva para estar en la presencia del Señor, pero también nota la necesidad de continuar su misión evangelizadora por el bien de todos los hijos y hermanos en la fe que Dios le ha confiado a su ministerio apostólico.

En el evangelio de Mateo encontramos una “trilogía” –digámoslo así, inspirándonos en los recursos de algunos autores literarios o realizadores cinematográficos–, sobre el reino de Dios que tienen como escenario o paño de fondo una viña donde se desarrollan las reflexiones del Señor. Las tres historias presentan las siguientes temáticas: la gracia de Dios que supera nuestro sentido de justicia (1. Parábola de los trabajadores de la viña); el drama de la libertad humana a la iniciativa divina (2. Parábola de los hermanos); y el desenlace terreno de Jesús a través del misterio pascual (3. Parábola de los viñadores homicidas). La liturgia de la Iglesia en este día nos coloca ante la primera parte de este tríptico evangélico, por consiguiente, la puerta que nos desvela la acción divina en la trama en el devenir humano y en la historia de la salvación.

  1. Evangelio

Esta es otra de esas parábolas de Jesús que sorprenden o dejan un poco desconcertados a sus oyentes. El reino de Dios se compara al propietario de una viña que salió a contratar desde el amanecer, unos jornaleros para trabajar y con ellos concordó el pagamento de un denario, pero a lo largo del día hasta un poco antes de terminar la jornada llamó a otros trabajadores. El giro temático de la parábola se da en el momento en que el capataz debe pagar el sueldo, porque empezando por los últimos que fueron contratados, a ellos se les paga el mismo valor que había determinado el amo con los primeros, y al ver esto, los que fueron llamados desde el inicio creen que van a ganar más dinero, pero esto no sucede: miran atónitos como el sueldo que reciben es la misma cantidad que se ajustó con ellos. Por esta razón protestan exigiendo al amo por haber actuado de esa forma, ya que se sintieron tratados con injusticia, pero el dueño replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.

Esta parábola nos puede parecer pedagógicamente muy creativa, y fruto de un exceso de la imaginación por parte de Jesús de Nazaret, pero no es tan ilógica como parece. En el hemisferio norte, la uva madura a finales de septiembre y con la llegada de las lluvias al inicio del otoño era fundamental acabar la vendimia cuanto antes, para que no se echase a perder; y en la época de Jesús existía esa costumbre, por eso cuantos más jornaleros se contratasen para el trabajo el resultado de la cosecha sería mucho mejor. En las plazas de los pueblos se encontraban los hombres con sus herramientas para trabajar, estos jornaleros dependían de estas diarias de trabajo para sobrevivir, eran con el grupo de los pastores los miembros más pobres de la sociedad y, por ende, los más insignificantes, porque hasta los siervos y esclavos tenían garantizada la comida y el sustento personal en las respectivas familias a las que pertenecían, obviamente según sus diversos niveles económicos.

En esta comparación del Señor aparece una historia que no tiene nada que ver con la llamada justicia distributiva, es la bondad divina, su misericordia que sobrepasa la mezquina concepción humana de lo que parece justo e injusto. Además, la razón especial de la protesta de los jornaleros que fueron contratados desde el amanecer no está basada solo en criterios de justicia, sino en la envidia como aparece en la pregunta final del amo a estos trabajadores: “¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

Es la misma situación descrita –en la infelizmente– llamada parábola del hijo pródigo, ya que los trabajadores que protestan son como el hijo mayor que está en la casa de su padre, pero piensa y actúa como un siervo, murmura por la acogida gozosa que ha recibido su hermano menor, lo juzga y por eso se excluye del ambiente familiar. De hecho, los jornaleros reclaman porque –a pesar de haber sido contratados por un salario preestablecido– han trabajado, o mejor, dicen ellos: “hemos aguantado el peso del día y el bochorno”, o sea, no se han sentido como colaboradores del dueño de la viña, creen que merecen más, olvidando que el hecho de haber trabajado y el salario recibido ya es una gracia. Además, no se han alegrado por la suerte de sus compañeros que también estaban necesitados, llenos de envidia han rebosado sus juicios e ingratitud.

  1. Actualización catequética

En esta curiosa parábola, el Señor nos denuncia y exhorta de la siguiente manera:

Primero, es una fuerte denuncia –como aparecerá en otras parábolas que tienen como tema de fondo la viña– a los judíos, por tanto, el pueblo de la Alianza, porque ellos rechazarán a Jesús como enviado de Dios, y por eso miran con desdén a los paganos. A respecto de esto dice el Señor: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Esta palabra se cumple cuando la Iglesia que da sus primeros pasos, empieza a crecer y expandirse por todo el Mediterráneo a través de la predicación de los apóstoles, especialmente de la actividad itinerante de San Pablo. De hecho, en las primeras comunidades surgieron muchos problemas por esta cuestión: el desprecio de los judíos a los gentiles que acogieron el Kerigma y se convirtieron a la fe. Sin embargo, tal vez hoy en la vida de la Iglesia no sea diferente…

Segundo, es una advertencia a los discípulos y a los cristianos de cada época, ya que si hemos tenido la gracia –más que un privilegio– de hacer parte de la comunidad del Reino desde el principio o antes que muchos, es por pura misericordia divina y por eso no podemos pensar que tenemos un honor especial o el derecho de ocupar un lugar de destaque en el seno de la Iglesia. Otros son llamados en diversos momentos de la historia y para Dios todos somos importantes. En el drama de la pasión del Señor, un criminal –que como dice san Agustín robó mucho a lo largo de su vida– consiguió por su humildad arrebatar (robar) la misericordia de Dios a Cristo que padecía en la cruz, y este hecho impresionante lo logró diciendo: “Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino”.

Finalmente, esta parábola nos habla del consuelo de Dios, quiere decir que no importa en qué momento abrazamos la fe, ya que lo relevante es que hacemos parte del reino en la vida de la Iglesia. Recordemos lo que dice el libro del Apocalipsis en la descripción sobre la ciudad santa, ya que es una construcción que tiene doce puertas: algunas están hacia el Este, que es por donde amanece –hay personas que entran en la aurora de sus días en la comunidad cristiana, o sea, tal vez fueron preservados y recibieron la fe que fue transmitida en la familia– y otras hacia el Oeste, que es por donde se pone  el sol –porque hay hermanos que acogieron la predicación en la adultez o en el ocaso de su vida, y a pesar de los pecados y miserias tienen el mismo valor ante Dios–.

También es oportuno hacer una breve reflexión a partir de esta parábola, inicialmente sobre la envidia y por otro lado de la gracia de Dios. Tal vez no se tenga esto muy en cuenta, pero este vicio o “rama de la malicia”, como decían los Padres del desierto, forma parte con el orgullo de las raíces del pecado original, por eso dice el sabio: “por la envidia del diablo entró la muerte (el pecado) en el mundo” (Sb 1,13). La envidia es un pecado capital que oscurece el alma del hombre, pero en el plano de la fe también pretende destruir los dones y carismas que Dios concede a los diversos miembros de la comunidad cristiana. Dios actúa de modos y formas que solo Él conoce y siempre en función del bien del hombre, todos somos diferentes, pero también todos somos agraciados en su amor y condescendencia. En definitiva, debemos decir con humildad: ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el comportamiento de Dios o para limitar el ejercicio de su libertad inclinada siempre para hacer el bien de sus criaturas?

Por otro lado, el sueldo de la parábola es una imagen del don inmerecido que Dios nos concede, o sea, es más un regalo que un estipendio, todo lo que recibimos de Dios es una gracia absoluta. Nunca podríamos merecer lo que Dios nos da, es todo gracia, eso nos consuela y fortalece en la fe. Ya hemos recibido todo de parte de Dios: su amor gratuito, infinito e incondicional gracias a la Encarnación, Muerte y Resurrección de la Palabra hecha carne, Jesús de Nazaret.

¡Dios nos entregó a su único Hijo que dio la vida por nosotros, siendo malvados y pecadores! Además, en Él nos ha dado el don de la Palabra (luz para nuestros pasos que nos exhorta, denuncia y anima); el don de la Iglesia (la comunidad en la que crecemos en la fe y nos alimentamos de los bienes sobrenaturales); el don de la virtud de la fe que nos permite creer (la luz que da sentido a nuestra vida); el don de los sacramentos (antídotos contra la muerte que nos divinizan) y el don de la esperanza en la vida eterna (la ancla que nos permite permanecer firmes en las zozobras de la travesía de este mundo).

El tema de esta parábola en las estructuras sindicalistas –en general movidas por ciertas ideologías–, sería rechazado de forma inmediata, pero también nosotros nos preguntamos: ¿Dónde queda el sentido de la justa recompensa y el mérito personal?  Sin embargo: ¡Cuántas sorpresas nos llevaremos en el cielo! –¡si Dios nos permite entrar en su morada!–, al ver a tanta gente que, según nuestros criterios mundanos y carnales gozan en la presencia del Señor, ya que pensábamos que no podrían hacer parte de la beatitud en la vida eterna.

¡Alegrémonos por hacer parte de la Iglesia! ¡Regocijémonos siempre porque Dios continúa atrayendo hombres y mujeres a la vida cristiana!

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