Miércoles, 26 de febrero de 2020

Religión en Libertad

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10 h del 27 de noviembre, en la cárcel madrileña de Ventas

por Jorge López Teulón

Explica José Antonio García-Noblejas en su artículo “El gran holocausto de Paracuellos del Jarama”: “la extrema gravedad del crimen continuado en los días 6 a 8 de noviembre tampoco pasó desapercibida para los diplomáticos extranjeros en Madrid, que puestos en movimiento, investigaron los hechos y protestaron con energía ante la Junta de Defensa. Entre los diplomáticos, siempre respaldados por su decano, el Embajador de Chile, Aurelio Núñez Morgado, hemos de destacar por su eficacia, tenacidad y energía al Encargado de Negocios de Noruega, Félix Schlaver, alemán de nacionalidad; tras conseguir la presencia de la Cruz Roja Internacional, Schlayer con el Doctor Henny se trasladaron a los campos de muerte, excavaron, obtuvieron fotografías y testimonios, visitaron las prisiones y a la Junta de Defensa.

A causa de la intervención diplomática, por temor a un escándalo mundial, se interrumpieron por entonces las sacas y matanzas y los presos que quedaban en la Modelo, unos 5.000, fueron evacuados entre los días 14 y 16 de noviembre a las prisiones de Porlier, San Antón y Ventas. Breve paréntesis, porque reanudaron la sangrienta tarea en Porlier el día 17 y no la interrumpieron hasta el 4 de diciembre. En ese día, en el que el nuevo Delegado de Prisiones de Madrid, el sevillano Melchor Rodríguez, anarquista, hombre de energía, de gran corazón y sentimientos humanitarios -si bien desgraciadamente no exento de antecedentes criminales  jefe del grupo “Los Libertos”- cortó radicalmente las sacas”.
El artículo completo puede leerse en:
Julio Sierra Blanco, miembro de la Hermandad de Nuestra Señora de los Mártires de Paracuellos, en 1986, escribió una breve confesión recordando un dramático episodio de su paso por la cárcel de Ventas. Podéis leer su testimonio completo en:
27 de noviembre de 1936. Diez de la mañana. Madrid. Cárcel de Ventas (bajo estas líneas, interior de la prisión) sita en la calle del Marqués de Mondéjar.

En el pabellón denominado sótano tercero derecha de la cárcel citada anteriormente, nos encontramos setenta y tres presos, hombres de toda condición social... militares, catedráticos, funcionarios públicos, médicos, soldados, campesinos, obreros, estudiantes, etc. Entre los setenta y tres hombres se encuentra el que suscribe estas breves líneas, Julio Sierra Blanco, un chaval de 17 años recién cumplidos. Tenía este chaval cierta experiencia en hacer quiebros a la muerte. El primero en el entierro de D. José Calvo Sotelo, cuatro meses antes; el segundo en el Cerro de los Ángeles en cuya cripta reposan los cinco mártires fusilados el 23 de julio de 1936 (Justo, Fidel, Blas, Vicente y Elías).
Cuando tomaron la determinación de quedarse en el Cerro para prestar una relativa defensa a las monjas que residían en el Monasterio, yo di un paso al frente con los cinco, pero Dios no me admitió, y con cierto descontento, me vi obligado a regresar a Madrid. Esto ocurrió el segundo domingo del mes de julio de 1936 durante el retiro que teníamos todos los segundos domingos de cada mes. Dios no me consideró con los suficientes méritos para tanta gloria.
Volvamos a la cárcel de Ventas el 27 de noviembre de 1936, día de la festividad de la Medalla Milagrosa. Sobre las 10 de la mañana entraron en el departamento un grupo de milicianos rojos. No voy a descubrir su aspecto de bestias salvajes, ávidos de sangre, lo dejo a la consideración de los que tengan la curiosidad de leer estas líneas. Con el mayor disimulo y cautela, salí del departamento porque presentí que aquellos milicianos no venían a obsequiarnos con unas flores. Me fui a visitar a uno de tantos compañeros de la juventud de la Milagrosa que estaban en otras dependencias de la cárcel, entre ellos el Rector de la Basílica de la Milagrosa, de Madrid, y varios frailes y hermanos del convento de García de Paredes a los que conocía y con los que me unía mucha amistad.
Al regresar a mi dormitorio, sobre las doce de la mañana y una vez comprobado que se habían marchado aquellos milicianos, comprobé que mis compañeros estaban preocupados, aunque eso sí, absolutamente serenos. Los habían formado, invitándoles a salir en libertad si se comprometían a enrolarse en una unidad militar para defender la República en el frente. No hubo paso al frente. Eran setenta y dos hombres con honor.
Después de los insultos y amenazas que cabe suponer les ordenaron que en grupos de 15 fueran a un determinado despacho cercano a la dirección del establecimiento a declarar. Cumplieron la orden y se celebró el juicio sumarísimo más increíble que se puede imaginar. La mesa del despacho en el centro, estaba ocupada por tres hombres. Entra el preso. Las preguntas fueron, por lo general, las siguientes. ¿Nombre?, edad, profesión, estado civil, eres católico, falangista, requeté, de la CEDA, vas a misa los domingos, crees en Dios y alguna otra más por el estilo. Duración, tres minutos. Naturalmente sin testigos sin fiscal, sin pruebas, absolutamente nada de lo que exige la norma elemental del derecho.
Pasados los tres minutos, un cuchicheo entre los tres “jueces” y en la relación que tenían a su alcance, al lado del nombre y apellidos del preso, una “equis”. El significado de esta equis es una condena a muerte aquel día. Así de sencillo, así de trágico y así de glorioso. Puedes retirarte. Que pase otro.
Hubo treinta y ocho “equis”, es decir treinta y ocho condenas a muerte aquel día. El procedimiento se repitió varios días más con otros compañeros de los departamentos contiguos hasta que Melchor Rodríguez, recién nombrado Director General de Prisiones, cortó los fusilamientos. Como antes he dicho, regresé a mi departamento cuando ya se habían marchado aquellas gentes. No comprobaron que en colectivo de la unidad penitenciaria faltaba uno; era yo.
La sentencia se cumplió en la madrugada siguiente, la del 28 de noviembre en Paracuellos de Jarama. Cuando sobre las tres de la madrugada nos formaron en la sala y leyeron la lista de los treinta y ocho que habían sido condenados a la última pena, la serena aceptación del momento, la fe en Dios y la hombría de bien, fueron las notas características de la situación. Nos abrazamos. La despedida más usual fue la palabra eternamente viva de adiós. En el fondo de nuestras almas, en las de ellos y en las nuestras quedó visiblemente marcada otra palabra de despedida hasta el Cielo.

En un rincón de la sala dormíamos en tres petates colocados en línea nueve muchachos; la mayoría de los otros eran soldados de Campamento. Los ocho que me acompañaban por las noches volaron al cielo; a mí me tocó la peor parte, la de quedarme en este valle de lágrimas. Dios lo dispuso así, bendito sea.
Han pasado más de cincuenta años de aquel holocausto. Todos los primeros domingos de cada mes voy a oír la Santa Misa por ellos al cementerio de Paracuellos de Jarama en un acto organizado por la Hermandad de Familiares. Se tiene la certeza de que murieron en aquel lugar durante los meses de octubre y noviembre de 1936 alrededor de diez mil españoles. No llega al centenar de personas las que acudimos todos los meses a este encuentro con nuestros mártires. Que Dios reparta mucho perdón por tanto olvido”.


 
Que Dios te lo pague
El último testimonio de este día nos lo ofrece Antonio Jambrina, que publicó un libro titulado “Memorias de mis años Oblatos”. Jambrina conserva una carta, escrita el 24 de diciembre de 1987, por el Padre Juan José Cincunegui, oblato de María Inmaculada. En ella, el religioso recuerda que:
 “Corría el trágico mes de noviembre de 1.936, mes de los mártires de Paracuellos… y os voy a contar una anécdota singular:
No todos los que fueron a Paracuellos para ser fusilados, perecieron en este intento de asesinato general. Las “sacas” continuaron en todas las cárceles de Madrid desde aquel fatídico 7 de noviembre en que comenzaron. El 27 de noviembre, festividad litúrgica de la Milagrosa, comenzaron a bajar, en la cárcel de San Antón, a los que iban a ser fusilados, entre ellos el comediógrafo Pedro Muñoz Seca. Entre los sentenciados y llamados estaban los 15 oblatos que había en la cárcel de San Antón. A eso de las once de la noche salió la primera expedición de dos autocares con unos sesenta presos, atados de dos en dos”.
Entre los expedicionarios salieron los oblatos P. Delfín Monje y el hermano Juan José Cincunegui Sarasola. Eran los últimos de la lista que embarcó para Paracuellos. “-Suban a los autos”, escribe el P. Juan José.
“Nos fuimos subiendo y cuando estábamos dentro nos ataron el brazo de uno con el brazo de otro, dos en cada asiento. Cuando todo el grupo ya estaba dentro de los autobuses, uno de los jefes de los milicianos dijo: "-Salgan hacia Alcalá de Henares", y salimos; al llegar a Paracuellos el que mandaba a los que conducían los coches tocó un pito y dijo: “alto aquí”.
Unos milicianos se alejaron unos cincuenta metros y empezaron a conversar; no oíamos lo que hablaban. En este preciso momento llegó a donde estábamos los presos un escuadrón de caballería de militares que iban para Madrid.
El jefe que iba al frente, dijo: “alto”; y dirigiéndose a dos milicianos les preguntó:
“-¿Quiénes son éstos?”.
“-Son presos”, le contestaron los milicianos.
“-¿Presos, aquí y a estas horas? ¿Qué hacen con ellos?”, volvió a preguntar el jefe de caballería.
Allí se encuentra un camarada que está hablando con aquellos compañeros. El jefe se apeó de su caballo y se acercó al grupo que estaba dialogando. Ya no pudimos oír nada de lo que hablaban. Como a unos cinco minutos volvieron todos hacia los autobuses y el que sin duda hacía de jefe dijo: “-Sigan adelante”.
Y salimos hacia Alcalá a donde llegamos como a la una y media de la noche del 27 al 28 de Noviembre, día de la Milagrosa, patrona de las Hijas de la Caridad, en las cuales yo tenía tres tías y una hermana. En Alcalá nos metieron en la prisión militar y allí estuvimos, yo dos meses más y el Padre Monje quedó todavía en prisión”.
Hasta aquí el testimonio del Oblato. Jambrina continua refiriendo en su artículo que “las tres tías y la hermana de Juan José, desde el primer día de la guerra, habían hecho la promesa de ofrecer a la Virgen Milagrosa todos los sacrificios del día, todas las oraciones, rosarios, misas y comuniones por la liberación de Juan José. Cada semana se turnarían en esta oración continua. Finalizaba el día de la Milagrosa y Ella, sin duda, accedió a la petición de las orantes: Cuando Juan José y sus compañeros esperaban en la ladera de Paracuellos el disparo de las ametralladoras, hizo acto de presencia un capitán de caballería con su escuadrón, quien ordenó a los asesinos conducir a la cárcel de Alcalá de Henares a aquel puñado de patriotas cautivos.
¿Quién era ese capitán? Lo más probable es que jamás lo sepamos. Yo creo recordar que en el frente de Somosierra y comarca de Buitrago hubo algún sacerdote que tuvo que huir de su pueblo donde nadie le ofreció cobijo y deambulaba por los montes comiendo lo que la naturaleza le ofrecía, hasta que un día del mes de septiembre un capitán de caballería, jefe de un destacamento que procedía de Valencia encontró al fugitivo. Al interrogarle y darse cuenta de su personalidad ordenó a un sargento que, con la debida garantía, entregase al sacerdote en la Dirección General de Seguridad. Muchas veces me he preguntado si el que salvó a este sacerdote fue el mismo capitán que salvó del asesinato en Paracuellos a Juan José, al P. Delfín Monje y a cincuenta y ocho presos más de la cárcel de San Antonio. Mas lo cierto es que los que esperaban la muerte inmediata, a su voz de mando emprendieron el camino de regreso a la carretera general, y ya en ésta tomaron rumbo a Alcalá de Henares, a cuya prisión militar llegaron a altas horas de la noche del 27 al 28 de noviembre.
En la madrugada del día 28 del mismo mes y año, en la expedición que iba Pedro Muñoz Seca, sacaron de San Antón a los trece oblatos que esperaban allí y fueron todos asesinados en Paracuellos. El Dios de Misericordia habrá, sin duda, premiado con largueza a aquel capitán insigne, pues para Él ni un pensamiento, ni un gesto, ni un vaso de agua quedan sin recompensa.
Donde quiera que estés y quien quiera que seas, que Dios te lo pague, capitán”.
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