Jueves, 29 de julio de 2021

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Adultos quemados y alejados ¿Por qué?¿Qué hacer?

Adultos quemados y alejados ¿Por qué?¿Qué hacer?

por Néstor Mora Núñez

Les traigo tres interesantes párrafos de la primera entrevista al Cardenal Scola, arzobispo de Milán, tras su llegada a la Archidiócesis ambrosiana: 

En la homilía de su entrada en Milán habló del “oficio de vivir” que aplasta a los hombres y mujeres de las generaciones intermedias: “Me preocupa que las generaciones intermedias –responde–, de los 20 a los 60 años, hayan desaparecido de la vida eclesial y a menudo de la civil, porque están presionadas por el afán de la vida cotidiana, de los ritmos de trabajo, por las heridas afectivas”. 

“Estas personas no son contrarias a la fe –explica–, pero no ven que haya una relación de su existencia con esta. Esta es la razón por la que la acción de la Iglesia debe realizarse en los ambientes de vida, entre las personas. La parroquia es el eje central, porque es la ´iglesia´ entre las casas, pero no podemos esperar a que las personas llamen a nuestra puerta”. 

Quien más se resiente por la perspectiva a corto plazo de esta sociedad son los jóvenes, inquietos, ´indignados´ y a veces incluso enfadados. “Cuando me reúno con ellos –concluye el cardenal Scola–, me ha sucedido muchas veces en un periodo breve de tiempo, destaco cómo todos les dicen que son ´el futuro´, pero esto no será posible si no son el presente. Esto exige educación, que consiste en la transmisión a los jóvenes del sentido cumplido del vivir. Pienso que la escuela y la universidad deben ser consideradas en términos no sólo de reforma estructural, sino de concepción. La relación con el mundo laboral, por tanto, no puede ser puramente instrumental: la educación está dotada de un valor en sí misma, que está antes de la funcionalidad del resultado escolástico. Aparte de este amplio horizonte, todos los discursos dirigidos a los jóvenes suenan demagógicos”. (Cardenal Scola, Zenit)

 

Creo que todos conocemos el esfuerzo pastoral que la Iglesia realiza con niños y jóvenes. La razón es evidente: ellos son el futuro. 

Pero ese futuro no termina de fructificar y el Cardenal Scola busca razones. Entre los 20 años y los 60, los fieles tienden a desaparecer de las parroquias. ¿Por qué? Mons. Scola señala que a partir de los 20 años es cuando empezamos a tomar las riendas de nuestra propia vida. Nos introducimos en la vida laboral y fundamos una familia. La vorágine vital nos envuelve y no nos suelta hasta que nos jubilamos, entorno a los 60 años. ¿Por qué parece innecesaria la Iglesia en estos 40 años de nuestra vida? 

Volvamos la vista hacia la etapa de catequesis y acompañamiento infantil y juvenil. El Cardenal Scola nos dice que cuando se acerca a estos jóvenes se da cuenta que no quieren ser tratados como futuro, sino como presente. Ahí esta esa sensación de demagogia que en el párrafo final reseña el Cardenal. Los jóvenes necesitan ser parte activa de la comunidad cristiana y sentirse útiles dentro de la vida parroquial. 

Tras el acompañamiento e interés que suscita la etapa juvenil, cuando la vida adulta se nos echa encima, parece que la Iglesia deja de interesarse por nosotros. ¿Por qué? Siguiendo las pistas dadas por el Cardenal Scola, diríamos que ya no somos futuro, somos presente. El interés y oferta pastoral decrece al mismo tiempo que las complicaciones vitales crecen de manera más que evidente. En esta etapa, la Iglesia no llama a nuestra puerta con la misma insistencia que cuando éramos el futuro. Aparte de la perdida de interés pastoral, la etapa de formación profesional o universidad es especialmente aséptica a la Iglesia. 

¿Entonces que pasa? Nos encontramos con que ser presente termina por hacernos sentir que somos pasado. No crean, hasta hace una década hubiera afirmado sentirme pasado e innecesario en la Iglesia. Ahora no. ¿Por qué? Porque en un momento entendí que la Iglesia no es algo externo a mi, sino que yo soy Iglesia. Tomé conciencia de lo que significa ser presente. No tengo porqué esperar a nadie me mueva, me busque o me ofrezca entretenimiento. Yo soy capaz de moverme, aportar, trabajar y mejorar mi entorno eclesial. 

Curiosamente Internet fue un factor decisivo para cambiar mi entendimiento de la Iglesia. La red es un medio transparente que permite ser cristiano activo con mucha más sencillez que los entornos reales. En el nuevo continente virtual, los adultos somos mucho más que generadores de los nuevos futuros, que son nuestros hijos. ¿Por qué en lo entornos parroquiales no ocurre lo mismo? Es una pregunta para reflexionar. 

Es evidente que el trabajo pastoral con niños, jóvenes y ancianos es muchos más fácil que con adultos llenos de problemas y preocupaciones. Es evidente que los grupos de adultos son complicados y muchas veces no dan frutos de presente. ¿Por qué? Permítame aventurarme a dar algunas razones para que esto sea así. 

Creo que parte del problema proviene de una formación cristiana parada en la etapa en que éramos futuro. Seguimos esperamos que la Iglesia nos mueva y nos resuelva nuestros problemas vitales y eso no es sencillo ni viable. Por ello no somos capaces de ser presente y generar dinámicas eclesiales por nosotros mismos. Nos sentimos incapaces, nos sentimos pasado. Esto se sustancia en una frase muy habitual: estamos quemados, bloqueados y nos alejamos de la Iglesia ¿Por qué? 

Dice el cardenal Scola: “Estas personas no son contrarias a la fe, pero no ven que haya una relación de su existencia con esta. Esta es la razón por la que la acción de la Iglesia debe realizarse en los ambientes de vida, entre las personas. La parroquia es el eje central, porque es la ´iglesia´ entre las casas, pero no podemos esperar a que las personas llamen a nuestra puerta”. 

¿Por qué los adultos no vemos la relación entre Fe y su vida? En gran parte se debe a que no hemos sido capacitados para ejercer como presente eclesial. No nos hemos integrado en la parroquia al llegar a la edad adulta y nos sentimos innecesarios.

¿Por qué los adultos no nos integramos de forma dinámica en al comunidad parroquial? Se suele decir que no tenemos tiempo, pero es evidente que sí tenemos tiempo para otras mil cosas.  Nos entendemos a nosotros mismos como cristianos pasivos que esperan ser movidos y los lastres vitales que llevamos encima no hacen nada fácil movernos. Todo esto se acentúa por el desconocimiento de la Iglesia como comunidad en la que todos participamos y somos necesarios. 

Este problema hay que abordarlo desde todos los frentes. Concuerdo con el Cardenal Scola en que la escuela, sobre todo las etapas secundaria y de capacitación profesional y la universidad son cruciales. Entrar en estos ámbitos es un reto y una oportunidad que la Iglesia debería aceptar con un compromiso serio. Cuando los jóvenes se integran en los estudios universitarios o profesionales, pierden el tenue hilo que les unía a las parroquias. Es necesario que la Iglesia esté allí, les acompañe y les haga parte activa y necesaria de la comunidad. 

La formación de grupos parroquiales de adultos que vivan su fe de manera dinámica, es otro reto. Pero para ello hay que capacitar de forma previa a los adultos en muchas competencias que en la etapa juvenil se dejaron de lado. En estos grupos, la catequesis de diálogo es importantísima, ya que permite entroncar la vida cotidiana con la Fe. El testimonio compartido nos permite tener consciencia de que todos estamos en la misma barca y tenemos que remar unidos en la misma dirección. A lo mejor el mejor lugar de reunión no es siempre la parroquia. Se pueden realizar reuniones en los domicilios particulares, siempre que no se pierda la imprescindible unión con la comunidad parroquial. También son necesarios catequistas expertos y eso es complicado de conseguir de un día para otro. 

Termino con este párrafo de la entrevista: Esta es la razón por la que la acción de la Iglesia debe realizarse en los ambientes de vida, entre las personas. La parroquia es el eje central, porque es la ´iglesia´ entre las casas, pero no podemos esperar a que las personas llamen a nuestra puerta.

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