Lunes, 15 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Tarde del 15 de agosto, por las calles de Málaga

por Jorge López Teulón

Beato Francisco Míguez Fernández, SDB
Nació en Santa María de Corbillón (Orense), el 9 de febrero de 1887, siendo bautizado al día siguiente. Sus padres eran agricultores, y se llamaban José y Rosa. Tras haber hecho dos años de latín en el Seminario Conciliar de San Fernando de Ourense, ingresó en el Colegio de la Trinidad de Sevilla de los Salesianos, haciendo allí el noviciado. Pasa por Alicante, Sevilla, Écija y Málaga, donde se ejercita como consejero, catequista, confesor y encargado de las escuelas externas.
Destacó por la virtud del trabajo, la piedad y una gran sencillez, fruto de su humildad, que parecían en él naturales. Era conocido en toda Málaga por su incondicionada consagración al apostolado. Había organizado un oratorio festivo modelo, una excelente banda de música y otras de cornetas y tambores. Tenía tal dominio sobre los niños, que con sola su presencia los electrizaba. A los niños les obsequiaba con ropas y comidas a menudo. Su consigna se podía sintetizar en este lema: “Todo por los niños”. Era un hombre serio en el cumplimiento de su deber, que jamás se dio importancia, a pesar de la gran labor que hacía.
 
En Málaga estalla la guerra
El 18 de julio de 1936, el alzamiento militar que el general Franco ha iniciado el día anterior en Canarias y norte de África, se extiende a toda Andalucía, pero con diferente suerte: en Sevilla, Córdoba, Cádiz y Granada acaba triunfando; en Huelva, Almería, Jaén y Málaga fracasa. En Málaga, al no aparecer las tropas de Melilla, en la madrugada del 19 las milicias sublevadas se retiran, provocándose de inmediato desórdenes con asalto e incendios de algunos edificios. El 20 la situación parece algo más tranquila, si bien el 21 todavía hay incidentes y prosiguen los incendios; el día 22 fracasa el alzamiento militar… Málaga recupera la calma, pero... una calma aparente...
Hasta el día 21, con más o menos sobresaltos, en la casa de los Padres Salesianos se había observado el horario acostumbrado, atendiendo a los 40 huérfanos que no habían sido retirados por sus familias. «Son las seis menos cuarto de la mañana... Se oyó un disparo de fusil junto a la sacristía y una voz que grita: “De aquí han volado. Los curas se han tirado por las ventanas”. Era la señal convenida para su plan de asaltar el edificio... Siguió un intenso tiroteo. Superiores y niños nos reunimos en el centro de la escalera principal, bajo el cuadro de María Auxiliadora. Rezamos… Balas en todas direcciones...» Asaltaron la casa y los salesianos, conducidos como prisioneros al cercano cuartel de Capuchinos, creyeron que allí mismo alcanzarían la palma del martirio al tenerlos por un cierto tiempo colocados en fila “en el patio del cuartel, donde hubo un segundo intento de fusilamiento... Por fin, ante los ruegos y amenazas de algunos de la tropa desistieron de sus propósitos y nos condujeron al calabozo... en una pequeña celda, proporcionándoles escasa y mala comida... Pronto vimos desfilar hacia el primer sótano un buen número de sacerdotes... Eran los del seminario con algunos seminaristas, detenidos mientras hacían Ejercicios Espirituales”.
El día 22, a las doce, “en dos camiones y escoltados por gente armada”, son conducidos al Gobierno Civil y el Gobernador, reconociendo su inculpabilidad, los envía a la prisión provincial: El Padre Míguez se encuentra en la cárcel con sacerdotes y seminaristas, un jesuita, y “días después llegará la comunidad franciscana de Coín y diariamente irán llegando nuevos sacerdotes de Málaga y su provincia. Aquel dormitorio quedará bautizado con el nombre de la brigada de los curas.
El 23, a mediodía, el Gobernador ordena “que los hombres del Seminario y de San Bartolomé... pueden marchar poco a poco y al punto empezaron a salir, tomando caminos y direcciones distintas”. El Beato Francisco Míguez sale y  “aunque la turba los espera fuera para fusilarlos, logra huir. Consiguió hacerse con un salvoconducto que lo libraría de la furia miliciana en más de una ocasión. No hallando un lugar seguro donde alojarse, se refugió en el hotel “Imperio”, cuyo propietario, don Francisco Cabello, ferviente católico, fue más tarde fusilado por su rectitud y haber hospedado a otros sacerdotes y religiosos”.
Francisco salía con frecuencia del hotel y, estando bien organizado el espionaje de los milicianos, pronto descubrieron su morada y mucho más cuando uno de los empleados del hotel prodigaba informaciones sobre los hospedados. No obstante, vivió sin ser molestado hasta el 15 de agosto, día en el que, con el pretexto de una inspección general, una patrulla se presentó en el hotel. Preguntan por don Francisco y éste –según confesión de un testigo ocular- se presentó tranquilo, “con presencia de ánimo sobrehumana. Su captura fue de tanta alegría para la patrulla, que se olvidó de hacer el registro al hotel... La misma tarde lo fusilaron en el lugar conocido por “Camino de Suárez”, y como seguía aún con vida, rodearon su cuerpo de chumberas secas y hojarascas, prendiéndole fuego mientras algunos lo hacían objeto de horribles profanaciones... La noticia sensacional que corría la mañana del 16 por los círculos marxistas era: “El fiambre de hoy es don Francisco Míguez”.
Los restos del heroico salesiano, según consta en el cuaderno de notas del custodio, fueron llevados al cementerio de San Rafael y posteriormente, con los restos de las otras víctimas del marxismo, a la iglesia catedral. Es unánime el juicio de los testigos: “Todo el barrio de Capuchinos, incluso los mismos izquierdistas, lamentaban la muerte de don Francisco diciendo: “Han matado al padre de los pobres”... Da la impresión de que era el más buscado, por ser el más popular a causa de su beneficencia”.
Más información en:
 
Beato Manuel Formigo Giráldez, OSA
Nació en el pueblo de Pazos- Hermos, perteneciente a la parroquia de San Lorenzo de Pena, ayuntamiento de Cenlle (Orense), el 13 de noviembre de 1894. Sus padres se llamaban Juan y Asunción. Cursó Latín y Humanidades, en el monasterio benedictino de San Clodio. En 1908, se le admite a la vida religiosa en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Emitió la profesión de votos simples el 14 de noviembre de 1910, y la de solemnes el 1 de enero de 1914. Pasa por los Colegios de Guernica y Alfonso XII de S. L. de El Escorial, donde realiza los estudios teológicos. Es ordenado de sacerdote el 9 de agosto de 1925, en la basílica del Monasterio por el Obispo de Almería, el agustino Mons. Bernardo Martínez.
Después de su ordenación se le destina al Real Colegio de Alfonso XII, y pasa también por el Monasterio de Uclés y el Seminario de N. Sra. Del Buen Consejo de Leganés, y el Colegio de la calle de Valverde en Madrid. En septiembre de 1929 será destinado a Brasil, regresa al año siguiente a España por motivos de salud. Pasa por la Casa de Guernica, y las Escuelas gratuitas de Portugalete, trabajando también en los pueblos vecinos de Santurce, Sestao y Baracaldo, con los obreros.
En septiembre de 1935 fue trasladado a Málaga. Desde su llegada hasta el 18 de julio de 1936, se dedicó a las clases de primarias en el colegio, a dar ejercicios y confesar a religiosas, a ayudar en las parroquias, y a predicar en diversos pueblos. Fueron unos meses de intenso y fructífero apostolado. El 15 de agosto de 1936 dará un testimonio valiente sufriendo el martirio. Poco antes había dicho lleno de fe: “Después de todo ¡Qué es la vida! Si Dios quisiera que ganásemos el cielo en poco tiempo y le diéramos la gloria que pide ¡qué mayor felicidad!”. Tras el asalto del convento, se alojó en una fonda de calle Madre de Dios y desplegó una intensa actividad apostólica con gran celo y libertad. Su cadáver apareció tendido boca abajo, al bajar por la calle Victoria, sobre unos derribos.
 


La calle de la Victoria, emblemática, en Málaga, antigua calle de huertas situadas en los arrabales, cuando la ciudad no se extendía más allá de lo que ahora es la Plaza de La Merced, termina en la nombrada popularmente como Plaza del Jardín de los Monos; conocida así por situarse en el centro de la misma, una Jaula con simios, que aún hoy recuerdan los mayores del barrio.
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