Domingo, 20 de septiembre de 2020

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XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Carlos F. Hernández-Sánchez – Aldea global (Bogotá-DC), 6.09.2020

Mt 18,15-20: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Reflexiones homiléticas

  1. Introducción

En la primera lectura aparece la dimensión profética que debe acompañar a todo aquel que ha sido llamado por Dios y tiene una misión de cara al pueblo. El profeta es como un “atalaya”, o sea, “un hombre que observa desde lo alto”, porque esta expresión se refiere a una torre o edificación de carácter militar que permite vigilar, hacer observaciones y tomar decisiones defensivas. Es inevitable que esta referencia de carácter bélico genere una alusión a la dimensión del “combate en la fe”, que Pablo le da a la vida cristiana en algún lugar de sus cartas dirigidas a las comunidades que él fundó y acompaña con su ministerio apostólico.

El profeta Ezequiel es advertido que si no corrige al malvado se le pedirán cuentas de su sangre, pero si lo hace salvará su vida, aunque el malvado perezca. La corrección fraterna (un aspecto del profetismo) hace parte del bautismo cristiano, por el cual el fiel participa también en la Iglesia de la realeza y del sacerdocio de Cristo.

También la carta de San Pablo a los Romanos –en el breve fragmento propuesto por la liturgia para hoy– nos exhorta diciendo: “A nadie le debáis nada, más que amor… Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera. Estas palabras deben ser entendidas como la razón de ser de la corrección fraterna en la vida de los cristianos.

  1. Evangelio

A partir del capítulo 18 del evangelio de Mateo empieza una pequeña división interna que los especialistas (exegetas) han llamado “discurso eclesiástico” –dentro del contexto de la gran sección: La Iglesia, primicias del reino de los cielos–, porque indican un conjunto de hechos ocurridos y exhortaciones dichas por Jesús sobre la vida en comunidad. De hecho, la palabra griega “Eklesia” significa: “los que han sido convocados para formar una asamblea”, por eso los cristianos forman la Iglesia o la comunidad eclesial.

El Señor plantea en este fragmento del evangelio el tema de la corrección fraterna, como un camino o proceso que se realiza en diversas etapas: “Si tu hermano peca”, la reprensión es tarea del hermano de la comunidad que toma consciencia del pecado de su hermano, o sea, no puede haber corrección fraterna si no hay pecado. “…Repréndelo a solas”, en el contexto de la mutua responsabilidad y fraternidad, la corrección se hace inicialmente con la persona que debe ser ayudada, sin exponerla o ridiculizarla, porque tal vez no se haya dado cuenta de su pecado o de la gravedad del mismo y debe ocurrir en la intimidad. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos; esto quiere decir que, si no ha sido posible la corrección a solas es necesario involucrar a otros hermanos como testigos, para que la situación no se haga pública y ocasione mucho escándalo. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano, el último paso que se realiza es hacer partícipe a toda la comunidad –donde los hermanos crecen en la fe, celebran los misterios y viven el evangelio– para que ella pueda ayudar en el discernimiento de la situación en cuestión, iluminar a la luz de la fe el problema y facilitar la corrección fraterna. Lamentablemente, pero es inevitable, si el hermano no acepta la corrección y no quiere cambiar de actitud debe ser considerado como un pagano o un publicano, es decir, alguien que está fuera de la comunión eclesial.

Jesús presenta la corrección fraterna en relación a lo que había dicho previamente a Pedro después de la confesión de fe, en aquello que es conocido como el primado del apóstol: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo (Mt 16,19), es decir, la Iglesia recibe el poder de acoger y excomulgar según la situación que se da con los miembros en el seno de la comunidad cristiana.

Es importante tener presente que cuando se escriben los evangelios –según la exégesis histórica (y bíblica)–, la Iglesia ya está extendida por diversas partes del Mediterráneo y muchas personas viven la fe en pequeñas comunidades –gracias a la predicación del ministerio de Pablo–, por eso son inevitables los problemas, pecados y escándalos de sus miembros. De tal forma, el Señor finaliza el tema de la corrección fraterna de la siguiente manera: “Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. En la Iglesia primitiva durante mucho tiempo, la comunidad cristiana consciente de ser llamada a ser sal, luz y fermento actuó así: excluyó (expulsó, no condenó) a un hermano que estaba en pecado y no quería cambiar de actitud, para que hiciera penitencia pública, se convirtiera y, por tanto, pudiera volver a la Iglesia (porque ella ha recibido el poder de atar y desatar en la tierra con la garantía de que sus decisiones y declaraciones son atadas y desatadas también en el cielo).

Os aseguro además que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. A la corrección fraterna el Señor añade la importancia de la oración, pero de forma comunitaria –otra vez aparece esta dimensión de la fe cristiana–, ya que los hermanos en la fe forman un solo cuerpo, están unidos a Cristo, y en el Espíritu Santo realizan la acción de gracias, la súplica e intercesión al Padre todopoderoso.

  1. Actualización catequética

La corrección fraterna forma parte –según la codificación moral de la Tradición de la Iglesia– de una de las obras de misericordia. Estas obras solo se pueden entender en el contexto del mandamiento del amor al prójimo. Las obras de misericordia se dividen en espirituales y corporales, en cada uno de estos dos grupos hay siete acciones que se deben realizar motivados por el amor de Dios en nosotros hacia el otro que es nuestro hermano en la fe (Espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y muertos. Corporales: visitar al enfermo, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, redimir al cautivo y enterrar a los muertos).

Por eso vamos a centrar nuestra reflexión en el tema propuesto por el evangelio a la luz de la Palabra de Dios, enriquecida por la Tradición eclesial y las ciencias humanas. Por consiguiente, responderemos a las siguientes cuestiones: ¿Qué es la corrección fraterna?, ¿cuál es la finalidad de la corrección fraterna?, ¿qué implicaciones tiene la corrección fraterna? y ¿cómo hacer la corrección fraterna? Sin embargo, antes de nada, es menester echar un vistazo a vuelo de pájaro a la clasificación clásica realizada sobre los temperamentos del hombre, para poder entender de alguna forma la compleja situación de nuestra realidad  psico-corporal (y espiritual).

Todos los hombres somos diferentes, no solo por los registros ocasionados en nuestro ser por la “fábrica” de la vida (y el nefasto influjo del pecado original y sus heridas), sino por los diversos elementos del ambiente y la educación que han forjado nuestra personalidad –“yo y mis circunstancias”, decía Ortega y Gasset–. Somos lo que somos: con cualidades y virtudes (luces), defectos y flaquezas (sombras) y pecados (miserias). La buena noticia es que somos amados por Dios que entregó su Hijo en la Cruz para nuestra salvación, pero llamados continuamente a la conversión, por eso no podemos justificarnos siempre en nuestro pecado y sus consecuencias.

Para esta reflexión seguimos un texto del gran sacerdote tomista español, Antonio Royo Marín. Inicialmente, respondemos a la pregunta: ¿Qué es el temperamento? Es un conjunto de inclinaciones íntimas que brotan de la constitución biológica de un hombre, es la característica dinámica de cada individuo que resulta del predominio fisiológico de un sistema orgánico y de su influencia en la dimensión psicológica de su ser. Por tanto, el temperamento es algo innato, es impuesto por la naturaleza, algo que la realidad de nuestra humanidad nos impone, por eso dice un sabio refrán: “genio y figura hasta la sepultura”.

Después de muchas tentativas, en una ramificación del conocimiento psicológico se ha recuperado el estudio clásico (atribuido al médico griego Hipócrates) sobre los temperamentos –desarrollados posteriormente por diversos maestros a lo largo de la historia–, para que podamos entender nuestra compleja realidad humana. Claro que esta clasificación se ha hecho a partir de las respuestas a los estímulos, por eso los tipos de temperamentos son cuatro, así: sanguíneo, melancólico, colérico y flemático. El temperamento sanguíneo se altera fácil y fuertemente por cualquier impresión (se caracteriza por ser afable y alegre, es simpático y servicial, es sincero y espontaneo); el temperamento melancólico responde a los estímulos de forma débil y con dificultad (son inclinados a la reflexión, a la soledad, al silencio y a la piedad y vida interior); el temperamento colérico reacciona con prontitud y violencia a cualquier estímulo (es muy activo, tiene un entendimiento agudo, carácter fuerte, buena concentración y es constante), y finalmente, el temperamento flemático no reacciona casi nunca o lo hace con debilidad (trabaja despacio pero asiduamente, no se irrita con facilidad, en general permanece tranquilo, es discreto y criterioso). Además de las respectivas cualidades, cada temperamento presenta defectos particulares, que están muy arraigados en la naturaleza o esencia de la propia personalidad.

Obviamente con los avances de los estudios e investigación de la antropología y de la psicología, la realidad del temperamento humano no se puede solamente circunscribir a estas cuatro categorías (no podemos ser encasillados), porque somos tan precarios y tan complejos al mismo tiempo. No podemos negar que, tal vez prevalece en nosotros un tipo de carácter dominante, pero que se entrecruza con las diversas características de los otros temperamentos. Somos eso (un tipo de temperamento) y todo a la vez (con las diversas cualidades y defectos de los otros temperamentos).

En la raíz de nuestro temperamento está la fuerza del pecado original que nos ha herido –no destruido, como afirma la fe católica– mortalmente. Los llamados siete pecados capitales –con el “octavo” de la tristeza como dicen algunos sabios de oriente– se ramifican en nuestro corazón y nos pueden condicionar. Vemos a nuestro alrededor o podemos ser, por ejemplo: un orgulloso tímido, un lujurioso extrovertido, un perezoso simpático, un goloso melancólico, un envidioso hipócrita, etc. ¿Conocemos que tipo de temperamento tenemos? ¿Sabemos quiénes somos realmente? ¿Conocemos a nuestros hermanos en la fe?

¿Por qué hemos hecho esta presentación que puede parecer irrelevante? Porque es necesario “conocerse a sí mismo” –tal vez sea el arte más difícil del discernimiento personal– para poder aceptar las correcciones que nos hacen, y conocer a los hermanos para poder amarlos –“no se puede amar lo que no se conoce”, frase de la cual no se sabe su origen, aunque la atribuyen a Leonardo da Vinci–. De esta forma, podremos entender por qué tenemos que ayudar a los hermanos en la fe, a través de la corrección fraterna y también dejarnos ayudar por ellos.

¿Qué es la corrección fraterna? Un acto de amor que nos lleva a preocuparnos por los otros y, ya que somos hermanos en la fe, advertimos, exhortamos o llamamos la atención sobre un determinado comportamiento, gesto o palabra que va más allá del pecado y que sabemos puede ocasionar el mal. ¿Cuál es la finalidad de la corrección fraterna? Salvar al hermano que se encuentra en una situación de pecado o proclive a cometerlo, para que no sea ocasión de escándalo –ya que somos llamados a ser testigos de la luz–, para que no sufra las consecuencias del mal, y finalmente, para reconducirlo a la comunidad cristiana, que es el cuerpo de Cristo. ¿Qué implicaciones tiene la corrección fraterna? Inicialmente es importante tener presente que no nos podemos omitir (¡la omisión también es un pecado!). La corrección fraterna implica humildad para dar un paso que puede ser malinterpretado y ocasionar problemas afectivos en cualquier tipo de relación, pero si se hace bien y hay una buena recepción por parte del que es corregido, genera un fortalecimiento en el vínculo fraterno y una enorme gratitud por la iniciativa realizada a la luz del evangelio. ¿Cómo debemos corregir? No es fácil corregir, requiere humildad, delicadeza, pertinencia, preocupación por el otro y el deseo de hacer el bien. A veces puede ser una tortura para el que es corregido y no estimula un cambio de vida o una satisfacción de un oculto deseo de venganza para el que la hace.

En suma, somos corresponsables de la salvación de los demás, porque por la fe somos llamados a velar por los hermanos, especialmente por los más débiles. Si en una comunidad cristiana no se da la corrección fraterna eso es síntoma de que ella está enferma, dada la cobardía, omisión, irresponsabilidad e indiferencia de sus miembros, em definitiva, una falta enorme de caridad. No solo se debe realizar en el ámbito eclesial, sino que también se puede extender a la vida familiar, a la amistad y a la vida profesional.

¡Dios nos conceda vivir esta gracia por el don de la fe, el amor al prójimo y la esperanza de la vida eterna!

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