Jueves, 01 de octubre de 2020

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De cuando media Italia era española

por En cuerpo y alma

 

 

            En ese concienzudo trabajo de olvido que los españoles nos hemos autoimpuesto por lo que se refiere a nuestra propia historia, uno de los pasajes que peor parado sale es precisamente el de la intensísima presencia que España tuvo en la Península Itálica en momentos, por demás, muy importantes de la historia italiana.

             La presencia española en Italia afectó a casi la mitad del actual territorio itálico, y se plasmó en cuatro grandes espacios que, citados por el orden en el que se produjo su incorporación a las coronas hispánicas, fueron: Sicilia desde 1282; Cerdeña desde 1295; Nápoles desde 1503; y el Milanesado desde 1540. Lo que va a implicar 432 años de españolidad la primera; 418 la segunda; 211 el tercero; y 166 el último.

             Un espacio temporal que ninguna de las cuatro regiones ha cumplido todavía como parte de la Italia unificada en 1870. Al respecto, baste señalar que Sicilia y Cerdeña compartirán corona y destino con España por un período de tiempo que es casi el triple (¡casi el triple!) del que llevan compartiendo con sus actuales compañeros de República; Nápoles, 61 años más; y Milán, 16. Lo que en el caso de Sicilia y Cerdeña es, además, poco menos que el que la primigenia Hispania formó parte del Imperio Romano (unos 600 años).

             A la presencia española en Italia pondrá final la aciaga Guerra de Sucesión Española (1701-1713), que amén del cambio dinástico de los Habsburgo por los Borbón, supondrá para España el verdadero comienzo de la pérdida de la hegemonía mundial, por más que muchos, tan desacertada como maliciosamente, se empeñen en adelantar esa pérdida al final de la Guerra de los Treinta Años en 1648, la cual, aunque finalice con derrota, no pone fin a la hegemonía española, que aún se prolonga durante medio siglo. Volviendo a nuestro tema, Milán se va a perder en 1706, siete años antes de que termine la Guerra de Sucesión; y Sicilia, Cerdeña y Nápoles en 1714, como consecuencia del Tratado de Utrecht que rubrica el final de la misma.

             Llegados a este punto, y aunque simplificando mucho el relato pues el asunto es bastante más complejo que como lo vamos a contar,  no está de más alargar un poquito la faena y completarla con el repaso sobre la forma en que se produce el desembarco hispano en cada una de las regiones italianas mencionadas.

             El primer territorio italiano en el que los españoles ponen pie es Sicilia. En Sicilia, que es la isla más grande de todo el Mediterráneo, siete veces mayor que Mallorca para que nos hagamos una idea, gobernaba desde 1266 el conde francés Carlos de Anjou, -hermano de Luis IX de Francia (el futuro San Luis)-, quien, con el respaldo del Papa Urbano IV, destrona y da muerte a Manfredo de Hohenstaufen, medio hermano del Emperador Conrado IV. En esto, y como tantas veces ocurre en la historia, un evento menor, el ultraje de unos caballeros franceses a unas damas sicilianas, da lugar a las famosas Vísperas Sicilianas, así llamadas por producirse mientras el 30 de marzo de 1282 las campanas palermitanas tocaban a vísperas, momento en el cual, el pueblo se alza contra los franceses, con el apoyo, eso sí, de Roger de Lauria, el gran marino de la época y jefe de los famosos almogávares aragoneses. Un Roger de Lauria que actúa por cuenta del Rey Pedro III de Aragón, el cual invoca el derecho al trono siciliano de su esposa Constanza de Sicilia, quien a su vez los hereda de su padre, el depuesto Manfredo de Hohenstaufen. Tras una guerra de tres años y derrotado por los aragoneses en la bahía de Nápoles, se produce en 1285 la muerte de Carlos de Anjou, y con ella, el final de la aventura siciliana de los franceses y el principio del largo y fructífero período hispano en Sicilia.

             Pocos años después, apenas una década, viene Cerdeña. En 1295, por el Tratado de Agnani, el Papa Bonifacio VIII inviste al hijo de Pedro III de Aragón, Jaime II, que ya es rey de Aragón y de Sicilia, como rey de las islas mediterráneas de Cerdeña y Córcega, y si bien en esta última no llega ni siquiera a desembarcar, si lo hará en Cerdeña donde reinará como Jaime I.

             El extenso y riquísimo reino de Nápoles es la tercera incorporación, la primera que es además estrictamente española y no previamente aragonesa, y como la de Sicilia, se desarrollará frente al francés. La guerra que pondrá el reino de Nápoles en manos españolas termina con la histórica batalla del Garellano, en la que el que es el gran militar de la época, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, destroza el ejército francés, obligando a Luis XII a abandonar toda pretensión sobre el reino y firmar el Tratado de Lyon, en el que reconoce a Fernando el Católico como Fernando III de Nápoles, título que, por cierto, lleva aparejado también el de Rey de Jerusalén (pinche aquí si le interesa el tema), reconocidos ambos por bula papal de Julio II de 3 de julio de 1510.

             La última adquisición va a ser el no menos rico Ducado de Milán. Todo empieza cuando con la importante victoria de Marignano, en 1515, un recién entronizado y jovencísimo Francisco I de Francia, tras cruzar los Alpes como antes lo hicieran Aníbal y Julio César, expulsa del trono ducal milanés a Massimiliano Sforza. El dominio francés va a ser, sin embargo, efímero, pues sólo seis años después un ejército austríaco repone en el trono a la casa Sforza, en la persona esta vez de Francisco II. Después de un largo conflicto en el que España se implica intensamente y que conoce episodios como la victoria española en Pavía gracias a la cual Carlos V captura al rey francés Francisco I, la muerte de Francisco de Nápoles sin herederos en 1535 se sustancia con la definitiva conquista de Milán en 1540 por Carlos V, el cual cede el ducado a su hijo Felipe, nuestro Felipe II, que reina en Milán como Felipe III.

             A esta lista, y aunque no forme parte propiamente de lo que hoy conocemos como Italia, tampoco está de más añadir otra importante isla mediterránea y bien vecina de Italia, cual es Malta. Conquistada al tiempo que Sicilia en 1282 por Roger de Lauria, permanecerá en la corona aragonesa primero y española después hasta 1522, es decir, 240 años, cinco veces más de los que lleva la isla de independencia hasta el día de hoy y un siglo más del tiempo en que forma parte del Imperio Británico. Y si Malta de ser española en 1522 es por cederla motu proprio el Emperador Carlos V a la Orden de San Juan de Jerusalén, los antiguos Caballeros Hospitalarios que protegieran Tierra Santa durante las Cruzadas, cuando expulsados por el sultán otomano Solimán el Magnífico de la isla de Rodas, se quedan sin su bastion, en lo que constituye un acto de generosidad cesión pocas veces acontecido en la historia.

             Y ésta es la intensa presencia española en Italia de la que los españoles no tenemos lo que se dice “ni la menor idea”. El espléndido renacimiento italiano habla español en Sicilia, Cerdeña y Malta, y el no menos espléndido barroco no sólo en ellas sino también en Nápoles (donde alcanza algunas de sus más excelsas realizaciones) y Milán.

             Con Sicilia y Cerdeña, sumados el tiempo que Hispania fue parte del Imperio Romano y el que ambas islas lo fueron del Imperio Español, llevamos compartido un milenio… se dice pronto: ¡un milenio! ¿Se dan Vds. cuenta? Sólo a modo de ejemplo, el doble de lo que lleva España unida.

             Y bien amigos, como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Y ya saben, cuando visiten Italia, dediquen si quiera un ratito a reflexionar sobre las cosas grandes que los españoles hicimos también en la bella península de la bota.

  

            ©L.A.

            Si desea ponerse en contacto con el autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es. En Twitter  @LuisAntequeraB

 

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