Viernes, 19 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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El último Obispo mártir

por Jorge López Teulón

         A día de hoy cualquier historiador que hable de la Guerra Civil española no tiene ninguna duda de que junto a los hechos bélicos se dio paralelamente una cruel y salvaje persecución contra los católicos en la retaguardia de la zona leal a la II República. En ella murieron más de 10.000 personas por su fe (según avanza nuestra Causa de la Provincia eclesiástica de Toledo y de la diócesis de Ávila me convenzo de que el número ofrecido por los historiadores todavía se queda corto). Quedaron destrozadas además unas 20.000 iglesias. Se considera una de las persecuciones más encarnizadas de la historia universal.
 
Por ejemplo, el filólogo catalán Jordi Albertí, que se define catalanista y creyente, ha publicado una crónica analítica de los primeros meses de la Guerra Civil en Cataluña, centrándose en la persecución contra los católicos. Se titula El silenci de les campanes, la persecució religiosa durant la guerra civil. (Editorial Proa, 2007).
Según Albertí, las matanzas del 36 fueron planificadas: las planificaron los comunistas libertarios, es decir el partido anarquista (la FAI) y su sindicato, la CNT. Otros grupos de la izquierda fueron cómplices en distinta medida -especialmente entusiastas los comunistas-, o bien se inhibieron con omisiones culpables. ¿Pueden unos descontrolados matar 70 curas al día, que era la media de agosto de 1936?
La República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. Sin embargo, tampoco nadie duda que hubo una persecución religiosa durante los cinco años de este régimen. Con sumo acierto la obra de Mons. Cárcel Ortí se titula “La gran persecución (19311939)” (Editorial Planeta, 2000).
         El 7 de febrero el calendario litúrgico recuerda al último de los obispos asesinados en la contienda. Si se pudiese medir la crueldad y la cobardía, tal vez con el martirio del Beato Anselmo Polanco y Fontecha, se llegaría al súmmum.
 
Nuestras trece rosas
Los obispos españoles sufrieron persecución, acoso e incluso quisieron quemarlos vivos, como fue el caso del Beato Manuel González (fundador de las Marías de los Sagrarios, que tendría que trasladarse a la diócesis de Palencia) cuya residencia episcopal fue quemada siendo titular de Málaga (lo intentaron en el año 1930, luego cuando se proclamó la República y lo consiguieron en cuanto llegaron las primeras noticias, el 11 de mayo de 1931, de las quemas de conventos en Madrid) o, sin duda, la mediática expulsión del Cardenal Segura.
También, como ya hemos escrito, nosotros tuvimos nuestras trece rosas, al final de la contienda. Obispos que podían haber engrosado el calendario de los santos por sus virtudes y que lo hacen poco a poco, como mártires de esta persecución. Los Obispos mártires son:
 
Venganza en Can Tretze
         Aprendí de mi párroco, a cuyo padre le asesinaron en la guerra por el grave motivo de defender y esconder a su párroco en su casa, a venerar los lugares donde los mártires sufrieron su martirio. Además, no es nada nuevo, esa práctica procede del cristianismo primitivo: venerando sus cuerpos como preciada reliquia, elevando sus templos sobre los lugares donde fueron martirizados…
         Anselmo Polanco Fontecha había nacido en Buenavista de la Valdavia (Palencia) en 1881, en una familia humilde de labradores. A los 15 años, entró en el convento de “los Filipinos” de Valladolid de la Orden de S. Agustín, donde hizo su primera profesión en 1897. Después pasó al Monasterio de Santa María de La Vid (Burgos), completó sus estudios y se ordenó sacerdote en 1904. Fue profesor y encargado de la formación de los jóvenes en esta misma comunidad. Dentro de la Orden fue siempre modelo de religiosos y ocupó varios cargos, entre otros el de Prior en Valladolid en 1922, y Provincial en el 1932. En este período, hace una visita de renovación a los religiosos de Filipinas, China, Estados Unidos, Colombia y Perú. Buscó siempre el espíritu de concordia sin renunciar a la disciplina.
En 1935, fue nombrado y ordenado Obispo de Teruel y Administrador Apostólico de Albarracín. Al tomar posesión dijo: “He venido a dar la vida por mis ovejas”. En el gobierno de la Diócesis brilló por su celo pastoral, por la pureza y santidad de costumbres, por su amor a los pobres, por su intensa vida de oración y austeridad, privándose de lo necesario para dárselo a los más necesitados.
Durante la guerra civil española, cuando el peligro se cernía sobre su diócesis y su propia vida se veía amenazada, nunca quiso separarse de sus fieles, contestando siempre lo mismo: “Yo soy el pastor y debo permanecer al lado de mis ovejas; o me salvo con ellas, o con ellas muero”. Para todos siempre fue el “P. Polanco”, y no solo por el hecho de ser religioso, sino porque para la gente era un auténtico padre y un buen pastor.

          El 8 de enero de 1938 fue hecho prisionero junto a su Vicario General, el Beato Felipe Ripoll Morata, compañero en las labores pastorales, en la detención, en el martirio y en la beatificación el 1 de octubre de 1995. 
Tras trece meses de cautiverio en las cárceles de Valencia y Barcelona, el 25 de enero de 1939, víspera de la entrada del ejército del general Franco en Barcelona, salieron con los presos en dirección a Santa Perpetua de la Moguda (Barcelona) y de allí a Campdevànol y Puigcerdà, en la provincia de Gerona. La noche del 26 la pasaron en el tren, el día 27 fueron a Ripoll y desde allí a pie a Sant Joan de las Abadesas bajo un aguacero torrencial. El día 31 de enero los prisioneros mayores fueron conducidos a Figueras y Can de Boach, en Pont de Molins.
El 7 de febrero, a las 10 de la mañana, llegó a Pont de Molins un camión con treinta hombres armados con fusiles-ametralladores, un teniente y varios suboficiales que se hicieron cargo de los presos y, después de robarles lo que llevaban, los ataron de dos en dos por las muñecas con muy malos tratos. El camión tomó la carretera de Les Escaules. A unos 1200 metros se detuvo y los presos fueron obligados a subir monte arriba por el cauce seco del barranco. Allí fueron acribillados.

Funcionaron con rapidez las ametralladoras, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego. Se marchaban derrotados pero todavía quisieron sembrar con muerte la impotencia del que riega su fracaso con la muerte de los prisioneros.
En este lugar, en el año 1940 se levantó un monumento con la siguiente leyenda:
“Caminante: por aquí huyó la furia roja, dejando como huella de su paso cuarenta mártires... Piensa en ellos con una oración. 7-II-39”.
 
Beatos Anselmo Polanco y Felipe Ripoll, rogad por nosotros.
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