Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Reflexiones Homiléticas

  1. Introducción

El profeta Isaías presenta la verdadera salvación en un contexto universal que implica a todas las naciones. En el interior de esta profecía está la promesa de la liberación del exilio. La salvación se define como “reunir” al pueblo, a diferencia de la dispersión en la torre de Babel (Gn 11) y de todas las deportaciones que los judíos sufrirán a lo largo de la historia.

La carta a los hebreos exhorta la comunidad a no despreciar la corrección, que es para todos los hermanos un medio de purificación y crecimiento espiritual. Solo basta recordar que Dios corrigió el pueblo de Israel en los acontecimientos de la historia. Cristo ha corregido sus discípulos durante su vida pública y los responsables de la Iglesia apostólica también lo hicieron con sus miembros, para poder ayudarlos en la fe. La corrección, por tanto, es necesaria en la vida de la comunidad cristiana.

  1. Evangelio

A partir de este momento, el evangelio de Lucas empieza a determinar el ministerio público de Jesús en el marco del largo viaje a Jerusalén, por eso todas las palabras y gestos deben ser interpretados a la luz de este evento, ya que en la ciudad santa, el Señor será entregado a las autoridades religiosas para cumplir el designio de Dios de salvar la humanidad a través del amor crucificado de su Hijo.

Con respecto a este misterio entre los que acompañan a Jesús, alguien le pregunta: “¿son pocos los que se salvan?. En la mentalidad bíblica de la antigua alianza los judíos creen que existe una retribución en la existencia ultraterrena, en la cual Dios premia los justos, y castiga condenando eternamente los impíos. Impío es el hombre que vive como sI Dios no existiera, que maquina el mal y persigue el hombre fiel a su Señor. Por tanto, es natural que exista la pregunta sobre la salvación, dada la maldad que circunda el justo y la proliferación del mal en la humanidad. En Jesucristo la plenitud de la revelación, este panorama muda completamente, porque la salvación es ofrecida a todos indistintamente, ella es universal y no presupone tradiciones religiosas o pertenecer a una raza o condición social especial. La salvación es dada por Dios en su Hijo de forma gratuita a todos los hombres. La salvación es un don por excelencia, pero obviamente presupone la libertad humana.

Jesús no responde sobre “cuántos” se salvan, ya que no está interesado en satisfacer las curiosidades apocalípticas, pero responde e indica “como” salvarse, y para eso recurre a una imagen muy curiosa: “Luchad para entrar por la puerta estrecha”. En la traducción del leccionario (libro litúrgico utilizado para las Misas), la expresión dice: “Esforzarse por entrar...”. El verbo en el texto original en griego es “agonein”, y describe una lucha, un combate, no esforzarse, como se todo dependiera de la capacidad humana. Una cosa es esforzarse, otra es luchar. El esfuerzo es algo profundamente humano y puede desaguar en el moralismo, es decir, el hombre por sus propias fuerzas consigue algo, todo es fruto del mérito personal, así la salvación no tiene nada de gratuito, porque es el resultado de una conquista personal que requiere mucho esfuerzo.

“Luchar”, “combatir, son verbos que nos colocan ante el misterio de la vida cristiana, en el contexto de las competiciones deportivas o en el entrenamiento de los soldados como afirma San Pablo en una de sus cartas (Ef 6,10-18). Ya que si la salvación es un don gratuito se puede perder y esfumar de nuestras manos, dependiendo del uso de nuestra libertad. “Luchad para entrar por la puerta estrecha”, ¿a qué se refiere esta exhortación? La puerta estrecha recuerda las pequeñas construcciones en los asentamientos de las familias pobres con una abertura muy pequeña, por la cual los judíos entraban a sus casas, agachándose y dependiendo del tamaño de las personas, tenían que hacer maniobras corporales para poder pasar. Con esta imagen Jesús quiere hacer presente el misterio de la cruz, que Él mismo asumirá en breve, ya que se aproxima la pascua. Por tanto, la puerta estrecha es la cruz, o sea, sin asumir, sin aceptar y cargar la cruz no es posible salvarse. Esta imagen también representa la actitud de humildad y vaciamiento con la cual el discípulo de Cristo sigue su Señor.

Si la puerta estrecha es Cristo (Cruz), ella tiene una llave que la abre, es decir, la humildad, que nos lleva a la consciencia de no merecer nada, por eso no basta decir “Señor, abrenos...”, porque la puerta se cierra a aquellos que están acostumbrados a las cosas santas y se sienten dueños de lo sagrado y se creen llenos de mérito. La mención de Abrahán, Isac y Jacob nos recuerda que Dios escoge y actua en la historia fuera de la lógica humana, ya que la elección divina es una gracia, no es un derecho, sin embargo, requiere un comportamiento humilde, porque todo es gracia de Dios. Desta forma, nada nos proporciona la garantia de la vida eterna si no estamos dispuestos a pasar por y a través de Jesucristo, que es la puerta (Jn 10,9), revestidos de la humildad de nuestra pobreza que nos lleva a sorprendernos del don de Dios.

En el pasaje del evangelio, Jesús es cuestionado por alguien que quiere saber la verdad acerca de si son pocos los que se salvan. La salvación es la plena realización del hombre en Dios, sobre todo, en lo que se refiere a su situación ultraterrena. Pero es necesario conocer como concibió el cristianismo la salvación de los hombres.

La predicación cristiana está fundamentada en el amor gratuito de Dios que ofrece la salvación a todos, no existe una predeterminación de algunas personas para el bien y otras para el mal.  San Pablo dice que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, o sea, el plano de Dios es que todos puedan experimentar el amor redentor de Dios manifestado en Jesucristo, pero existe la posibilidad de que el hombre se pierda en una realidad de auto exclusión y soledad eterna, dependiendo del uso de su libertad y la configuración asumida por las decisiones y formas de vida.

Esta inquietud siempre estuve presente en la conciencia de muchos miembros de la Iglesia, preocupados con el número y con el momento de esta realidad escatológica. Sin embargo, a la pregunta curiosa y ociosa, Cristo –que es llamado de “Señor”, título atribuido solo a Dios–, contesta cambiando completamente el foco de la atención: no sobre si son “muchos o pocos” (cantidad), sino que hacer para salvarse, el “cómo”  (modo o forma).

La pregunta del evangelio que motiva la parábola y la sentencia del Señor, nos pone ante el misterio de la salvación, ¿qué significa esta expresión tan importante en el lenguaje bíblico?

La Sagrada Escritura en los escritos del Nuevo Testamento considera la salvación –“soteria” en griego– como una realidad que generalmente no se aplica a las circunstancias terrenas, ya que es un concepto exclusivamente religioso, polifacético y relacionado con la dimensión corporal y anímico-espiritual del hombre. Por tanto, el contenido de la salvación del misterio de la muerte y resurrección del Señor es: la liberación del pecado (de la muerte y del maligno), la filiación divina, la justificación en la gracia, el perdón de los pecados y la participación en la gloria del Señor.

  1. Actualización Catequética

Como el tema central del evangelio es la salvación de los hombres, vamos a detenernos sobre dos aspectos de esta realidad, presentando inicialmente la forma como es concebido este misterio en la Tradición de la Iglesia, y posteriormente, el modo en que se realiza a luz de la fe cristiana, el dinamismo entre la gracia divina (de la salvación) y la libertad humana.

- La salvación empieza en el misterio sublime de la Encarnación del Señor: en el instante en que Dios ha decidido libremente, y por puro amor, salir de su silencio eterno y asumir la forma humana en el seno de María. De esta forma, la humanidad es conducida a su plena liberación. Además, la salvación propiamente dicha, se ha realizado en el “misterio pascual”, es decir, una realidad histórica, pero también un misterio de la fe, que se desdobla como un prisma en la pasión, crucifixión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

El cumplimiento de la voluntad del Padre se hace a través del sufrimiento y la victoria del cordero inmolado. Jesús está realizando el ritual de la liturgia que Dios le ha programado a través de los acontecimientos, porque es en la historia que se manifiesta la experiencia de Dios. La entrega gratuita que hace Jesucristo de su vida y el rechazo que le hicieron los judíos se convirtió en salvación para toda la humanidad. En la Escritura la salvación es un tema fundamental vinculado siempre al misterio pascual, que tiene su máxima expresión en la Cruz. Como afirmaban los Padres de la Iglesia: “la cruz es el lugar donde ‘uno de la Trinidad padeció”.

¿Qué significa ser salvados? ¿De qué precisamos ser salvados? ¿Cuál es nuestra situación para que Dios tenga que intervenir en la historia a través de su Hijo? ¿En qué estado o condición nos encontramos para que podamos entender la salvación?

Existe una triple realidad que aflige la humanidad: en primer lugar, el hombre experimenta una opresión. Estamos subyugados a tres enemigos que nos esclavizan y destruyen: el maligno, el pecado y la muerte: “Por tanto, como los hijos comparten la sangre y la carne, así también compartió él las mismas, para reducir a la impotencia mediante su muerte al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,14-15). En segundo lugar, la condición humana también experimenta que estas realidades les causan una contaminación, generando en ella un desorden moral: “Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias” (Mt 15,19). Y, en tercer lugar, como resultado de lo anterior, el hombre experimenta que está herido interiormente, porque en su corazón reinan enfermedades de orden espiritual que se manifiestan fundamentalmente en el egoísmo y en la inclinación para el mal: “Y, se hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta” (Rm 7,20-21).

¿Cómo se realiza la salvación ante la opresión del maligno, de la muerte y del pecado? La salvación implica una “victoria”, ya que la opresión requiere una redención de Cristo sobre las tres realidades que oprimen el hombre. La palabra redención (rescatar) tiene su origen en el ámbito bíblico-teológico, por  tanto se refiere a la experiencia de la fe y significa una intervención onerosa, es decir, existe un precio a pagar para poder efectuar la salvación. El Hijo de Dios ha pagado con su sangre, dando la propia vida para redimir la humanidad.

¿Cómo se realiza la salvación ante la contaminación? La salvación también implica una “expiación”, ya que la contaminación del hombre requiere una purificación de las manchas causadas por el pecado. Es una intervención medicinal, es decir, regenera y cura el corazón del hombre de las consecuencias del pecado. Jesucristo, el médico, se infectó de nuestro mal para poder salvarnos, el remedio que nos salva de nuestra miseria está en la humanidad bendita de la Palabra eterna de Dios.

Finalmente, ¿cómo se realiza la salvación ante la herida interior del hombre? La salvación implica –y esto es lo más importante–, un “amor transformante”, que opera en el hombre la cura a través de la donación suprema de Dios. Dios envió su hijo para revelar su amor (ágape), no para morir como un condenado, obviamente en el desenlace de los acontecimientos de la historia este amor pasa a través del sacrificio en la cruz. Solo el amor puede salvar, porque es gratuito, infinito e incondicional!

Los Padres de la Iglesia a partir de los textos revelados de la Palabra de Dios sistematizaron algunos conceptos claves relacionados con la salvación en esta síntesis que acabamos de presentar, por eso cada aspecto tiene un símbolo. La redención es simbolizada por el cordero victorioso del libro del Apocalipsis, la expiación o purificación por el cordero expiatorio del profeta Isaías y el amor transformante por el buen pastor que da la vida, del evangelio de Juan.

- Dios envió su Hijo para ofrecer la salvación a toda la humanidad, por tanto, ella es universal, pero se realiza a través del consentimiento del hombre y en la aceptación de su amor. El amor de Dios genera la conversión del corazón y el deseo del don de la vida eterna. El dinamismo entre la gracia divina y la libertad presuponen la voluntad salvífica de Dios, pero misteriosamente depende también de la respuesta humana. Dios no quiere que nadie se condene, porque no quiere hacer inútil el sacrificio de Cristo en la cruz, pero si el hombre persiste en el mal y se excluye de ese amor, ¿cómo podrá salvarlo?

¿Cómo negarse a este acto de amor que Dios realizar en nuestro favor? ¿Cómo pretender excluirse de la misericordia de Dios que nos perdona todos los pecados? Seria mucha necedad y un obstinado comportamiento de nuestra parte, negar Dios y rechazar la salvación que nos ofrece gratuitamente en Jesucristo. Por eso, como afirma el salmo: ¿Cómo pagar (dar gracias) al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de salvación (en la Eucaristía) e invocaré el nombre del Señor” (115,12-13).

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