Viernes, 19 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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El Cristo profanado. Asturias 1934 (3)

por Jorge López Teulón

Le pusieron en medio de una viña, y dispararon sobre Él…
¡Pobre Cristo humilde de la aldea perdida, que en el bendito templo ha visto pasar las generaciones, en una teoría ininterrumpida de bodas, bautizos y entierros, como una inacabada sinfonía de amor y de dolor; y ha asistido al Catecismo, con sus mismos verdugos cuando eran niños, y ha recogido sus miradas de angustia, y ha recibido sobre sus pies llagados el ósculo suplicante y confiado de tantas almas, llagadas también como ellos!
¡Ahora ha servido de blanco a los odios de su pueblo! Y ello no en sentido figurado, sino realmente, materialmente. La pluma se resiste a escribirlo, pero es cierto, para nuestra vergüenza y para nuestra humillación: primero le fusilaron y luego tiraron al blanco sobre Él. El odio, primero; después la burla.
No somos nosotros los llamados a juzgar las acciones humanas, ni a establecer gradaciones en el pecado ni en el crimen; pero de todos los delitos con que se han deshonrado las revoluciones –y propio es de revoluciones el deshonrarse con ellos- dudo que pueda haber nada comparable a lo acaecido en ese pueblo, cuyo nombre silencio por respeto a la inmensa mayoría de sus vecinos, porque no quiero aumentar su dolor con la vergüenza de verlo publicado; y sin embargo, yo no arrojo sobre los verdugos toda la responsabilidad del suceso.
Durante tantos y tantos años, pero especialmente los últimos, hemos visto combatido, vilipendiado el nombre de Dios; durante tantos y tantos años, pero especialmente los postreros, lo hemos visto atacado y escarnecido en la prensa, en la tribuna y aún en el Parlamento y en la ley; que es vergonzosa y repugnante la última gesta sacrílega, pero no sorprendente, porque no en vano se moldea el espíritu humano a través de los tiempos, con la constancia de la maldad, por artífice, y la fácil materia de la ignorancia como sujeto.
¡Pobre Cristo de pueblo que llegaría a la iglesia por un esfuerzo de amor de los feligreses y del párroco, cuando entre sí constituían una sola familia, o como donativo generoso de algún devoto agradecido, y que envolvía su casta desnudez en toalla de encajes o de ricos bordados y aguantaba entre los pies, sujetos violentamente por un clavo, unas cuantas flores del campo, continuamente renovadas!
Él los conocía bien a aquellos que le fusilaban. El sabía muy bien como estaba formada cada una de las balas que le disparaban y en qué rincón del cerebro o del corazón fueron fundidas. El seguía todo el proceso de la perversión de sus almas: predicaciones, lecturas, escándalos, rebeliones, abandonos, se confesaban a través de aquellos ojos que al cabo de años quizás volvían a mirar a Cristo… aunque fuese solo para apuntarle.
Y he aquí como el divino ejecutado seguía siendo el juez en aquel tribunal subversivo en que los delincuentes querían elevarse a juzgadores y el juez era la víctima de su último delito.
¡Oh!, aquellas miradas cargadas de odio dirigiéndose al Cristo para apuntarle con las armas criminales, ¿a qué parte de la imagen sagrada se dirigían? No a los ojos, en todo caso, porque es indudable que en el cruce de miradas los ojos del Cristo hubiesen triunfado en el diálogo, como triunfaron en todos los diálogos cuando se posaron amorosamente sobre los ojos de los indiferentes y aún de los perversos: el Cirineo, Longinos, Dimas… Aquellos ojos que volvían a mirar al Cristo, aunque fuese para combatirle, abrirían involuntariamente los caminos de la gracia.
Desde el día en que ocurrió el vergonzoso suceso, es esta para mí una continua preocupación; para fusilar al Cristo, para dar al blanco sobre El tuvieron que mirarle. ¿Dónde apuntarían? A alguien ocurrirá tal vez decir que la colocación de los balazos puede hoy día servir de base para contestar mi pregunta. ¡No, indudablemente, no; cuando se tira contra Dios no se acierta nunca!
¿Apuntarían al corazón? Al corazón apuntó Longinos, y supo encontrarle y en él se redimió; al corazón apuntó Tomás, el apóstol, y ya nunca jamás abandonó los amores sublimes del Maestro. ¡Qué símbolo doloroso, pero revelador, ese pobre Cristo del pueblo, herido en el corazón por los revolucionarios! ¡Ojalá que el símbolo se continuase!
Durante dos años ha estado la política española combatiendo a Cristo, luchando contra Cristo, disparando sobre el Cristo, pero no le veían, o cuando menos no le miraban o disparaban a ciegas contra el cielo. Y porque no le veían, o porque no le miraban, España no podía convertirse. La revolución le ha mirado, allá en la mitad de la viña profanada del pueblo perdido, y ha apuntado al Corazón de Cristo, a aquel Corazón lleno de promesas y tan henchido de bendiciones que se vierten generosamente por las heridas que le infieren, voluntaria o involuntariamente, los hombres.
En un altar de la catedral de Barcelona se guarda un Santo Cristo notable, el Cristo de Lepanto, objeto de insigne veneración por parte de todos los catalanes. La imagen de expresión adorable, está ahumada y ennegrecida por la llama de los cirios, según unos, otros por el humo de la pólvora en el combate de Lepanto, a donde le llevó, como prenda de devoción y garantía de triunfo, don Juan de Austria.
El cuerpo del Cristo está como contraído, como ladeado violentamente en su centro, y afirma una piadosa leyenda que ello fue debido a haber sustraído el Cristo milagrosamente su cuerpo cuando una bala de cañón iba a destrozarlo.
¿Por qué no hizo lo propio el Cristo fusilado de la aldea perdida?, me pregunto una y mil veces al recordar el vergonzoso sacrilegio. Y al reconstruir con horror el suceso, en demanda de una respuesta a mi curiosidad piadosa veo… -lo que debió ver el Cristo el día de la profanación dolorosa- aquellos ojos pecadores, que nunca le miraban y que se fijaban entonces en su corazón.
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