Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

Blog

Cuentos de Berto, progre, y Jessika, novicia.

IV. Aborto y Asilo

por Tomás de Zárate

Iba por la calle cuando la vi. Era un grupo de jóvenes con aspecto serio que venía hacia mí. Apenas hablaban entre ellos y por eso oí a uno.

 

- Es el ocaso del sistema de derecho -dijo.

 

La frase me pareció pedante. Pero yo me fijaba en una de las chicas.

 

- ¡Jessika! -exclamé.

 

Ella me miró y su rostro se iluminó un poco.

 

-¡Qué bueno encontrarte, Berto! Demos un paseo juntos.

 

Y así nos fuimos dando un paseo, mientras oía al pedante aleccionando a los demás:

 

- Se le estremecen a uno las carnes.

 

Aunque no soy ninguna lumbrera, me di cuenta de que algo preocupaba a Jessika.

 

- ¿Reunión de amigos?

- Sí y no, son el grupo de la parroquia, hemos estado de guardia frente a una clínica, rezando.

- ¿Rezando? -pregunté, incrédulo.

 

Ella dejó escapar un suspiro. Luego me miró con tristeza.

 

- Una clínica abortista, Berto. Supongo que tú pensarás que el aborto es un derecho de la mujer.

- Pues sí. Soy un ferviente partidario de la liberación de la mujer y el aborto me parece lo mínimo para conseguirlo.

 

Ella me miró otra vez. Había una profunda tristeza en sus ojos.

 

- Te invito a un café. Tengo algo que decirte.

 

Aquello tenía visos de una profundidad en la que, a pesar de mis palabras anteriores, no quería meterme. Pero nos sentamos en una mesita de un bar sin casi clientes, pedimos un par de cafés y ella arrancó.

 

- Mira Berto, esto es lo que pienso que ojalá tuvieras razón. Ojalá lo que se cuestiona aquí es la liberación de la mujer. De verdad que lo deseo: deseo que sea verdad, deseo que así se salvan vidas, deseo que ese es el mayor bien ante un aborto…

 

Las lágrimas cayeron por sus mejillas.

 

- ¿Sentimientos encontrados? -le dije con suavidad

- Ojalá fuera eso, Berto. Ojalá yo estuviera equivocada, loca de atar, porque… porque de lo contrario es demasiado horrible, soez, endeble… y espantoso. Porque si los seres afectados tienen corazón como el de un niño, ojos que piden ayuda, manitas inocentes, amor incondicional hacia su madre… ¿cómo pensar que no se trata de un bebé que, si naciera, dejaría a todos embelesados? ¿En qué parte hay humanos que piensan que esos bebés deben morir? ¿Es ese el precio de la libertad? ¿Matar al último que lo merece? ¿Qué libertad es esa?

 

Dejó de hablar y no se me ocurrió nada para animarla. De repente la oí murmurar:

 

-”Puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota”

- ¿Y eso?

- Una cita que acabo de recordar ¡Tengo que animarme! ¿Tienes plan para esta tarde?

- Pues no sé…

 

Hacer un plan con una novicia parecía, cuanto menos, algo peligroso. Pero ella no me dejó pensar en alguna buena excusa.

 

- Pues te vienes conmigo -me dijo

- ¿A dónde vamos?

- Es una sorpresa… un sitio al que voy para animarme.

 

Fuimos en metro hasta un lugar de la ciudad de aspecto residencial. Después de callejear un poco, dimos con una mansión donde había un buen jardín y multitud de viejos.

 

- ¿Qué es esto?

- Un asilo de ancianos -respondió con naturalidad

 

Ante mí se abrió un abismo de aburrimiento. Pero la seguí.

 

La enfermera de la entrada estaba leyendo una revista. Apenas nos miró a Jessika y a mí. La entrada era un saloncito con sillas de mimbre y, en lo alto, una tele. Directamente debajo, un conejo y su jaula. Se ve que al conejo no le interesaba la tele y por eso lo habían puesto ahí. Él no parecía descontento.

 

Justo al lado de recepción había un cartel sobre unos bailes regionales. Y una vieja leía atentamente el cartel. Ella creía murmurar, pero imagino que era más bien sorda porque hablaba en voz alta.

 

- Las mujeres con sayal blanco… ¿tendré?

- ¡Hola, Beatriz! -saludó Jessika.

 

La aludida cambió al segundo par de gafas que le colgaban y escudriñó a mi acompañante.

 

- Ah, Jessika, eres tú -dijo gritando con voz seca.

 

Su tono no daba para bailar una jota. Y encima gritaba. Pero a Jessika aquello no le importó.

 

- Le quiero presentar a un amigo

- ¿Qué te has traído un abrigo? -dijo ella

- Amigo -repitió Jessika en voz más alta.

- No sabía que estabas de juicios ¡Ten cuidado con los abogados! ¿Por qué hablas de testigos?

- ¡Mi amigo Berto!

- ¿A tú edad, un injerto? Si es que los jóvenes ya no saben que inventar ¿Y quién es ese tan callado que va contigo?

- Encantado, señora -le dije medio gritando.

 

Ella sonrió y me dio la mano. Luego se volvió hacia Jessika y le dijo algo que ella pensaba que era un murmullo.

 

- Creo que tu amigo no oye bien ¡Cómo grita!

 

Naturalmente, todo el pasillo oyó el comentario. Miré al conejo y entendí su silencio. Pero la tal Beatriz de repente se volvió y siguió leyendo el cartel. Como si no estuviéramos.

 

Jessika me hizo señas para que la siguiera.

 

- ¿Vamos a ver a alguien?

- Nadie en especial, en el jardín encontraremos a más gente.

- Si se alegran tanto de verte como Beatriz, mal vamos.

- ¿Te ha parecido que no se alegraba? Es verdad que ella siempre pone cara agria, pero le gusta. ¡Le gusta muchísimo! Las enfermeras me han dicho que no para de hablar de las visitas que le hago y cuándo voy a volver. Y es que ella no tiene a nadie que la vaya a ver.

- ¿No tiene hijos o familia?

- Buena pregunta. Sí que los tiene y bastantes, pero nunca vienen a verla. Pero hoy parece entretenida con ese baile folclórico.

 

En el jardín vimos a un señor viejo y bigotudo buscando algo en la tierra entre las hortensias.

 

- Hola, don Eduardo.

- Hola, Jessika, ¡qué bueno que has venido! Y encima bien acompañada.

- No diga eso, que ya sabe usted que soy monja, don Eduardo.

- Nadie es perfecto, hija.

 

Aquel tipo me gustaba. Se levantó lentamente y luego me dio la mano.

 

- ¿Eres tú, Jessika? -dijo una voz femenina.

 

Entonces apareció como por ensalmo un vestido azul con flores blancas. Dentro enfundaba a una gruesa mujer “joven” para los estándares del asilo, de menos de 70.

 

- ¡Qué bueno que has venido, chiquilla! Justamente ahora iba hacia la habitación de Lucía. Que nos hemos reunido unas cuantas que creemos en el más allá. Algo en lo que supongo que tú serás una especialista.

- A mí me gusta mucho el “más acá” -se rió Jessika.

- Quita, quita, demasiados mosquitos en este mundo ¿Vendrás conmigo?

- Don Eduardo, le dejo con Berto para que lo aleccione un poco.

 

El viejo sonrió cortesmente.

 

- Orzen a babor, veo crespones en la tierra del horizonte ¿O son crespones en mi corazón?

- Es usted un poeta, don Eduardo -dijo Jessika, desapareciendo con la mujer del más allá.

 

Me quedé sin saber qué decir.

 

- ¿Me ayudarás en mi tarea, joven aprendiz?

- Claro -dije, confuso

 

El viejo entonces se tiró en el suelo y siguió buscando. Yo hice lo mismo. Me puse a escarbar la tierra como si supiera lo que hacía, pero al rato no aguanté más.

 

- ¿Qué buscamos, don Eduardo?

- Un anillo. Eso es. El anillo que mi difunta esposa tenía siempre consigo, el anillo que le quité de sus muertos dedos. El anillo que quiero darle a mi Dulcinea.

- ¿Dulcinea?

- Tal vez sea un hada que ha tomado la forma de una mujer. Aquí la conocen por Beatriz, pero no creo que tú hayas tenido la suerte de encontrarla.

 

En mis pensamientos brotó la imagen de la gritona que leía un cartel en la entrada. Más que dificultad para encontrarla, tendría dificultad para olvidarla. Con todo, la misión parecía clara. Habíamos de encontrar el anillo.

 

Unos quince minutos más tarde había conseguido ensuciar manos, antebrazo y camisa de tierra color chocolate, entre hortensias violetas y blancas y un señor que parecía un cruce entre Alonso de Quijano  y Unamuno. Pero no dimos con el anillo.

 

- ¿Qué haces por el suelo, Berto? -me preguntó una voz

 

Jessika había vuelto justo cuando don Eduardo se había ido al baño. Claro que ya hacía un buen rato de su partida ¿Problemas con la vejiga en el paraíso?

 

Yo me puse en pie con dignidad.

 

- ¿Ya has vuelto?

- Querían meterme en una sesión de espiritismo. Lo que hay que ver ¿Y tú qué hacías?

 

Le conté sobre el anillo y Beatriz; ella se rió. Logré que me contara el porqué más tarde, de camino al metro.

 

- Don Eduardo tiene alzheimer. Todos lo sabemos y le dejamos hacer. También Beatriz, aunque no sé si es capaz de oír a don Eduardo ¡Qué sorda está! En todo caso, el anillo es algo que don Eduardo busca día sí, día también. Si alguna vez existió, ya hace tiempo que se lo regaló a alguna mujer y no para de olvidarlo. Así que lo busca como si lo acabara de perder.

 

Me quedé pensativo.

 

- ¿Ya estás más animada, Jessika?

- Sí, me encanta ir al asilo ¿Te ha gustado?

- Supongo que sí -respondí.

 

Pero aquello me dejó pensativo ¡Cuánta soledad en aquellos cuatro muros! Si fuera un poeta…

 

- Te invito a un refresco -le dije a Jessika.

 

Sí que había sido una buena tarde.





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