Sábado, 18 de septiembre de 2021

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Iglesia y escuela en línea

Iglesia y escuela en línea

por Duc in altum!

Con el coronavirus, Internet pasó a convertirse en un chaleco salvavidas que nos ha permitido, no obstante, la distancia y la cuarentena, poder continuar con aspectos cotidianos como la fe, la educación y la comunicación entre familiares y amigos.

Hoy por hoy, las plataformas virtuales forman parte de la llamada “nueva normalidad” debido a que, si bien se van dando pasos en el desconfinamiento escalonado, lo cierto es que ante el riesgo de un rebrote es lógico continuar con precauciones como, por ejemplo, limitar la capacidad de los locales, templos y colegios. De ahí que estemos ante un modelo híbrido en el que Internet continúe jugando un papel preponderante para aquellos que aún no pueden participar de forma presencial. Así las cosas, la Iglesia y la escuela han dado el paso hacia la virtualidad y nos viene bien reflexionar al respecto. Es decir, ¿qué aspectos han significado un potencial desconocido y que, por lo mismo, deben continuar más allá de la crisis presente? De entrada, subrayar que la virtualidad de ninguna manera puede sustituir la participación presencial en los sacramentos ni la necesaria convivencia en la etapa escolar; sobre todo, durante la niñez y la adolescencia en las que se requieren vínculos palpables; sin embargo, es un hecho que mientras no se den las condiciones, la virtualidad tiene su valor en ambos casos. De modo que no pretendemos decir que, una vez superada la emergencia, las Misas virtuales deban continuar sin ningún tipo de límite u orientación pastoral que evite confusiones sobre las ceremonias presenciales, pues se comprende que el encuentro con Dios deba darse más allá de una pantalla; sin embargo, hay cosas nuevas que, al no estar ligadas a los sacramentos, pueden resultarnos muy útiles tanto a nivel Iglesia como en el contexto escolar. Por ejemplo, la posibilidad de contar con profesores de otras ciudades y países que con un simple clic en el enlace puedan, sin importar el lugar en el que se encuentren, trabajar en red y llegar a estudiantes de distintos contextos, ampliándoles el horizonte. Esto, desde luego, también tiene un sentido de Iglesia, pues podemos recibir alguna homilía o cápsula con el estilo que a cada cual le venga mejor. Es decir, acercar los diferentes carismas y opciones que existen y que, en palabras del Papa Francisco, favorezcan la unidad en la diversidad. En otras palabras, sumar recursos. Dejar de ver en la geografía un obstáculo.

La Iglesia “en línea” ha permitido entender lo que significa “católico”; es decir, universal. Cuando rezamos la liturgia de las horas sabemos que toda la comunidad de bautizados se hace presente; sin embargo, ahora esto no ha quedado únicamente en el fuero interior o en el ámbito espiritual, sino que se han abierto espacios visibles y en tiempo real con la participación de católicos de todo el mundo en una misma oración.

Poder escuchar a una persona de otro país y compartirlo en redes sociales como un recurso de fe y evangelización de la cultura, sin los límites y la logística que no siempre permite traslados de personas, es un punto a favor. Esto no significa que sea igual que llevar al conferencista, pero ofrece nuevas posibilidades. Le invitas una vez en persona y luego puede darle seguimiento virtual.  

Ahora bien, ¿las clases en línea han funcionado? De entrada, aplaudir la iniciativa porque los maestros han hecho proezas para continuar con el servicio, lo cual, va en la línea de la fe, pues ser cristiano implica construir en contextos a menudo difíciles y en los que la creatividad se vuelve una respuesta a la llamada de Dios, como lo hicieron tantos fundadores en contextos de guerra civil o pandemia. Pero ¿funcionan? Depende de tres factores. En primer lugar, el acceso tecnológico que en países pobres es un bien escaso y que debe interpelarnos. En segundo, la disposición del estudiante y su entorno familiar para evitar cosas como el ruido desmedido y, por supuesto, el tercero, la habilidad del docente y el buen manejo de los recursos pedagógicos y de tecnología. Si bien es cierto que se trata de una combinación muy compleja, ha habido más aciertos que errores, porque se ha salvado a una generación entera de quedarse con un año de atraso escolar.

En conclusión, una vez que la situación mejore, debemos promover el encuentro personal con Dios y los demás; es decir, el valor de lo presencial; sin embargo, no echar por la borda los cambios positivos que se han dado con velocidad, superando las típicas inercias que suelen darse en la Iglesia. Dicho de otra manera, conservar un porcentaje importante de las plataformas habilitadas para difundir la fe. Por ejemplo, aquellas parroquias que adquirieron cámaras de calidad y que habilitaron su infraestructura para transmitir, aunque ya no sea para la Misa completa, que aprovechen lo invertido en la línea de continuar ofreciendo homilías y cursos interesantes que renueven la fe y permitan entrar con facilidad de horario a una sociedad ocupada.

Toca decidir qué aspectos deben suspenderse y cuáles son aquellos que pueden continuar porque nos han mostrado nuevas posibilidades en el contexto de la Iglesia y de la educación.

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