Martes, 22 de octubre de 2019

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Milicianos fusilando al Sagrado Corazón de Jesús

El Cerro de los Ángeles, julio de 1936

por Victor in vínculis

El monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, en Getafe (Madrid) se localiza, enfrente de la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en el considerado centro geográfico de España. Fue mandado construir por el Ayuntamiento de Getafe siguiendo una piadosa recomendación que se extendía por todo el país a raíz de la consagración de todo el género humano al Sagrado Corazón de Jesús, llevada a cabo por el Papa León XIII en el Año Santo de 1900. Este año celebramos el centenario de la consagración pública de toda España al Sagrado Corazón en 1919.

Esta instantánea corresponde a aquellos años, antes de que fuera dinamitada por los anti-Dios, durante los primeros meses de la Guerra Civil.

Varias veces he podido ilustrar el famoso episodio del fusilamiento del Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles en Getafe (Madrid). Hace un año lo recordamos con Santa Maravillas de Jesús:

https://www.religionenlibertad.com/blog/59179/que-hacia-maravillas16.html

Meses antes, hablando de los mártires asesinados en el Cerro de los Ángeles:

https://www.religionenlibertad.com/blog/57950/domingo-pincelada-martirial.html

El año anterior, en 2016, recordando al Cardenal Segura:

https://www.religionenlibertad.com/blog/50414/192829-cardenal-segura-cerro-los-angeles.html

El 28 de julio de 1936 un pelotón de fusilamiento formado por anarquistas venidos de Madrid con un equipo cinematográfico, realiza la pantomima del fusilamiento de dicho monumento. Se trata de una secuencia de 7 segundos del filme, de origen desconocido, facilitado por el noticiario británico British Paramount News, emisión del 18 de agosto 1936.

Esta es la famosa foto en la que una miliciana, en jarras, comanda al grupo que pretende asesinar a Dios.

No les bastó aquella pantomima. Era necesaria la demolición, para la que se realizaron cinco intentos sucesivos. El primer intento a las tres de la tarde del 31 de julio, fiesta de san Ignacio de Loyola, cuando unas docenas de milicianos (venidos siempre de Madrid) colocaron varias cargas de dinamita en el altar y entre los dos grupos escultóricos laterales. Las cargas estallaron, pero la imagen no cayó.

Al día siguiente, 1 de agosto, y a la misma hora se produjo el segundo intento. La explosión resultó más violenta, pero la estatua del Corazón de Jesús se mantuvo en pie. Los asaltantes, sorprendidos, reaccionaron con horribles blasfemias y dejaron una guardia junto al monumento antes de retirarse. Nada sucedió durante los tres días siguientes 2, 3 y 4 de agosto.

El día 5, cuando un convoy marítimo de Ceuta conseguía cruzar el Estrecho pese al intento de la flota roja por impedírselo, un centenar de automóviles de Madrid subieron al Cerro de los Ángeles, saquearon el convento de las Carmelitas donde destrozaron las imágenes de la iglesia, pero no intentaron nada contra el monumento.

El 6 de agosto las milicias republicanas hacen guardia en el monumento del Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles al que ya se han causado graves daños tras varios intentos de demolerlo con explosivos. También colocaron unos cables de acero alrededor del monumento e intentaron derribarlo con la fuerza de un tractor: fracasaron cuando en el tercer envite el cable de acero se rompió.

El 7 de agosto tras la explosión que había derribado el monumento encontramos una serie de figuras en ruina que serán conservadas como reliquias de un tesoro. Entre las piedras podemos distinguir todavía las cabezas figuradas de ángeles y santos que adornaban el monumento. Las cabezas de nuestros arcángeles y místicos parecen alcanzar en este momento postrero mayor recogimiento.

Las vejaciones que han sufrido las piedras dan mayor gravedad a sus rostros: la mutilación de la nariz, la falta de un ojo, la voladura de una oreja. Sabemos que, una vez en el suelo, las cabezas siguieron sufriendo ataques y castigos, sea como blancos de tiro para las prácticas de los milicianos o como objetos de mofa y calvario sin otro sentido que la diversión y la blasfemia. Algunas fueron pintadas de colores, del morado republicano y del rojinegro cenetista sobre todo. Otras, calafateadas de blanco sirvieron de indicación nocturna a las diversas incidencias del camino.

Este día, desesperados por el nuevo fracaso, acudieron en tropel al pueblo de Getafe donde se apoderaron de multitud de picos, palas, cinceles y martillos con los que regresaron al Cerro, con el fin de demoler brutalmente las estatuas, con técnicas de picapedrero. Lograron algunos destrozos, pero la tarea parecía demasiado larga y decidieron realizar un esfuerzo supremo mediante la dinamita mejor aplicada.

El quinto intento se preparó a conciencia, a conciencia negra, para la madrugada de ese mismo día. Convenientemente asesorados por “especialistas”, los milicianos y milicianas de Madrid subieron al Cerro provistos de los barrenos más potentes cuyos huecos prepararon con máquinas perforadoras. Los cuerpos hacinados de los milicianos y milicianas, acostumbrados al contacto vil y a los roces pecaminosos, trabajaban con una pericia desconocida sabiendo que el patrón ahora era el diablo. Entrelazaron las mechas, juntaron las cargas, reliaron con telas las juntas de dinamita tramando tal red y a tanta profundidad en la piedra que parecía un engendro diabólicamente infalible. A las nueve de la mañana reventaron las tres cargas principales y todo el monumento quedó reducido a escombros. Los demoledores celebraron su gloriosa victoria con una mascarada sacrílega, en la que el grito más frecuente era “¡ya cayó el barbudo!”.

Los teléfonos de Getafe y de Madrid se estremecen con la terrible noticia: “En este momento ha caído, destrozado, el Sagrado Corazón de Jesús, entre blasfemias y maldiciones”. Desde aquel día el Cerro de los Ángeles cambió su nombre y se llamó Cerro Rojo.

La cabeza de la estatua acribillada a tiros y a golpes

El 27 de agosto de 1936 derribado el monumento, aquellos salvajes se ensañaron con sus ruinas más significativas y destrozaron a martillazos la cabeza de Cristo, que abandonaron luego al abismo, convertida en una masa informe e irreconocible que todavía hoy causa asombro y amor cuando se la contempla junto a las demás ruinas conservadas.

El corazón tiroteado, pero incólume

El monumento se había levantado en honor al Sagrado Corazón de Jesús que, de esta forma, tras la explosión, resultó desgajado. Antes, todavía en el cuerpo del monumento, sirvió para prácticas de tiro de los milicianos librándose el órgano de impacto alguno, presentándose milagrosamente limpio.

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