Religión en Libertad
La primera confesión de los niños
Quien guarda un buen recuerdo de lo que significó para él el perdón de Dios, aunque se aleje durante muchos años, tiene más fácil su vuelta y conversión.
Actualizado 20 abril 2011 - 0:0  
Pedro Trevijano   
En estos momentos en que tantos niños se preparan para su Primera Comunión y Confesión, tengamos en cuenta que la introducción del niño a estos sacramentos es un paso decisivo en su iniciación en la fe de la Iglesia, debiendo trabajar en esta tarea conjuntamente padres, educadores y parroquia. El Código de Derecho Canónico considera oportuno mantener la confesión antes de la primera comunión (c. 914). La base de esta norma no es para los niños su estado de culpa, sino la finalidad formativa y pastoral; es decir educarles desde su más tierna edad para el espíritu cristiano de penitencia, en el crecimiento del propio conocimiento y dominio de sí, a fin de alcanzar el justo sentido del pecado, incluso del venial, así como en la necesidad de pedir perdón a Dios y confiar en Él. Hay también que inculcar en los niños más que el sentimiento de la culpabi­lidad, la serena alegría del encuentro con el Padre que perdona, tal como se expresa en la misma fórmula de la absolución que pronuncia el sacerdote.
           
Es desde luego muy importante la primera confesión, también por el reflejo psicológico que puede tener en toda la vida religiosa posterior. Quien guarda un buen recuerdo de lo que significó para él el perdón de Dios, aunque se aleje durante muchos años, tiene más fácil su vuelta y conversión. Esta confesión hay que colocarla en una celebración penitencial debidamente preparada, para que los niños la sientan como propia y participen con alegre empeño, sin ansiedad ni indebidos temo­res. Es indudable que para la fe de los niños es más importante la vivencia religiosa de los padres que la calidad de la clase de religión, pero que un niño se confiese bien, regularmente y a gusto depende bastante de su catequista, pues es muy importante desde un principio la recta formación de la conciencia del niño y una catequesis adecuada sobre el sacramento de la Penitencia, pero esta formación difícilmente será completa ni profunda si no está inserta en un mundo de adultos que colabora activamente. La acción de los padres y en general de los educadores es decisiva, y es la que permite que el niño pueda descubrir el sentido del pecado como fallo en sus relaciones persona­les con Dios y los demás y la absolución como perdón y reconci­liación.
           
Limitada, restringida, pero real, tal es la conciencia de muchos niños a partir de los seis o siete años, con una responsabilidad muy limitada, pero naciente y por tanto existente. Le es posible decir no al llamamiento de Dios del que tiene una cierta conciencia, variable según los individuos y ambientes.
           
Es en el contexto de la iniciación sacramental, de las primeras generosidades y de los primeros pecadillos, libre, aunque muy limitadamente, consentidos, donde se hace el descubri­miento del pecado, si bien es indudable que conviene advertir a los niños que solamente pueden cometer pecadillos,  y por el contrario insistirles en que procuren ser generosos. No es la confesión de las faltas lo más importante, sino la reconciliación con los demás y el acto de perdón de Dios, lo que ciertamente es un motivo de alegría y hasta de fiesta. Los estragos provoca­dos por una confesión llena de angustias y miedo desde la más tierna infancia, unidos a los originados por una defectuosa predicación sobre el pecado y la culpa, son de enorme importancia, siendo sin duda una de las causas a las que se debe atribuir la actual crisis de la práctica tradicional de la confesión. Para muchos de los afectados, desembarazarse de tal práctica y de los consi­guientes escrúpulos y miedos tiene que haber sido tranquiliza­dor. Por el contrario los niños deben poder aprender de los adultos lo liberador que resulta encontrar la reconciliación con Dios en la Iglesia.
           
Está claro que no es pedagógico preparar a los niños a la confesión como si fuesen grandes pecadores que vuelven a la casa paterna, sino que vale más presentarles este sacramento como el de la infinita misericordia y el del perfeccionamiento en la amistad.
           
Conviene ayudarles a descubrir este sacramento como auténtica fiesta del perdón, para que así sea un momento fuerte de su vida cristiana y descubran en él el amor que Dios les tiene. Es una ocasión única para hacerles ver: a) que el perdón es una fiesta para Dios y para nosotros; b) que somos todos solidarios y pecadores, llamados a ser perdonados y a perdonar; c) que cada uno está personalmente en relación con Dios, que nos ama incluso cuando somos pecadores, llegando a enviarnos a Jesús; d) que la fuente de todos los perdones ya recibidos o por recibir es el Señor, y que el perdón es un regalo suyo; e) que el perdón es también una invitación para seguir a Jesús.