La familia Abia Merino es muy numerosa, pero también generosa para seguir recibiendo nuevos miembros de su familia. Tras experimentar la enfermedad y muerte de su octavo hijo, de Carlos y Cristina descubrieron una nueva vocación familiar, acoger en su familia a aquellos niños enfermos y desahuciados para la sociedad para que fueran uno más en casa las horas, días o años que les quedasen con vida.

Y esto es lo que hacen apoyados en la profunda fe con la que viven los acontecimientos que han ido llegando a su vida. No se sienten mejores que nadie ni héroes por ser padres de acogida de niños que nadie quiere. Simplemente, han discernido que Dios les llamaba a eso, tanto a los padres como a los hermanos, porque esta vocación, como ellos afirman, se da en familia.

Carlos y Cristina han relatado su impresionante testimonio de fe ante el sufrimiento propio y de entrega y generosidad ante el dolor ajeno a Juan Manuel Cotelo en su serie Contagiosos.

Esta historia comienza con Pedrito, el octavo hijo de este matrimonio del Camino Neocatecumenal de la parroquia de Santiago y San Juan Bautista de Madrid. “Cuando llegó al mundo lo hizo con muchos problemas. Tenía malformados los pulmones, tenía malformado el corazón, tenía también malformado el cerebro, no tenía ojos…”, explica Cristina.

Carlos Abia y Cristina Merino, padres de familia numerosa y también ahora de acogida

 En la sociedad de hoy, Pedro era a todas luces un bebé destinado a no nacer sino a ser abortado. Pero fue puesto en una familia consciente de la dignidad de toda vida humana. Les dijeron que su esperanza de vida sería mínima, y acabó viviendo cinco años y medio dando vida a todo aquel que conoció a este niño.

Por ello, su madre afirma que “cada día de vida era un regalo, y así lo vivimos”. Durante dos meses y medio estuvieron en la UCI y otras temporadas en el hospital. En ese tiempo afirman que pudieron comprobar que “el amor cura”.

Estos padres decidieron apostar decididamente por su hijo y no le dejaron solo ni un momento. Las noches las pasaba ella en el hospital y durante el día permanecía Carlos, hasta que les dijeron que podrían llevarlo a casa.

“Pudimos comprobar que la mejor época de Pedro, con mucha diferencia, fue el poder estar con su familia en casa y rodeado de los besos de todos sus hermanos, que le adoraban. Esto para Pedro fue impresionante”, señala Cristina.

No te pierdas el impresionante testimonio de esta familia en Contagiosos

La mejor forma de vivir fue hacerlo en familia. De hecho, Carlos asegura que “hicimos montones de cosas con él, todas las semanas le llevábamos a natación a pesar de que tenía traqueotomía, oxígeno, ventilación… Él disfrutaba en la piscina, le llevábamos al mar en verano, incluso a Eurodisney”.

Un ejército de personas, entre ellos muchísimos niños de su parroquia y de muchos otros lugares, rezaron cada día por Pedrito y su familia. Finalmente murió cuando tenía cinco años y medio. Sus padres reconocen que tuvo una vida feliz y que aunque “era un niño muy enfermo rara vez estaba triste. Casi siempre estaba contento y riéndose”.

En las temporadas de idas y venidas al hospital este matrimonio empezó a percibir esta segunda vocación al ver la cantidad de niños que estaban solos. “Cuando Pedro estaba en la UCI y sólo podía estar uno el otro aprovechaba para ir y estar con algunos de estos otros niños”, cuenta Cristina.

Así fue –admite- cómo “vimos que nos había nacido la vocación de cuidar niños que tuvieran enfermedades que les obligaban a estar hospitalizados y que estuvieran solos, que no tuvieran el amor de sus padres”.

Al sentir esta inquietud acabarían descubriendo la Casa Belén, el lugar donde llevan a los niños que están más enfermos y que están bajo la tutela de la Comunidad de Madrid. Tras hacer el curso de acogida, les entregaron su hijo Javier.

Este niño había nacido muy prematuro, había tenido un derrame cerebral y distintas operaciones cardiacas. Pero desde el primer día que le acogimos –reconoce Carlos- “Javi empezó a cambiar. Acaba de cumplir cinco años y lo fundamental es que es un niño muy feliz”.

La familia Abia Merino no se quedó ahí sino que solicitó otra nueva acogida, una niña llamada Claudia que tenía microcefalía. Durante semanas estuvieron con ella, aunque no vivía aún en el domicilio familiar.

Al poco tiempo de estar ya viviendo con ellos, Claudia enfermó y dos días después murió en su casa. “Pudimos disfrutar de Claudia escasos tres días. Estuvo feliz con nuestros hijos y nosotros. Y la noche que se puso tan malita lo único que pudimos hacer fue acompañarla, tenerla en brazos, cantarle sus canciones, rezar con ella y mimarla. Se fue tranquilamente como el angelito que era”, recuerda Carlos.

Teresa, una de las hijas de Carlos y Cristina, con Pedro

 Que muriera en su casa no les frena para el futuro. Este padre de familia numerosa asegura que “estamos abiertos a que vengan otros. No nos da miedo la muerte. Nos da miedo el dolor que se nos queda, especialmente el dolor que esto provoca a nuestros hijos, pero sabemos que el sufrimiento de nuestros hijos y el nuestro es porque les hemos amado. Y ser amado cada niño lo nota”.

Tras su propia experiencia con Pedro, y luego como padres de acogida afirman que “es una maravilla poder ponerte a los pies de estos niños y servirles. Son la imagen más clara de Jesús recién nacido y de Jesús en la cruz. Son los inocentes que sin haber hecho ningún mal están sufriendo”.

Por ello, consideran que ponerse a sus pies es hacer como la Virgen a los pies de la cruz, “poder aliviarles un poco su dolor, poderle dar lo mejor para ellos, la certeza de que los quieres, calmarles en ese momento de su muerte...”.

Cristina explica que uno de los problemas que se dan cuando hay niños enfermos es que hay “un nivel de angustia a su alrededor que quita la posibilidad de normalizar la situación”. Esto les pasó a ellos mismos con Pedro los primeros días cuando pudieron llegar a casa. No dejaban al resto de hermanos acercarse ni tocarle.

Toda la familia Abia Merino, incluido Pedro, en Eurodisney

“¿Para qué le hemos traído a casa si no va a poder estar con su familia?", se preguntaron. Y desde ese momento dejaron a los niños estar con él y que le tratasen como uno más. “Ellos veían a su hermano y su hermano era como era y eso es lo mejor. Una vez una niña paró una Teresa (una de las hijas) cuando íbamos de paseo y le preguntó sobre qué le pasaba a su hermanito. Le dijo que tenía problemas de corazón, pulmones, que no tiene ojos… como una retahíla… Y la otra le dijo: ‘pobrecito’ .Y le contestó Teresa: ‘¿por qué?’. Para ella su hermano era como era. Y esa falta de angustia para los niños es maravillosa”.

 “Quien vive la enfermedad de un hijo con una angustia terrible es horroroso.  No le puedes transmitir a tu hijo más que angustia y dolor. Si eres capaz de trascender y saber que la vida no se termina aquí, ¿qué vas a temer, que se muera? Si se muere va a un sitio mejor. Y vas a tener un santo en el cielo que interceda por ti”, asegura el padre de Pedro.

No olvidan lo que un cura le dijo a él cuando en una de las ocasiones parecía que Pedro iba a morir. Este sacerdote le dijo: “Pero Carlos, ¿de qué te preocupas? Preocúpate de tus otros hijos que tienes que llevar al cielo, que esa es tu misión. Éste va ir, esta misión está hecha”.

“Hoy en día toda la cultura, todo absolutamente todo, nos dice que tenemos que triunfar y que el triunfo es tener el mejor trabajo posible, con el mejor sueldo posible y que eso es triunfar. Yo estoy seguro de que el dinero te puede dar comodidades pero que no es esa comodidad ni el dinero ni ese triunfo lo que te hace sentir bien. Para mí lo que he experimentado es que lo que me hace sentir bien es sentirme útil ser útil para los demás. Cuando veo a mis hijos que son tiernos o que son caritativos y misericordiosos con otras personas, con otros niños, cuando veo que son capaces de donarse, prescindiendo de padres para que podamos adoptar otros niños sabiendo que van a sufrir cuando se mueran, que ellos tengan esa generosidad eso a mí me hace más feliz que cualquier ascenso y que cualquier dinero”, concluye Carlos Abia.