Anna O'Neil ha escrito en el portal Aleteia una interesante reflexión sobre la comunicación en el matrimonio desde la perspectiva d ela mujer. 


La comunicación no es una de mis mayores virtudes. Nueve de cada diez veces, prefiero ocultar lo que me molesta hasta que se activa mi capacidad de olvido natural o mi marido nota el vapor saliendo por mis orejas y no se contenta con mis repeticiones secas de “Estoy bien”.

Él se ahorra mucho tiempo de purgatorio y yo me ahorro la molestia de iniciar conversaciones incómodas. ¡Todo el mundo gana!


Lo sé… Ya estoy tratando de mejorar. En cualquier caso, cada vez que siento que estoy levantando muros emocionales, abro cualquiera de los libros de Brené Brown y ella siempre consigue inducirme algo de sentido común. Es una investigadora de las vergüenzas cuya misión es enseñar a la gente a ser su versión más auténtica, desastrosa y vulnerable, y poder levantarse después de que la tumben. Es fantástica. Esta semana he estado devorando su última obra, Más fuerte que nunca, y me encontré con una idea que amenaza con cambiar por completo mi forma de comunicarme, y para mucho mejor.


Brown recomienda usar la frase “La historia que me estoy contando es…” para comenzar una conversación cuando quieres sentarte con alguien y explicarle por qué estás enfadado, herido, confundido, inseguro o simplemente no encuentras un nombre para el sentimiento que experimentas.

Así que, el otro día, mi marido estaba siendo especialmente silencioso y yo no terminaba de saber por qué. Decidí que probablemente el motivo era que pensaba que no le había prestado bastante atención ese día. Y vaya si me indigné. ¿Es que no sabía la cantidad de cosas que tenía que hacer? Tenía que trabajar, evaluar los trabajos ¡y merecía también un poco de tiempo para mí misma! Increíble… ¿cómo podía necesitar que le prestara atención todos los minutos del día, con todo lo demás que tenía entre manos? Estoy segura de que el lector coincidirá en que estas expectativas sobre mí eran completamente injustas.


Excepto que, por supuesto, esas nunca fueron sus expectativas. Y, gracias a Dios, fui capaz de evitar una noche entera de moqueo y enfurruñamiento porque me acordé de decirle: “Oye, la historia que me estoy contando es que estás molesto porque estoy distante. ¿Te estoy entendiendo mal?”. Como era de esperar, estaba equivocada, pero necesitaba escucharlo de su boca. Y él estaba agradecido porque yo fuera capaz de mostrarle mis inseguridades, algo que, en sí, es un gesto de confianza.

Lo hermoso de esta frase es lo inofensiva que es. Puedes ser 100 por cien sincero sobre qué es a lo que le das vueltas sin parecer que estás acusando a nadie. Estás mostrando a la otra persona que confías lo suficiente en ella como para abordar el problema y estás dejando claro que estás abierto a otras posibles interpretaciones sobre el evento con el que se te ha cruzado un cable.

Si la historia que te estabas contando resulta ser falsa, podrás respirar tranquilo, y si resulta ser cierta, ya has iniciado una conversación al respecto, así que ya estáis a medio camino de encontrar una solución. Sin necesidad de suspiros ni enojos.

Vosotros y yo y el resto de esta raza humana, imperfecta y angustiada, somos cuentacuentos. Tenemos que serlo.

Nuestros pensamientos están limitados por nuestra perspectiva, tan única como es cada individuo. Solo podemos ver el mundo a través de nuestros propios ojos, así que nos contamos historias para rellenar los huecos de nuestro conocimiento.

Terminamos haciendo lo mejor que podemos a la hora de adivinar los pensamientos o las motivaciones de los demás. No hay nada malo en ello, pero fácilmente podemos caer en la trampa de pensar que nuestra perspectiva es la única válida. Cada vez que podamos, ¿por qué no pedir simplemente a la otra persona que nos muestre su perspectiva única sin poner nosotros las palabras en su boca?