Valeria estaba condenada a morir. Nadie creía que tras nacer a las 22 semanas y con un pulmón totalmente inutilziado. El prónostico era que moriría pronto y ni sus padres confiaban en realidad en que saliera adelante.El sufrimiento en los padres era enorme y más con unas facturas del hospital que no podían pagar. Pero cuando comenzaron a ver este duro acontecimiento bajo el prisma de la fe todo empezó a cambiar. 

Jime Navarro, la madre de Valeria, pidió a la Virgen de la Encarnación, que incubara ella a su hija enferma ya que ella no había podido. El sufrimiento se fue convirtiendo en paz y prácticamente sin darse cuenta su hija se había recuperado y no tenía secuelas. Ahora Valeria tiene 18 años y sus padres siguen hoy dando gracias a Dios por la historia que ha hecho con ellos. En la página Salvar el 1, Jime cuenta en primera persona este testimonio de fe que demuestra que con la fe todo es distinto.

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Hace ya 19 años di a luz a mi primera hija con 22 semanas de gestación. En un primer momento, pensé que nacería muerta como ocurre en un aborto involuntario pues, por la edad gestacional, era casi imposible que viviese. Pero, de repente, escuché un llanto y me dijeron que era una hermosa niña...

Respiró solita y después de 24 horas, una enfermera se percató de que un pulmón estaba colapsado. De  inmediato, y como en mi país no se andan con el librito, el pediatra tomó su navaja "victorinox" y abrió el pulmón por un costado debajo de la pequeña axila. Él y un neonatólogo pasaron 26 horas seguidas turnándose con una perilla dentro del pulmón dandole oxígeno a la niña, hasta que llegó una ampolleta difícil de conseguir para que se terminaran de desarrollar los pulmones.

Tuvo que estar 10 días con oxígeno y el pronóstico era pésimo; todos los días me decían que no pasaría la noche. Los primeros diez días, los pasé en terapia intensiva junto a ella, viéndola llena de tubos y rogándole a mi marido que la desconectáramos y nos la lleváramos, pero el médico me dijo que él no era Dios, que sólo era un instrumento y que ella luchaba más que ninguno, que le diera la oportunidad de luchar.


Jime, con su hija al recibir el alta

Los días eran muy largos en el hospital, y cuando alguien llegaba con comida o salía a comer algo, simplemente, el alimento no me entraba; mi esposo me dijo que él también sufría y que me necesitaba y me prometí no llorar más pero el médico me decía que si no lloraba me daría un infarto, que me bañara y me cambiara, que comiera y durmiera.

El hospital era carísimo, y tuve que dejarlo para ir cada día de 6 a 16 horas que llegaba mi esposo por mí, y regresábamos de 7 a 11 cuando el doctor ya la había visitado y había cambio de turno de enfermera, sólo para saber quién estaría a su cuidado por la noche, y llamar por teléfono a las 3 o 4 de la mañana para comprobar cómo se encontraba.

Así pasó todo el primer y segundo mes, en tanto los doctores me daban los peores pronósticos y yo y mi esposo nos tragábamos los libros que cogíamos de sus consultorios y el expediente, hasta que el médico me regañó y me dijo que, mientras más me informaba, más difícil sería, pues clínicamente era imposible que no hubiera ningun daño, resultado de tantos días de oxígeno. Podría quedar ciega o con estrabismo, sorda o con un retraso mental severo y, en el menor de los casos, con alergias o asma.

Al momento de nacer, cuando la llevaron a la incubadora, mi esposo me invitó a verla y yo no quise acercarme, no quería sufrir y estaba segura que moriría, pero mi abuela me regañó y me dijo que yo era su madre y que me portara como tal, que la niña me necesitaba y que tuviera fe. Me dio una estampa del Padre Pío con una pequeña reliquia, un escapulario verde y la estampa de la Virgen de la Encarnación, aceite de san Charbel y agua de Lourdes. Todo eso para mí que era mujer sólo de los Domingos a Misa, aunque muy consciente de la religión. Me confesaba y comulgaba y me había casado virgen, pero de ahí a tener mucha fe, la verdad no.
 
Así que un día, con todo el mar de gente que me acompañó sólo la primera semana de la iglesia al hospital y de regreso, amigos, familia, mis padres, mi esposo, me quedé viendo a toda esa gente y empecé a descartar uno por uno a los que podían ayudarme y asegurarme que me llevaría a mi hija sana a mi casa. Y quien más que mi mamá que me ama más que nadie en este mundo, ni siquiera mi marido. Y ahí estaba, llorando conmigo y ella, mi mamá, tampoco me servía de nada.

Entonces, tomé mi estampa de la Virgen de la Encarnación y todos los días le decía que me prestara su vientre, ya que yo no había servido como mamá, ella podría terminar de incubar a mi hija y le pedí al Padre Pío que no se separara de mi hija hasta que la dieran de alta. Todos los días tenía que ponerle aceite si es que quería tocarla pues su piel se pegaba en mis dedos. Entonces a diario le ponía el aceite de San Charbel y su agua de Lourdes, suplicando a  Dios que me la dejara.


Jime y su madre en la actualidad

Tres meses atrás, en cuanto supe de mi embarazo, mi hermana Hania escogió su nombre: Valeria. Sabíamos, no sé por qué, que sería niña, y el nombre le quedó hecho a la medida pues su valentía nos admiraba. Se asía del dedo de su padre y no lo soltaba. No conocí su carita hasta dos meses después cuando le quitaron la venda de los ojos. Sólo su nariz respingada que resaltaba dentro de ese cuerpecillo flaco oscuro y lleno de pelos que pesaba solo 700 gr. menos de un kilo, la cantidad de carne que yo compro para dos personas. Y llegaron los peores días y lo que nadie quería que sucediera, pasó: tuvo una infección.

Ese día me despedí de ella, le reproché a mi esposo que me hubiera dejado acercarme, pues hubiera sido más fácil no verla y hacer como que nada había pasado.

Pasaron los dias y la cuenta del hospital crecía, me humillaron pero aún así no la saqué del hospital, los médicos pasaron toda la terapia intensiva al área de cuneros para que cobraran menos, se traían de otros hospitales las mangueras y todo lo que podían para que la cuenta no subiera tanto. A mí no me importaba pero mi esposo tenía doble pesar; mi esposo me pidió que fueramos por un sacerdote que tiene el poder de sanación y lo llevamos al hospital, y la gente dejó de ir, y mi papá pasaba de incógnito disfrazado de doctor sólo para verla y hablarle, y ella lo reconocía pues escuchaba su voz y se movía, pataleaba. Nunca la escuché llorar pues no podía por los tubos, hasta que un 21 de noviembre de 1997 por la tarde me dijeron que fuera a comprar una cuna pues me llevaría a mi hija a mi casa.

Mi esposo fue a comprar una caja de champagne que metimos de incognito para festejar con doctores y enfermeras y me la encargaron mucho, me enseñaron a bañarla y a darle el biberón, le tomé su primera foto pues yo no quise tomarle antes, y por la tarde el hospital ya estaba lleno de gente otra vez para recibir a Valeria y acompañarla hasta la casa.

Los médicos nos dieron estrictas indicaciones, entre ellas que no saliera y entrara nadie, sólo yo y su padre, pero ese mismo día, todo el mundo la cargó y la besó. Mi esposo estaba enojado pero yo agradecida pues toda esa gente había orado por ella y si Dios había permitido que me la llevara por algo sería, no se la iba a negar a nadie, ella era hija de todos los que habían llorado y orado por ella.


Valeria es una chica sana y sin secuelas

Hoy, es una chica de 18 años, hermosa y sana, que grita como si tuviera 4 pulmones y jamás se ha enfermado sólo 2 veces y de resfriado. El pasado agosto con todo el corazón apachurrado pero felices, la dejamos en la Universidad, esperando que logre sus sueños y planes siempre bajo la Bendicion de Dios.
 
Alabado sea el Señor, Alabado sea su nombre, Ababado sea, verdadero Dios y verdadero Hombre, Alabado sea en el Santísimo Sacramento del altar.  Y gracias infinitas a mi Santísima Madre de la Encarnación y al Padre Pío, a San Charbel y a todas las personas que oraron por mi valiente y hermosa hija Valeria. Y a mi mamá que sufría el doble por su nieta y por mí. Jamás dejen de confiar, la Misericordia de Dios es infinita.