Por su interés reproducimos en Religión en Libertad el diálogo entre un matrimonio en crisis y la respuesta del Padre Aldo Trento a su difícil situación, con una iluminadora argumentación:

»Estimado Padre Aldo, te escribo buscando una palabra de consuelo. Mi esposa y yo llevamos diez años juntos, casados desde hace cinco. Tenemos dos hijas estupendas, una buena posición económica y vivimos en una hermosa ciudad.

»La vida de mi mujer ha estado marcada por una situación familiar difícil, sin calor humano, y parece como si toda su vida estuviera atravesada por una rabia, por un sentimiento de revancha que, sin embargo, se une a una total falta de autoestima y amor por ella misma.

»Esta herida dificulta nuestra relación. Lo he intentado todo, en el bien y en el mal: la escucha, el abrazo, el intentar consolarla y hacer que sienta a través de mí el amor de alguien más grande. Desgraciadamente, también los gritos y la rabia.

»Cada vez que lo intento – y durante cada una de nuestras discusiones – parece que se abra un rendija en su corazón cuando intento contarle y testimoniarle que su valor de persona no lo han decidido sus padres o los amigos que no ha tenido.

»Sin embargo, al final prevalece un no declarado: prevalece siempre la idea de que nada puede cambiar, de que el pasado y todo el mal soportado tienen la última palabra. Que los límites son una prisión. Y yo cada vez estoy más desanimado: la tentación a menudo es hacer ver que no pasa nada, dejar que se cueza en su “salsa” y refugiarme en las relaciones con los amigos, con nuestras hijas o en el trabajo.

»Pero la necesito, no puedo ser feliz sin ella, sin la sonrisa y la compañía de la mujer que amo y que el Señor ha puesto a mi lado. A veces he mencionado este drama a algún amigo, pero es difícil explicar la profundidad de este dolor a quien vive “tranquilo”.

»Por este motivo te escribo. Tus historias siempre testimonian que el bien puede vencer en cualquier circunstancia. Sé que me entenderás. A título de ejemplo de nuestras discusiones, te mando una conversación vía e-mail que hemos tenido (ella es M. y yo soy V.). Entonces, ¿de dónde partimos? ¿Puedo aún tener esperanza? Te doy las gracias desde ahora con un abrazo y una oración. Vittorio

»V: Querida M., estoy delante de mi escritorio, en el trabajo. Nadie me estresará mucho hoy: tengo cosas que hacer, pero estoy casi seguro de que las haré sin grandes problemas cuando me decida a iniciarlas. Todo parece indicar un día tranquilo. Sin embargo, echo de menos algo. Como todos los días, me pregunto si estoy haciendo lo justo. Si estoy haciendo de verdad lo que el Señor ha preparado para mí, si estoy siguiendo su diseño. Me digo que gracias también a mi trabajo vivimos en un piso bonito, tenemos comida, pero no basta. Como a ti no te basta ser madre, preparar la comida. San Agustín dice: «Nuestro corazón está inquieto hasta no descansa en Ti». Tu inquietud es también la mía. De nuevo, desde lo profundo de mi corazón, te suplico que te unas a mí en esta pregunta, en este ponerse a la escucha como niños que esperan una respuesta de su padre. Sólo así podremos conseguir la verdadera paz, y sólo así seremos libres.

»M: V., con la mente fría te digo que sí, pero hay algo más: un cansancio, un desánimo. Ves, yo estoy en casa, estoy aún en pijama y todavía no me he lavado porque no puedo permitirme ir al baño y despertar a la niña. Estoy trabajando en cosas sobre las que no trabajaré más, hoy debería hacer los deberes para mañana y no podré hacerlos hasta la noche, si todo va bien. Así, pasaré otra noche haciendo estas estupideces por poquísimo dinero, sin poder pensar en mis cosas.

»Dentro de poco la niña se levantará y ¡se acabó la concentración! Tengo que cocinar, darle de comer, pero en teoría tengo que trabajar. Esto no es profesional, es ridículo. Después tengo que ir a recoger a la otra niña y tardaré un montón, como siempre. Con mi licenciatura y mi doctorado lo que hago es limpiar el culito de mis hijas. Me siento ridícula. Y una idiota total.

»Ahora, la única cosa que espero es que llegue la noche, que las niñas estén en la cama y así poder apagar rápidamente mi cerebro. Pedir ser feliz es un lujo que hoy no me puedo permitir. Tu email me conmueve, de verdad, pero tal vez no puedo darte, hoy, esta compañía, aunque me gustaría. Siento que lo único que tengo que hacer es agachar la cabeza.

»V: Pero la cuestión es precisamente ésta, que no es necesario ningún requisito para ser compañeros en este camino, lo único que sirve es tu “sí”. No es necesario que tú seas todo lo que, de manera confusa, quieres ser; eres necesaria sólo tú. Nadie puede sustituirte, porque tu sitio es sólo tuyo. Llevas diez años yendo adelante con esta historia de “agachar la cabeza”. Lo que tú llamas agachar la cabeza es en realidad el último diafragma de presunción, de ilusión de control de tu vida. Sigues girando la cabeza con la rabia de alguien que sólo puede defender su propia desesperación. Abandónala, no tengas miedo, no me dejes solo. Estamos hechos para una vida grande, tú y yo juntos. No la malgastemos encerrándonos en nuestra estéril miseria humana. Te lo ruego, y seguiré haciéndolo cada día de lo que me quede por vivir, porque te necesito, ahora.

»M: Ahora, ponte a trabajar con tranquilidad mientras yo estoy agobiada y nerviosa y con la cena aún por preparar. Después, cuando llegues, tal vez yo pueda empezar a estudiar para mañana. ¡Ésta sí que es una gran vida! Casi, casi, para celebrarla paso el trapo sobre los escupitajos de papilla que tengo encima.

»Entonces, ¿de dónde partimos? ¿Puedo aún tener esperanza? Provocado por lo que me escribes y por el dialogo entre tu mujer y tú, que he publicado como ejemplo de muchas situaciones similares a la tuya, he recordado las palabras que ha dicho el Papa Francisco al principio de su pontificado. Son palabras que despejan el camino de todo posible sentimentalismo o de una imagen romántica de la vida.

»Son palabras duras pero verdaderas, reales, concretas, cotidianas parar quien desee vivir con intensidad la realidad, la vida de cada día. Dice el Santo Padre: «Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor. Me gustaría que todos, luego de estos días de gracia, tengamos la valentía, precisamente la valentía, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que se derrama en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Así la Iglesia avanzará». Y yo añadiría: tu matrimonio avanza.

»Nosotros, en cambio, desearíamos que la vida fuera distinta de cómo se presenta, fuera como nosotros la quisiéramos. Pero la vida, en todo su desarrollo, no depende de nosotros. ¿Quién no se casa soñando una vida más romántica que realista? Tú mismo, creo, puedes dar testimonio de esta posición: ciertamente no habrías imaginado lo que te esperaba.

»San Pedro, en el diálogo con Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, no estaba ciertamente de acuerdo con sus afirmaciones. Una contrariedad para San Pedro, que afirma: «Si esta es la condición del hombre respecto a la mujer, no conviene casarse».

»Pero Jesús, sin aceptar compromisos, retoma la palabra y afirma con claridad: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios». Se puede decir más alto, pero no más claro. Todos experimentamos esta verdad. No existe un ser humano que no desee amar y ser amado, y a pesar de todo cada uno de nosotros experimenta la incapacidad de vivir lo que el corazón desea. Es la estructura del “yo” la que desea esto. Pero en nosotros hay una herida que impide su realización y que la Iglesia llama “pecado original”.



»Una herida que no ha eliminado el deseo del corazón, pero que ha impedido su realización. Por esto Dios se ha hecho carne, éste es el motivo del sacramento del matrimonio. Pero tampoco esto es bastante si nuestra libertad no acepta llevar esa cruz, que es la modalidad a través de la cual el sacramento cumple lo que lleva en sí.

»Sólo mirando a Jesús yo puedo amar a una persona. Amar a una persona sin conocer el peso de la cruz es quedarnos paralizados en nuestro deseo, dejándonos determinar por la rabia. No olvidemos: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».

»Sin Cristo falta algo, permanece una tristeza de fondo, la tristeza de que todo acabará. Como escribía Ugo Foscolo en su poesía “La tarde”: «Vagar me haces con mis pensamientos sobre las huellas/ que llevan a la nada eterna; y, mientras tanto, huye/ este condenado tiempo, y con él van las muchedumbres»».

(Traducción de Helena Faccia Serrano)