Para muchos partidarios de la eutanasia, el estado de coma es prácticamente un estado de muerte suspendida. Deciden terminar el proceso de suspensión, “que muera de una vez… una muerte ‘digna’, libre de sufrimiento”, dicen. ¿Será así? En realidad, y esto no es ningún secreto, la persona en estado de coma duerme, no sufre. Quienes han despertado no tienen remembranzas de dolor alguno, simplemente el tiempo se fue en un soplo, continúan viviendo en el momento en que perdieron el sentido. Pero quienes deciden dar muerte a los que están en coma, lo que hacen es dejar de sufrir ellos, terminar con los cuidados… y con el gastos de dinero.

Ante esas actitudes, la realidad los contradice, pues hay casos de personas que salen del coma de pronto, muchas veces sin explicación médica.

Éste es el caso de Anne Shapiro, quien tras 29 años sin contacto con la realidad, de pronto despertó. Durmió a los 50 años y despertó de 79.

A grandes rasgos, la historia es la siguiente: Shapiro fue una canadiense que cayó en coma el día del asesinato del Presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. Despertó el 14 de octubre de 1992, 29 años después.



El shock que vivió fue enfrentar un mundo muy distinto, desconocido, con unos ancianos que no reconocía: ella misma y su esposo Martin. Lo que sucedió con su despertar podía ser historia de una película, y así se hizo.

Ron Laytner, del diario The Jamaica Observer, quien tuvo oportunidad de hablar con ella, contó la historia de Anne en noviembre de 2003, el año ella cumplía los 90 años, esto es, 11 después de volver del coma.

Pero lo más importante es la historia de Martin, su esposo, quien cuidó de ella amorosamente durante todos los años que duró el sueño, el coma de Anne. “Me casé con ella con el voto de estar juntos en la salud y en la enfermedad, y así lo hice”, declaró.

Al principio, durante dos años, Anne estuvo totalmente paralizada, durmiendo con los ojos abiertos, una condición conocida como “ojos de muñeca”.

Cada dos horas Martin puso gotas en sus ojos para prevenir que se secaran, y continuó haciéndolo durante los años en que estuvo dormida.

El dedicado marido la vistió, peinó y alimentó “como a un niño indefenso”, dijo. Inicialmente no pudo moverse por dos años, pero después logró ser tenida en pie y, con ayuda en ambos costados, dar algunos pasos. Pero lo hizo y continuó como una muñeca de trapo, inconsciente.

En las noches Martin permaneció a su lado, rezando porque recuperara la conciencia. Consultó a expertos, como Ron Laytner nos narra en su reportaje, pero nadie pudo ayudarla.

Durante su largo sueño, continúa Laytner, el cuerpo de Anne Shapiro se deterioró. Fue operada de cataratas, se le practicó una histerectomía, y tuvo una operación de reemplazo de cadera. Todo ello mientras permanecía profundamente dormida.

A la par, sus hijos se casaron y tuvo nietos. Muchos eventos mundiales sucedieron que ella ignoraba. Los padres y hermanos de Anne fallecieron, y tanto ella como su marido se hicieron viejos.

Despertó de pronto, y ante el asombro de Martin, se sentó y le pidió: “prende la televisión, quiero ver Yo amo a Lucy”. Al ver la televisión en color, no podía entenderlo.

Las sorpresas del nuevo mundo se sucedieron una tras otra: teléfonos inalámbricos, celulares y más. “Era como una persona muerta vuelta a la vida”. Estuvo dos días despierta tratando de ajustarse a la realidad.

El Dr. Glenn Englander, quien la estaba tratando por tener presión alta el día que despertó del coma, consideró un milagro su recuperación. “Le dí algo para bajar su presión arterial”, dijo el médico. “Si hice algo desconocido para ayudarla, me gustaría saberlo, para poder ayudar así a otras personas”.

La mejor parte del milagro, narra Laytner, fue el renovado romance entre Anne y su devoto Martin, quien cuidó de ella todos esos años. “Apenas podíamos caminar, pero quería que la llevara a bailar”, dijo el marido al reportero.

Varios años después, Martin murió, falleció también su hijo Marshall, y ella fue llevada al centro para el cuidado de adultos mayores del Hospital General North York, en Toronto. Allí vivió los años que le quedaron de vida, platicando con las enfermeras cuando éstas le hablaban. Miraba por la ventana –moviéndose entre 1963, cuando cayó en coma, y su presente– de un mundo violento.

La noche del 8 de noviembre de 2003 –14 días antes del 40 aniversario del asesinato de John F. Kennedy–, cayó en nuevo coma, del cual ya no despertó.

Anne Shapiro perdió la conciencia a sus 50 años, despertó a los 79, y murió a los 90. El amor de su esposo la mantuvo viva durante su sueño. ¿Podríamos haber recomendado a Martin que la dejara morir para que “no sufriera” y tuviera una muerte “digna”? Evidentemente que no. Al morir naturalmente muchos años después, tuvo, entonces sí, una muerte digna; lo otro hubiera sido un homicidio, legal o ilegal. Su sueño del coma fue un ejemplo de vida, no de muerte, ésa es la lección de Anne.