¿Qué sucedería si la biotecnología consiguiera eliminar ciertos defectos o programarlos por voluntad propia? ¿Sería deseable un medicamento que pudiera borrar de nuestra memoria los hechos traumáticos? ¿Todos tendríamos acceso a ellos o el mundo se dividiría en nuevas clases sociales de perfeccionados y naturales, en seres aptos y no aptos dignos de una reparación? ¿Queremos vivir en un mundo de hombres prefabricadamente perfectos? ¿Cuál sería el límite de la perfección y quién decidiría qué es la perfección? ¿Seríamos realmente libres?

A todas estas inquietantes cuestiones debemos enfrentarnos cuando hablamos de transhumanismo, la corriente definida por el filósofo sueco Nick Bostrom como “el movimiento cultural, intelectual y científico que afirma el deber moral de mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana y de aplicar al hombre las nuevas tecnologías para que se puedan eliminar aspectos no deseados y no necesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal”.

Bostrom distingue además entre el hombre “transhumano” y el “posthumano”, un ser con una esperanza de vida superior a los 500 años, con capacidades intelectuales duplicadas y con dominio y control de los impulsos de los sentidos, sin padecimiento psicológico. Películas como Blade Runner, Matrix, Inteligencia Artificial, Iron Man, o Avatar han bebido de estos postulados, dando vida a los cyborgs (de cybernetic organism), seres “mejorados”, mitad hombre, mitad máquina.

Fabricando al "hombre perfecto"
El transhumanismo, lejos de ser una lejana distopía, es una corriente que mueve miles de millones al año en investigaciones privadas, financiadas y auspiciadas por fundaciones y organizaciones como Humanity +, la World Transhumanist Association o el Future of Humanity Institute de la Universidad de Oxford.

Son muchos los que sueñan con tomar “píldoras de la personalidad”, los que piden ser criogenizados por si algún día pueden ser “devueltos” a la vida o clonados, o que sus conexiones neuronales puedan ser “volcadas” en un microchip y “reinstaladas” en un nuevo cerebro. Y el hecho es que los avances científicos en biotecnología y genética nos permiten ya rediseñar nuestra propia naturaleza: mejorar nuestros músculos, nuestra memoria, nuestro estado de ánimo, nuestros talentos, crear brazos y piernas biónicas, invertir el proceso celular, escoger el sexo, la altura y los rasgos genéticos de nuestros hijos e incluso fabricar bebés medicamento. La velocidad de la ciencia y el interés económico farmacéutico es más rápida que el vértigo moral al que nos someten sus códigos.

Seleccionar a los más "adecuados"
Porque ¿qué entendemos por “mejora” (enhancement) de la especie humana? ¿Es ética y moralmente aceptable la fabricación de seres humanos a la carta?

Los expertos en bioética de todo el mundo se han visto interpelados por los postulados del transhumanismo, una corriente a la que no le tiembla la mano a la hora de “seleccionar a los más adecuados” para la “mejora” de la especie.

“La perspectiva ética del transhumanismo es plenamente utilitarista”, afirma la doctora Elena Postigo Solana, profesora de Bioética en la Universidad CEU San Pablo y miembro de la Pontificia Academia para la Vida. Postigo, pionera en el estudio de esta corriente en España, ha analizado sus postulados y sus implicaciones bioéticas: “En la teoría transhumanista la persona se reduce exclusivamente a racionalidad: es persona solo quien aquí y ahora es capaz de razonar. No es persona, en cambio, quien no está en condición de razonar, como los fetos, los embriones, los discapacitados privados del uso de razón, las personas en estado vegetativo persistente o en coma”, asegura.

“Se produce así una incapacidad para entender la dignidad ontológica, intrínseca, de todo ser humano. Se reduce al hombre a un ser material como otros seres, y entonces el poder tecnocrático o el poder político pueden decidir sobre su dignidad.

No hay más que recordar, por ejemplo, la afirmación “vidas no dignas de ser vividas”, empleada como criterio decisivo por las políticas nazis en la “Operación eutanasia T4”, que produjo la discriminación y la eliminación física de personas deformes o con demencias graves”, sostiene.

La peligrosa ambición de dominio
Los partidarios del transhumanismo suelen afirmar que es el pensamiento religioso el que lleva al cuestionamiento ético y moral de sus técnicas; sin embargo, son muchos los filósofos y biólogos agnósticos y ateos que rechazan total o parcialmente sus postulados, como es el caso del teórico y politólogo Francis Fukuyama, el filósofo y sociólogo alemán Jurgen Habermas o el profesor Michael Sandel, de la Universidad de Harvard.
 
Una de las ideas más peligrosas del mundo
“El problema no es tanto el dominio de la tecnología sobre el hombre, sino la misma ambición de dominio y el poder que esta le otorga”, asegura el profesor Sandel. Una idea compartida por Fukuyama, que ha definido el transhumanismo como “una de las ideas más peligrosas del mundo”, porque “altera la naturaleza humana y el concepto de la absoluta igualdad entre todos los seres humanos, que es el fundamento de toda sociedad demócrata”.

“Al escoger, por ejemplo, por adelantado la configuración genética del hijo, los padres le obligan a vivir a la sombra de alguien que vivió antes que él, lo que supone privarlo de su derecho de autonomía y de elección de su propio plan de vida, al tiempo que destruye el principio de igualdad entre seres humanos”, afirma el profesor Sandel.

“Reconocer el carácter recibido de la vida es reconocer que nuestros talentos y poderes no son plenamente obra nuestra, ni siquiera plenamente nuestros, y conduce a una cierta humildad; es, en parte, una sensibilidad religiosa, pero tiene resonancias que van más allá de la religión”, sostiene.

“La religión no es la única fuente de razones para valorar lo recibido. También es posible describir en términos seculares lo que está en juego moralmente. Aceptar la revolución genética supondría la transformación de tres elementos centrales de nuestro paisaje moral: la humildad, la responsabilidad y la solidaridad. Reconocer esto puede salvar a una sociedad de caer en la arrogante presunción de que el éxito o la perfección es el culmen de la virtud. Cambiar nuestra naturaleza para encajar en el mundo –y no al revés– es la mayor pérdida de libertad posible”, concluye.

El filósofo Jurgen Habermas tampoco asume los postulados transhumanistas: “La crianza eugenésica es rechazable porque manifiesta y promueve una actitud de control y dominio que no reconoce el carácter de don de las capacidades y logros humanos, y olvida que la libertad consiste, en cierto sentido, en una negociación permanente con lo recibido”, sostiene.

¿Optimización o eugenesia?
Porque ¿cuál es la diferencia entre proporcionar ayuda a un hijo por medio de la educación y la formación, o hacerlo por medio de la optimización genética? “Pues que se acerca peligrosamente a la eugenesia, el movimiento que pretende mejorar la especie humana a través de procesos de selección de los ‘mejores’, convirtiendo a los hijos en productos de un diseño deliberado”, sostiene el profesor Sandel.

Durante el siglo XX, muchos países promulgaron políticas y violentos programas eugenésicos racistas y clasistas, como por ejemplo en EEUU durante los años 20 o en la Alemania nazi. Los medios propuestos para alcanzar estos objetivos se centraban entonces en la selección artificial, la esterilización y los abortos forzosos mientras que los modernos de la llamada “Nueva Eugenesia Liberal”, teóricamente “no coercitiva”, se centran en el diagnóstico prenatal y la exploración fetal, el control de natalidad, la fecundación in vitro y la ingeniería genética.

Cuando la "mejora" se hace "obligatoria"
La delgada línea roja se atraviesa cuando la sociedad comienza a reconocer esa “mejora” no solo como algo “permisible”, sino “obligatorio”.

“Los representantes de la eugenética liberal, como, por ejemplo, J. Savulescu, sostienen no solo la licitud de la elección de los embriones sanos y la eliminación de los que presentan patologías, graves y no graves, sino que además hablan ya de la obligatoriedad moral para que no nazcan niños enfermos”, explica la profesora Elena Postigo.

“Por supuesto, para ellos sería lícita también la eliminación, mediante el aborto, de fetos que presenten anomalías congénitas. Incluso en los últimos tiempos algunos de ellos (Giubilini y Minerva) han planteado el infanticidio neonatal de discapacitados graves como algo lícito y necesario, o al menos consecuente con sus teorías”, asegura.

“Sin embargo, la realidad muestra que se pueden dar situaciones en las que la imperfección genética no engendra infelicidad, o que hay personas que, aunque padezcan una enfermedad grave, viven una vida feliz. La felicidad proviene de algo más profundo, que pertenece al ámbito de lo moral, algo que se relaciona con la persona en su conjunto (lo que es prueba, en alguna medida, de que no somos solo materia). La experiencia demuestra, además, que lo que nos hace más felices no es un bien material o algo que se puede someter a un experimento científico positivo”, afirma.

La máquina de las discriminaciones
“Vivimos en una sociedad emotivista que ha perdido el sentido del bien moral. La emoción nunca puede ser la razón por la que se opte por algo como bueno, eso son criterios subjetivos de felicidad. Yo no me puedo erigir en juez de nada, porque una vez que se establece este criterio, se enchufa la máquina de las discriminaciones. Lamentablemente, ya vivimos una eugenesia tecnocrática: la ciencia y la técnica establecen quién tiene derecho vivir y quién no, como es el caso de las reducciones embrionarias o de la fecundación in vitro. ¿No sería más humano buscar terapias para embriones, antes que eliminarlos? Además, no debemos olvidar que todas las manipulaciones en la naturaleza humana suelen ir acompañados de efectos desconocidos. Y que el célebre rediseño puede llevar también a la reduplicación celular y tumoral”, alerta la profesora Postigo.

Postigo concluye con una defensa de la vulnerabilidad humana: “Eliminar al hombre vulnerable y frágil es no darse cuenta de que precisamente la fragilidad del cuerpo humano –su limitación en el tiempo y en el espacio– es signo de su grandeza. Pero una toma de conciencia de este tipo solo es posible desde un punto de vista no materialista, no reduccionista, que no reduzca a materia la naturaleza humana y la persona”, afirma.

Lo que dice la Iglesia
“Ante este panorama es necesario preguntarse qué es la dignidad humana y bajo qué condiciones la palabra dignidad puede calificar a la persona humana hasta el punto de hacer que esté protegida de toda ofensa y sea intangible frente a intentos de instrumentalización”, afirma el cardenal Elio Sgreccia, ex presidente de la Pontificia Academia para la Vida y ex director del Centro de Bioética de la Universitá del Sacro Cuore.

“Hoy se nos cuestiona si la dignidad de persona se debe atribuir sólo a los hombres o si se debe reconocer también como “personas” a los animales superiores, o incluso a los seres artificiales”, prosigue Sgreccia.

“Se discute si es persona el individuo humano que ha perdido conciencia de sí y del mundo que lo rodea y en ocasiones se reduce el concepto de dignidad humana al concepto de aceptación social. Pero la dignidad del ser humano es intangible desde el punto de vista racional, y sagrada desde el punto de vista teológico. La afirmación es explícita en la Instrucción Dignitas Personae y se repite sobre todo en referencia al embrión, considerado desde el comienzo de la fecundación y repetida en lo que se refiere a la procreación humana”, asegura el prelado.

Robert Gahl, ingeniero, filósofo y teólogo, profesor de Ética fundamental en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma, afirma: “La Iglesia impulsa el progreso científico, por los descubrimientos dirigidos a beneficiar al hombre, mejorarlo, potenciarlo. Pero es contraria a la manipulación del hombre, a los experimentos con el hombre, porque van contra la libertad y la dignidad. Bien por el cyborg que salva la vida como el marcapasos para el corazón. O los robots que evitan hacer cosas repetitivas y liberan al hombre para actividades más creativas. Pero el robot -lo están haciendo en Japón- especializado en celebrar bodas o en acoger a los clientes en un hotel elimina la relación y crea un mundo virtual en el que el hombre interactúa con máquinas en lugar de relacionarse con otras personas. La acogida debe ser, al menos en parte, humana, y esta parte no puede ser sustituida. Tener un interfaz con la máquina que sustituye todo contacto humano es contrario a nuestra dignidad. Los transhumanistas buscan la inmortalidad en la tierra, alargar la vida para siempre, ser perdurables. Y Benedicto XVI ya se lo dijo a los luteranos durante el Kirchentag, la Jornada ecuménica de las Iglesias en Alemania: “Hay que recuperar la aspiración al cielo, en lugar de buscar prolongar la vida para siempre”.