Beato Reginaldo de Orleáns, presbítero dominico. 1, 12 y 17 de febrero.

Sobre este pilar de la Orden de Predicadores se desconoce todo acerca de su origen e infancia, salvo que nació en la ciudad francesa de Orleáns. Se graduó con honores de Derecho en la Universidad, y en la misma Universidad ganó una oposición para profesor. En 1212 fue nombrado canónigo de Saint-Aignan y nombrado Decano del mismo cabildo. Era este un puesto codiciado, por los pingües beneficios que reportaba a su poseedor, y solo nobles o incluso reyes franceses accedían a él. Esta circunstancia nos aclara que Reginaldo o bien era noble o estaba muy bien emparentado con algún noble o poderoso arzobispo. 

Fue Reginaldo acogido con frialdad por los otros canónigos, acostumbrados ya a que sus Decanos estuvieran ahí por privilegios y no por devoción ni rectitud de vida. Sin embargo, al poco tiempo comprobaron la piedad, caridad, mansedumbre y sencillez del Decano. Su obispo Manasés de Seignelay, vio los cielos abiertos con tal santo Decano y entabló una fuerte amistad con Reginaldo. Juntos planearon visitar los Santos Lugares para vivir más cerca a Cristo, siendo que en el caso de nuestro Beato, lo que buscaba era luz a su inquietud: como hacer una vida más estrecha, mortificada y apostólica al mismo tiempo. Llegados a Roma, ocurrió que Reginaldo contó a un cardenal su inquietud y este le habló del glorioso Santo Domingo de Guzmán (8 de agosto; 24 de mayo, traslación de las reliquias; 15 de septiembre "in Soriano"), quien estaba fundado una Orden de varones apostólicos y quien se hallaba, precisamente, en Roma. Entrevistáronse ambos y Reginaldo quedó contentísimo del proyecto evangelizador del santo Patriarca, y le pidió le admitiera en la Orden. Domingo vio grandes prendas en Reginaldo y aceptó, aunque dejando para más tarde la admisión formal.

Pensaba Reginaldo continuar viaje a Tierra Santa, cuando cayó enfermo de unas fiebres malignas. Entonces Santo Domingo oró a Dios para que le sanara, y ocurrió este milagro: Estando Reginaldo postrado, se le apareció la Santísima Virgen María acompañada de Santa Cecilia (22 de noviembre) y Santa Catalina (25 de noviembre). La Madre de Dios ungió a Reginaldo con un ungüento que portaba Santa Cecilia, y le dijo al ungirle los pies: "Unjo tus pies para que corran predicando el evangelio de la paz". Luego, tomando un escapulario blanco que Santa Catalina traía en sus manos, le dijo Nuestra Señora: "He aquí el hábito de tu Orden". La visión desapareció, y Reginaldo quedó sano, y jamás enfermó sino hasta su muerte. Esta visión también había sido recibida por Santo Domingo, quien a los tres días impuso a sus religiosos el escapulario blanco sobre la túnica canonical que todos vestían, quitándoles el roquete. Entre estos religiosos estaban San Jacinto de Polonia (17 de agosto) y su hermano San Ceslao (15 de julio). Esta leyenda hizo que la Santísima Virgen fuera graciosamente llamada "la Ropera de la Orden".

Profesó Reginaldo en la Orden de Predicadores y continuó su viaje a Tierra Santa con el obispo Manasés, donde veneraron todas las Reliquias Santas. Tres años permaneció allí Reginaldo, predicando la Palabra de Cristo. Cuando regresó a Europa, lo hizo por Sicilia, donde fundó un convento dominico en en Agosta, Siracusa. Dícese que teniendo los religiosos poca sombra en el patio, el beato plantó el bastón que Domingo le había dado y al otro día había allí un ciprés. Que tampoco es que diera mucha sombra, todo sea dicho.

En 1218 ya está de nuevo en Roma Reginaldo, y el santo fundador lo envió de prior a Bolonia, donde llegó el mismo año. El convento de Bolonia era pobre y muy austero. Un día en el que los religiosos no tenían que comer, Reginaldo hizo una oración y aparecieron dos ángeles con cestos de pan para los pobres frailes. El Beato Jordán de Sajonia (13 de febrero), que conoció a Reginaldo, habla de él con gran admiración: "Desde que llegó comenzó a darse a la predicación, y su elocuencia era como llama de fuego, que inflamaba los corazones, hasta el punto de no hallar uno que, oyéndole, no quedara cautivo. Toda Bolonia hervía, cual si un nuevo Elías se hubiera levantado". Y ciertamente, el don de oratoria de Reginaldo hizo que muchos se convirtieran, dejando la vida de pecado o molicie para servir a Cristo con firmeza. Entre ellos un catedrático apellidado Moneta, quien se vanagloriaba de no caer bajo el "embrujo" de la predicación de Reginaldo. Hasta un día en que no tuvo más remedio que acompañar a sus alumnos a uno de los concurridos sermones del beato en la catedral. Apenas oyó las primeras palabras, Moneta cayó arrepentido de sus pecados, y no solo eso, sino que hizo voto de ser fraile predicador. El mismo Reginaldo le daría el hábito dominico al año siguiente.

Tuvo, además, Reginaldo, don de conciencias, lo cual aprovechó para encaminar a algunos religiosos tibios o que caían en pecados. Igualmente tuvo poder sobre el demonio, liberando a más de un fraile de sus insidias y tentaciones contra los votos religiosos.

En 1219 le envió Santo Domingo a París, para que allí también diera fruto su palabra encendida. Solo vivió allí 6 meses, durante los cuales predicó incansablemente, convirtiendo a muchos. A inicios de 1220 Reginaldo se sintió morir y al ofrecerle los Sacramentos dijo: "No temo la muerte; antes bien la espero con alegría. María, la Madre de misericordia, vendrá a salvarme. Aunque ella se dignó ungirme en Roma con óleo del cielo, no me niego a recibir la santa unción de la Iglesia: la quiero y la pido". Le tendieron en el suelo, sobre ceniza, según la piadosa costumbre monástica, y allí expiró dulcemente, a inicios de febrero de 1220. Ese mismo día un viejo y santo religioso tuvo una visión que no entendió sino a los años: vio una fuente que se secaba y como del mismo sitio brotaban dos fuentes. Y es que el día 12 del mismo mes de febrero profesaban los Beatos Jordán de Sajonia y Enrique de Colonia (15 de febrero).

Fue sepultado Reginaldo en el priorato de Nuestra Señora de los Campos, pues no tenían los frailes cementerio en su convento, y nunca se le trasladó de allí. Numerosos milagros ocurrieron en su sepultura, lo cual hizo que su culto se extendiera. En el siglo XVII la Beata María de la Encarnación (18 de abril) establece allí a las carmelitas descalzas, quienes continuaron el culto del beato. Por esas mismas fechas se abrió el sepulcro y se halló incorrupto al Beato Reginaldo. El cuerpo fue trasladado a un lugar más digno y expuesto. Allí estuvo hasta 1790, cuando fue profanado y destruido el santo cuerpo, en la vorágine de la Revolución Francesa. 

El Beato Pío IX (7 de febrero) beatificó a Reginaldo en 1875. Su memoria se estableció a 17 de febrero, pasando luego al 12 de febrero y finalmente al 1 del mismo mes.

Fuente:
-"Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores". Volumen Primero. FR. PAULINO ALVAREZ. O.P. Almería, 1919.

A 1 de febrero además se celebra a
San Euny de Lelant, abad.
San Enrique Morse, presbítero jesuita mártir.
Otros santos del 1 de febrero.