Beato Odo de Cambrai, obispo. 19 de junio.

Odo, en realidad Oudard, nació en Orleáns, y sus padres fueron los nobles Gerard y Cecilia. De su infancia se desconoce todo, pero se puede intuir que la pasó estudiando, a juzgar por los vastos conocimientos que demostró siendo aún estudiante en Toul. En esta escuela catedralicia en la que estudió, comenzó a impartir clases de filosofía con solo 19 años. Los canónigos de Tournay quedaron admirados de su saber y le propusieron, cuando tenía 25 años, que dirigiera su escuela catedralicia.

Allá se fue Odo, con un estupendo salario, beneficios y alguna canonjía. Además, estaba rodeado de prestigiosos catedráticos y profesores, que pronto supieron la valía de su joven director. Son los tiempos de la polémica filosófica entre realistas y nominalistas, que abarcaba las clases, las tertulias, los debates y cualquier situación en los que se dejase entrar a la filosofía. A grandes rasgos, el nominalismo explica que los nombres que damos a las cosas solo son palabras que no representan a los entes. Lo que creemos es la realidad de algo, es solo un nombre. Niega la certeza de conceptos universales como “humanidad”. Los realistas, por su parte, explicaban las cosas como eran, tal cual. Para ellos, los conceptos universales existen más allá del pensamiento. Es un poco complicado de explicar, habría que detenerse en muchos conceptos filosóficos. (Aquí lo podéis ver con más detenimiento si os interesa). Nuestro Odo era de la escuela realista, como suelen ser los filósofos cristianos. Enfrente tenía a un médico llamado Raimbert que era fiel seguidor del nominalismo y lo enseñaba en la escuela de Tournay. Los debates entre ambos fueron famosos, y su auditorio siempre estaba a rebosar de estudiantes, prelados y sabios. Pero poco a poco Odo fue venciéndole, y los alumnos de Raimbert se pasaron a las clases de Odo. Este no perdía tiempo para enseñar, ya fuera en clases, en paseos, o simplemente observando el cielo nocturno con sus estudiantes y amigos. Y tanto le querían sus discípulos, que entre todos le regalaron un anillo con estas palabras grabadas: "Annulus Odonem decet aureus Aureliensem". 

Así, entre la fama, la enseñanza, la pasión por la filosofía transcurrió la juventud de Odo, siendo un cristiano más, descuidado en la piedad y sin mucho interés por los “bastos” Padres de la Iglesia. Hasta un día. Resultó que un sabio que necesitaba vender sus libros, le vendió a Odo la obra "Del libre albedrío" de San Agustín (28 de agosto; 24 de abril, bautismo, y 5 de mayo, conversión), entre otros libros. Odo lo metió en un cajón y no se acordó más hasta que, dos meses después, mientras exponía a Boecio a sus discípulos, recordó que este hacía una referencia al libro de San Agustín. Así, deseando verificar la cita, encontró el libro, y comenzó a leer partes de él. No había leído muchas páginas antes de quedar fascinado. "¡Qué estilo!" – exclamó – "No tenía ni idea que San Agustín fuera un maestro de la elocuencia". Y ocurrió que se aficionó a la obra. Entonces, al llegar al Tercer Libro y leer la comparación entre el alma pecadora y un esclavo condenado a limpiar las letrinas de un palacio, Odo exclamó "Esto es verdad, y es mi propia condición".

Entonces Odo se dio cuenta de cómo la filosofía, el saber y los estudios no le satisfacían ni le bastaban. Era solo trabajo de la mente y esfuerzo, sin provecho para su alma. Y resuelto, decidió dejar la enseñanza y dedicarse a la religión. Cuando lo comunicó a sus alumnos, la alarma cundió en la ciudad, pues no querían perder a tal celebridad, ni su conocimiento. La ciudad clamó al obispo Radbod II, para que no le permitiera marcharse. Este, sabiendo que no podía retener a un seglar por la fuerza, negoció entregarle la abadía de San Martín, a las afueras de la ciudad. Aunque estaba en ruinas, la ciudad se ofreció a restaurarla con tal que no les abandonara. Odo no pudo rechazar la oferta y junto a algunos eruditos y alumnos que quisieron probar su estilo de vida religiosa, se instalaron allí, tomando como norma de vida, como no, la Regla de San Agustín.

Pronto tuvo muchos seguidores, entre ellos un jovencito llamado Adolfo, cantor de la catedral, que escapó de su casa para unirse a la comunidad de San Martín. Su padre lo persiguió, lo agarró y lo llevó a casa. Por segunda vez escapó Adolfo, y también lo atrapó su padre, encerrándolo entonces. Insistió el muchacho y finalmente el padre accedió a que entrara con los canónigos regulares de Odo. Al poco tiempo de esto, Odo decidió tomar la Regla de San Benito, para poder tener más recogimiento y clausura. Sus seguidores estuvieron de acuerdo y tomaron el hábito benedictino de manos de Aymeric, abad de Anchín; y luego eligieron a Odo como su abad. La disciplina religiosa se acrecentó, así como el amor al estudio, que ya traían, y a la oración. Odo construyó un bello scriptorium donde sus monjes se turnaban durante el año, habiendo siempre doce monjes copiando obras clásicas y las Escrituras. Así formaron la espléndida biblioteca de la abadía. El mido fue autor, pues conocemos sus obras "Del Pecado Original", "Explicación del Canon de la Misa", y "De la Blasfemia contra el Espíritu Santo".

Trece años estuvo Odo al frente de la abadía hasta que fue llamado a la sede episcopal de Cambrai, inmersa en graves problemas político-religiosos: Su anterior obispo, Gautier, era partidario de Enrique IV frente en el asunto de las investiduras y había sido excomulgado por el papa Urbano II. Quedó la sede bajo el cayado de Manasés, archidiácono de París y opuesto al emperador por el mismo asunto. La ciudad quedó dividida entre los partidarios de Gautier y el Imperio, y los partidarios de Manasés y el papa. Nobles y la mayoría del pueblo apoyaba a Gautier y al emperador, que ya viejo, había dejado de lado su belicosidad con la Iglesia y sus intromisiones. Sin embargo, Pascual II recordó la excomunión que había sido promulgada por San Gregorio VII (25 de mayo) y Urbano II. Esto fue aprovechado por Enrique, hijo del viejo monarca, que se rebeló contra su padre excomulgado, para deponerlo y tomar la corona imperial. Enrique IV intentó hacer la paz, pero su hijo se negó a tratar con "un excomulgado". Pascual II, que no maquinó para que ocurriera la rebelión, sin embargo le bendijo y le consideró un soldado de Cristo, prometiéndole la absolución de sus pecados y en este mundo y ante Cristo luego de su muerte. Así, Alemania entró en guerra y el papa aprovechó para poner en la silla de Cambrai a un obispo fiel a la Iglesia y desplazar definitivamente a Gautier. Y el elegido fue, ya lo sabemos, nuestro Odo.

El santo no pudo tomar posesión de la sede sino hasta un año después, pues la ciudad lo destestaba por ser nombrado por el papa. Mientras, esperó en la abadía de Anchín, con algunos monjes. Allí oró, escribió y estudió. Entre tanto, Enrique el hijo había engañado a su padre con una falsa paz y le había encerrado en Bingen. Allí se presentaron los arzobispos de Maguncia y Colonia para despojar al viejo emperador de sus insignias imperiales, y arrancándole el manto y la corona de San Carlomagno (28 de enero y 29 de diciembre, traslación de las reliquias) las llevaron a Enrique el hijo. El viejo emperador quedó a merced de Gebhard, obispo de Spira, que se gozó en humillar y despreciar al viejo y enfermo Enrique. Una vez entronizado Enrique V, Gautier tuvo que huir y Odo pudo tomar posesión de su sede, sin poder detener la venganza de los enemigos del viejo emperador, que incluso osaron desenterrar a los obispos partidarios de Enrique IV y dispersar sus cenizas. Por su parte Odo declaró nulos todos los actos, sacramentos y bendiciones que habían dado, suspendiendo también a todos los que habían nombrado para algún cargo.

Sin embargo, el viejo Enrique IV escapó de su prisión y reunió fuerzas contra su hijo y los "enemigos del Imperio y amigos del papa". La ciudad de Cambrai expulsó a Odo, que volvió a refugiarse en Anchín. Pero murió Enrique IV antes que la sangre llegara al río y definitivamente su hijo pudo tomar las riendas del imperio. Odo volvió a Cambrai, intentó hacer la paz, pero nada pudo, por lo que en 1113 renunció a la sede para volver a Anchín, como un monje más. Allí murió el 19 de junio del mismo año, en paz.

Fuente:
-"Vidas de los Santos". Volumen VI. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1916.

A 19 de junio además se celebra a
Santa Rivanonne, reclusa.
Beata Miguelina de Pesaro, terciaria franciscana.