Santa Teresa Margarita Redi, virgen carmelita. 1 de septiembre. 

Niñez.
Nació Ana María en Arezzo, el 15 de julio de 1747 en la célebre familia Redi. Fue bautizada por su tío al día siguiente, festividad de la Virgen del Carmen. Era la segunda de una familia numerosa, pues llegaron a ser trece hermanos, aunque algunos murieron pronto. Debido a la poca salud de su madre, Margarita fue una segunda madre para sus hermanitos. La piedad en la casa de los Redi era cosa cotidiana, por ello no es de extrañar que la pequeña con solo tres años se gozara en rezar el Avemaría y que a los seis ya se hubiera propuesto ser santa, para lo cual oraba constantemente. "Dios es amor", fue la frase bíblica que marcó para siempre su espiritualidad: Amar a Dios, hacerle amar y amar a los demás como Dios. Diariamente visitaba la iglesia, oraba y a los siete años se confesó por primera vez, por extraño privilegio, pues no era lo común hasta los doce o trece, cuando se comulgaba por primera vez.

Internado.
A los nueve años la internaron con las benedictinas de Florencia, para que se educara en la piedad, letras, labores, artes, etc. Era despierta, obediente, laboriosa y por supuesto, muy piadosa. Era el ángel de las religiosas, que la querían muchísimo. Y por esto, le permitieron adelantar su primera comunión, que recibió el 15 de agosto de 1757, con gran alegría propia y de su familia. Si ya antes era devota, ahora lo sería más, alimentada con la Eucaristía, aunque no fuera con la frecuencia que ella deseara. Por esta época su vocación religiosa se fue haciendo patente, hallando en la reciente devoción al Sagrado Corazón de Jesús la fuente y culmen de sus aspiraciones de amor. Al Corazón de Cristo se confió y tomó de modelo, entregándose completamente. En los años de internado avanzó tanto en las virtudes, que su confesor y director, el P. Pedro Pellegrini, le autorizó a comulgar todas los domingos y fiestas, "privilegio" solo permitido a algunas religiosas.

Carmelita.
A los 16 años las niñas habían de volver a su casa a prepararse al matrimonio (algunos ya concertados), o dedicarse en soltería a cuidar de padres o parientes, o también ingresar en un convento. Las opciones no eran muchas. Ana María quería ser religiosa, pero la vida benedictina solo la admiraba, pero no la llamaba. No conocía de otras monjas, por lo cual, como solía hacer, se confió al Corazón de Cristo. Ocurrió que una amiga suya, María Tedesci, la visitó en el internado para despedirse, porque se iba al Carmelo. Cuando la joven se fue, Ana María oyó una voz que le dijo: "Soy Teresa de Jesús y te quiero entre mis hijas". Quedó sorprendida, y estando en oración, tuvo la misma locución interior. Lo confió a su director, el cual la alentó a ello, arregló las cosas, y propició su entrada en "el palomarcico" descalzo de Florencia a 1 de septiembre de 1764, unos meses luego de su salida del internado.

Apenas entró al postulantado, sufrió de un abceso mal cuidado en la rodilla, que casi la deja lisiada. Tuvo que sufrir una dolorosa cura de raspado del hueso, abriéndole las carnes, que soportó con entereza y dando ejemplo de paciencia y resignación. Tomó el hábito el 11 de marzo de 1765, con el nombre de Teresa Margarita del Sagrado Corazón, su gran devoción y fortaleza. Y mucho que la necesitó en el noviciado, pues su primer oficio fue cuidar de las monjas ancianas, la mayoría, pues este Carmelo era pobre y con pocas vocaciones jóvenes: 13 religiosas como mandaban las constituciones, y nueve de ellas ancianas o enfermas. Muchas noches pasó en vela cuidando a las más ancianas, lo que no evitaba que al día siguiente cumpliera estrictamente con los horarios de coro y trabajo. Además, le encomendaron varios oficios, como portera, cocinera… Tantos oficios "bajos", que llegó a creer que su vocación era ser "freila", o sea, monja lega y no de coro.

Profesó sus votos el 12 de marzo de 1766, como monja de coro, asignándole el oficio de sacristana además continuar como enfermera. Para poder cumplir sus devociones y penitencias, robaba tiempo al sueño y se las agenciaba para penitenciarse a la par que descansaba: dormía con la ventana abierta en invierno, se tendía sobre el suelo, dormía con el cilicio puesto, etc. Su caridad era inmensa, siempre dispuesta, siempre sonriente, siempre obediente.

"El amor no es amado".
En julio de 1768 tuvo un éxtasis al oír las palabras de la carta de San Juan: "Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor". (1 Jn 4, 8), reviviendo toda su mística del amor de Dios. Desde entonces, como su coterránea Santa María Magdalena de Pazzi (25 de mayo) vivió en un constante padecer porque las almas no sabían del amor divino, ni le correspondían. Escribirá: "Le digo de manera confidencial que me encuentro muy dolorida porque no correspondo como debiera a las exigencias del amor de Dios; me siento reprochada por mi Soberano Bien y soy muy sensible al menor movimiento contrario al amor y al conocimiento de Aquel que me ama. No sé que hacer, ni interior ni exteriormente para impulsar aún más mi amor y no se puede usted imaginar lo terrible que es vivir sin amor cuando en realidad, se está ardiendo en deseos de Él. Esto es una tortura para mí y, por mucho que me esfuerzo, lo veo tan poco que temo que Dios esté disgustado conmigo."

Este padecer por no amar a Dios como Él ha de ser amado es un "paso" o "grado" en la escala que muchos místicos suben en busca de la unión con Dios. Consciencia de ese amor es lo primero, búsqueda y manifestación es lo segundo y lo tercero, constatación de la nada que se es. Es el momento donde puede venir la tentación de abandonar, la depresión o la llamada melancolía. Los escrúpulos y la confusión se hacen presentes. Pero la fe permanece y es esta la luz que les guía en esa noche oscura. Una buena dirección espiritual fue calmando el alma de Teresa Margarita que, aún sabiéndose nada, siguió lanzándose al infinito amor del Corazón de Jesús. Y esta fase fue previa a la de su unión con Cristo en matrimonio espiritual, fenómeno místico del que ya he hablado en otras ocasiones. Los estudiosos de la mística carmelitana coinciden en que Teresa Margarita vivió esa unión definitiva con Cristo, manifestada en ella con la vivencia íntegra del "Dios es amor" bíblico.

Final e inicio.
En 1770 tuvo la inspiración de que su unión esponsal con Cristo llegaría a su culmen pronto, de que la "tela del dulce encuentro" pronto se rompería. El 4 de marzo hizo confesión general y recibió la comunión con especial devoción. El 6 de marzo cayó desplomada en el claustro mientras iba a su celda, con motivo de un terrible dolor abdominal. El médico diagnosticó un "cólico doloroso, pero sin peligro para la vida". Pasó la noche sola, en vela y soportando un dolor terrible. Al día siguiente sus órganos dejaron de funcionar, se le practicó una sangría y la sangre brotó casi coagulada. Solo decía "Jesús, María". No era un cólico, era una peritonitis que, al no ser diagnosticada correctamente, se la llevó al cielo en menos de 24 horas, el 7 de marzo de 1770, con veinticuatro años. 

La peritonitis ocasionó una descomposición prematura del cuerpo, por lo que las monjas pensaron enterrarla sin más, pero al final la dejaron los tres días acostumbrados, para organizar bien los funerales de una religiosa tan ejemplar. Y ocurrió lo inesperado, según avanzaban los días, el cuerpo fue cambiando, deshaciendo la corrupción, retomando color y suavidad, desapareciendo el terrible olor que despedía. Tanto así, que el 10 de marzo, parecía que estaba dormida. Luego de los servicios fúnebres, fue sepultada en el cementerio de la comunidad.

La Gloria.
En 1783 el cuerpo fue exhumado, para iniciar el proceso de canonización, pues la fama de santidad y los milagros ocurridos por su intercesión ya lo demandaban. Se halló el cadáver totalmente flexible, lívido y sin corrupción aparente, lo que fue certificado por varios médicos, como siempre. Fue puesto en una caja de plomo y madera, y llevada a la iglesia conventual, donde estuvo hasta 1929, cuando fue beatificada por Pío XI, en 9 de junio. Entonces se puso el cuerpo en una urna de cristal donde puede venerarse actualmente. Fue canonizada el 13 de marzo de 1934 por el mismo Pío XI.


Fuente:
- "Nuevo Año Cristiano". Tomo 9. Editorial Edibesa, 2001.

A 1 de septiembre además se celebra a San Gil, abad.