San Teódulo de Edesa, estilita. 28 de mayo y 3 de diciembre (Iglesias orientales).

La historia siguiente es una de las más curiosas del santoral, en tanto que su final no es lo esperado, ni lo que del santo se cuenta es lo común de los demás santos estilitas

Le hallamos a mediados del siglo IV, siendo prefecto de Constantinopla, imperando San Teodosio I (17 de enero). Era cristiano convencido, casado hacía dos años, al que la vida del mundo no le satisfacía para nada. Deseoso de vivir solo para Dios, renunció a su cargo y comunicó a su mujer, llamada Prócula, su intención de abandonarla para vivir como eremita. Esta quedó como una piedra y le dijo: "¡¿Qué dices?! ¿Qué no te he sido fiel en todos los sentidos? ¿No he sido una esposa modesta, desinteresada, y amante? ¿Y ahora tú me abandonas?", y echándose a sus pies, añadió "¡Recuerda que como marido, has de cuidar de mi cuerpo y mi alma, y de mi tendrás que responder por mi alma en el tribunal de Dios". Luego, levantándose trató de terciar: "Acepto que seamos como monje y monja en esta casa, vistamos como pobres, renunciemos a los manjares y durmamos en diferentes habitaciones. Aunque no he nacido y he sido educada para esto, lo soportaría con tal de no perderte". Y en un gesto valiente, arrancó de sí sus joyas y ropas costosas, y yéndose a una habitación se encerró a llorar. Y tanto lloró, que su corazón se rompió y al día siguiente la encontraron muerta. Teódulo, por su parte, viéndose libre, dejó sus bienes a los pobres, dejó Constantinopla y se fue a los desierto de Edesa, donde halló una columna, subió a ella y comenzó una vida penitente y orante durante 48 años.

Al cabo de todos esos años de penitencia y oración, Teódulo estaba muy seguro de estar cerca de la perfección, y de obtener la corona de la victoria, pues por Cristo había renunciado a su mujer, su cargo y sus numerosas propiedades. Pidió a Dios conocer si al llegar al cielo, alguno de los santos podría equipararse con él. Por pretencioso, esa noche soñó que Cristo se le aparecía y le decía: "Cornelio, el payaso". Despertó y horrorizado se preguntaba "¿un payaso…?". Y toda su seguridad se desvaneció y su alma entró en una gran tribulación. "Un payaso…" se repetía. 

Entonces se decidió, bajó de la columna y se fue a Edesa a buscar a ese misterioso Cornelio. No tuvo que preguntar mucho, pues pronto le indicaron donde estaba el payaso Cornelio. Llegó Teódulo a una plaza y halló un corro de gente alrededor de un tipo estrafalario, vestido de colorines y con una máscara, que hablaba ridículamente y hacía reir a la plebe. "¿Dónde está la santidad ahí?" se preguntaba Teódulo. Cuando se quedó solo, Teódulo agarró a Cornelio del brazo y consternado le preguntó: "¿Qué has hecho tú de bueno para heredar la vida eterna? Yo he renunciado a los placeres de la carne, al mundo, a las riquezas. He pasado cuarenta y ocho años en un pilar, expuesto al sol durante el día y al frío durante la noche. He ayunado constantemente, solo comía una corteza de pan y una aceituna al día. Pero tú, ¿qué has hecho? Yo me he tullido, atrofiando mis articulaciones, mis rodillas están doloridas de orar hincado día y noche. Y tú, responde, ¿qué has hecho?"

Cornelio, que a todas estas estaba sorprendido de aquella regañina, dijo humildemente: "No he hecho nada, no me puedo comparar contigo". Teódulo le sacudió con ansia diciéndole: "Tú has hecho algo. Sé que tendrás una gran recompensa en el cielo, ¡dime lo que has hecho!" "Yo soy vil como la basura. Ni siquiera he servido a Dios pura y honestamente", dijo Cornelio. "¡No mientas!", le gritó Teódulo desesperado, a lo que Cornelio respondió: "Sólo he hecho una cosa mínima, que no vale la pena mencionar y que había olvidado. Hace algún tiempo conocí a una joven y virtuosa mujer cuyo marido estaba preso por no poder saldar unas deudas. Ella se vio obligada a mendigar, estando expuesta a los peligros de las calles. Me entristecí por ella, fui a casa y le di 230 monedas de plata de mis ahorros. Como no era suficiente, volví a casa y le entregué un par de brazaletes de oro y algunos broches que habían pertenecido a mi querida esposa muerta. Pero no era suficiente, así que le di agunos de mis vestidos teatrales, de buenas telas. Ella fue y liberó a su marido de la cárcel. Esto, creo, es lo único bueno que he hecho".

Y Teódulo cayó en cuenta de como este hombre que ni era devoto se había sacrificado por una mujer desconocida, mientras que él había despreciado a su propia mujer, y había roto el corazón, buscando sólo su propio ser y causándole la muerte. Entonces Teódulo se golpeó el pecho y levantó las manos al cielo y bendijo el pobre payaso. Dio gracias a Dios y regresó a su columna, sobre la cual murió no muchos años después en el año 410, pidiendo constantemente perdón a Dios por el perjuicio que había causado.

Esta leyenda moralista, que es lo que es, se cree escrita en el siglo VIII. Curiosamente, la hallamos de nuevo en el siglo XII, pero su protagonista es el rabino Raschi, un judío.


Fuente: 
-"Vidas de los Santos". Tomo V. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD.