Si el día 7 de mayo recordábamos la Aparición de San Rafael Arcángel, hoy traigo el recuerdo de una fiesta "doble mayor" que celebraba la Iglesia hasta la reforma conciliar: "In Apparitione S. Michaelis Archangeli", esto es:

La aparición de San Miguel en Monte Gargano. 8 de mayo. 

Es el "Liber Pontificalis", una obra para leer con pinzas y alguna dosis de escepticismo, quien narra lo sucedido: Monte Gargano, año 490, el dueño de la cima del monte, ocupada por maleza y bosques, perdió un toro. A los tres días, se decidió a subir, con algunos sirvientes, a lo alto de la montaña en su búsqueda. Al llegar a lo alto, hallaron al toro postrado de rodillas ante la entrada de un caverna desconocida. Pensando que el toro se había accidentado y no podía moverse, se decidió a matarlo disparándole una flecha, que retornó hacia él, hiriéndolo de muerte. Los sirvientes lo vendaron y, olvidando al animal, llevaron a su amo de prisa a Siponto, donde vivía. Contaron a todos lo sucedido, y llegó a oídos del obispo, San Lorenzo Maiorano (7 de febrero). Este, ante la creciente curiosidad y temor del pueblo, ordenó tres días de oración, ayunos y penitencias, paraque Dios tuviera a bien manifestar su voluntad.

Al cabo de los tres días, el 8 de mayo, se le apareció al santo el arcángel San Miguel, diciéndole: "Soy el Arcángel Miguel, aquel que continuamente está en la presencia de Dios. Deseo que este lugar sea conocido y venerado en toda la tierra y sea privilegiado. Quise probar con ese acontecimiento maravilloso [el de la flecha], que todo lo que se obra en este lugar, sucede por voluntad de Dios. Él es quien me ha constituido protector y defensor de este lugar".

A la mañana siguiente el obispo contó la aparición, y organizó una procesión hacia el monte Gargano, para entrar a la caverna y venerar el santo sitio elegido por Dios para ser santuario de San Miguel. Al volver, hallaron al herido bueno y sano, y además, orgulloso de que sus tierras hubiesen sido consagradas al culto de San Miguel. Así comenzaron la devoción y las peregrinaciones a la "casa de San Miguel". Allí le veneró Santa Brígida (23 de julio y 7 de octubre), y muchos santos y pecadores, nobles y reyes, y más de un papa, como Juan Pablo II. A la misma Santa Brígida, le reveló el arcángel como la falta de devoción a su ángelica figura vendría a la par del caos en la Iglesia y el mundo. Entristecida Brígida con esa revelación, tuvo una visión del Señor, que le dijo: “Los desgraciados se darán cuenta, en la hora de la prueba, de la gran pérdida hay en olvidarse de los ángeles".

Aunque esta del 8 de mayo, es la aparición celebrada y "oficial", no fue la única ocurrida en monte Gargano. En 492, el rey godo Odoacrio se determinó conquistar Siponto, por su prosperidad. El 19 de septiembre de ese año, San Miguel volvió a aparecerse a San Lorenzo Maiorano en la catedral de Santa María de Siponto, ordenándole que los capitanes atacaran a los godos antes que estos lo hicieran, y tendrían su protección. Así se hizo, y los godos quedaron cegados por rayos y relámpagos, que no les permitían ver a los sipontinos. Esta intervención milagrosa fue celebrada con júbilo, y la fervientes visitas al monte de San Miguel.

Y hubo más. Al año siguiente San Lorenzo, el clero y fieles subieron procesionalmente a la santa cueva, a la que no se atrevían a entrar, por reverencia. Lorenzo consultó al papa San Gelasio (20 de noviembre) sobre el uso de la cueva y este ordenó que siete obispos se unieran en oración ante la caverna y suplicaran a Dios les mostrase su voluntad. A los tres días, el 29 de septiembre, otra vez apareció San Miguel al obispo Lorenzo diciéndole: "No es necesario que consagren esta caverna, pues yo mismo la he consagrado eligiéndola como morada y palacio. La he consagrado con mi asistencia y milagros. Yo he consagrado este lugar, con oraciones y sacrificios". Así que San Lorenzo reunió a los obispos, les contó la visión y estos junto al pueblo, subieron todos al monte, sucediendo que se vieron cuatro enormes águilas protegiendo del sol abrasador a los obispos ancianos y venerables. Al entrar a la cueva, por primera vez, vieron el prodigio de la huella de San Miguel impresa en una piedra. Había un altar cubierto con un baldaquino de púrpura y presidido por una cruz de cristal. Allí San Lorenzo celebró la misa, sin necesidad de consagrar el sitio al culto, por haberlo hecho ya el mismo arcángel.

Durante siglos la devoción continuó sin intervenciones directas de San Miguel, hasta el 22 de septiembre de 1655, cuando el obispo Giovanni Alfonso Puccinelli organizó una rogativa a San Miguel para que alejara la peste de la ciudad. Ese día se le apareció San Miguel diciéndole: “Sabe, oh pastor de este rebaño, que he obtenido de la Santísima Trinidad que cualquiera que lleve con verdadera devoción las piedras de mi santa cueva, alejará de su casa, de la ciudad y de cualquier lugar la peste.  Tú bendice las piedras, esculpiendo sobre ellas la señal de la cruz con mi nombre".

Así lo hizo el obispo, y todos aquellos que llevaban estas piedrecillas devotamente, fueron librados de la enfermedad y muerte. Y es esta devoción secular, la que hizo que la Iglesia reconociera como verdaderas la aparición e introdujera su celebración en el calendario universal, hasta 1969, aunque ya antes, con Juan XXIII, había sufrido "recortes" de categoría, quedando como una misa "pro aliquibus locis". 

Otras apariciones de San Miguel son: en Roma (25 de abril), en Colosas, con milagro incluido (19 de septiembre), en Tlaxcala, México (25 de abril), en Mont Saint-Michel, Francia (16 de octubre) y en Aralar, España.

Ver otras memorias suprimidas del calendario.


Fuente:

-“La leyenda de oro”. Tomo Segundo. R.P. SAYOL Y ECHEVARRÍA. Madrid, 1853.